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Andrés Caicedo: "Morir y dejar obra"


"Morir y dejar obra". La prédica de Andrés Caicedo que se ha convertido en slogan de su campaña reelectoral (reedición en Alfaguara) tiene dos factores que se excluyen. En una ataque de desesperación romántica se suicidó (¿por error?) Caicedo a los 27 años. Quería demostrar a su novia cuánto la quería, y que no era homosexual, como ella acusó al dejarlo por sospechas y celos ante Harold Alvarado Tenorio. ¿Qué contiene la frase y la foto que acompaña la campaña? Insolencia, precocidad sexual y creativa, aires de rebeldía (pelo al viento y anteojos de carey, pantalones botacampana ajustados); es decir atracción por el riesgo, rumba y noche, importaculismo, solemnidad, trascendentalismo. Es lo que sigue siendo atractivo a los clanes de adolescentes que seguirán pasándose sus obras y lo seguirán recomendando de boca en boca como un apóstol maldito de la literatura colombiana. Pero es una señal incorrecta predicar que ser rebelde e irresponsable es una buena forma de pasar la vida. La correcta, la que se deja de lado, es que Caicedo fue constante, que escribió incluso contra la bohemia (cuántas veces la bohemia ha matado la creación). La imagen más iridiscente de Caicedo es que hay que ser capaz de dar la vida por una idea, hay que pasar la vida trabajando duro por una pasión no remunerada para perdurar. Lo peor que puede pasarte es alimentar (en ti y en otros) una vocación equivocada.

En tanto la biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá se prepara para el cierre de la exposición de manuscritos y  fotografías curada bajo el título "Morir y dejar obra" el periódico de Medellín Universo Centro incluye en su edición de mayo una nota evocadora y directa y humanizadora de Gustavo Álvarez Gardeazábal que señala con dureza la profilaxis en la construcción de un Andrés Caicedo mítico a manos de las fuerzas femeninas que lo rodeaban:

La última vez que me encontré con Andrés fue unos días antes de su muerte. Era un hombre más desbaratado que su personaje. Ya no tenía el odio en los ojos con que me miró en 1974, cuando organicé el Congreso Latinoamericano de Literatura y, al lado de Vargas Llosa, Clarice Lispector, Agustín Yañez y tantos otros, él no estaba en el círculo del poder. Se había ido de nosotros y no podíamos traerlo más que como asistente a las conferencias. Tampoco tenía —ese día en que nos volvimos a encontrar en las gradas del correo aéreo de Cali, cuando salíamos de revisar nuestros apartados de correspondencia— la cara de asombro que puso el día que llegué hasta el colegio San Luis a verlo ensayar su obra de teatro. Quien estaba frente a mí era un hombre al que se le salía por los poros el exceso de droga y le atormentaba estúpidamente la angustia de no haber podido ser como los demás. Me hizo de frente el reclamo de por qué yo había ayudado a los otros de su generación a publicar sus obras en México y Argentina, pero no me dejó contestar porque inmediatamente me espetó que ya iba a salir en Colcutura su novela ¡Que viva la música!, el primer libro que editaría. Me lo dijo con tanta rabia que la satisfacción añorante que sentí en ese momento se frenó como si me hubiera encontrado con una pared. Así y todo le seguí conversando y le acompañé las dos cuadras y media que había de las gradas del correo aéreo hasta el edificio Corkidi, donde tenía su apartamento y en donde unos días después iba a suicidarse.


En El Espectador, Angel Castaño ha escrito una diatriba contra el manoseo mediático de de Andrés Caicedo muy comentada. Asegura:

A pesar suyo, mas gracias a sus pocos buenos amigos, Andrés Caicedo pasó de malogrado escritor y prematuro suicida —¿cuál no lo es?— a estandarte de una generación que a punto estuvo de darles un vuelco a las instituciones sociales, pero a la postre resultó acomodada en la burocracia antes blanco de escupitajos y pedradas. Sobre el caleño se ha dicho mucho, la mayor parte de lo cual no resiste un examen minucioso, como a menudo sucede con las leyendas mediáticas. Por ejemplo, la diadema de inventor de la narrativa urbana en Colombia ciñe la melenuda testa del creador de Ojo al cine. Sus personajes, dicen los misarios de la liturgia caicediana, están desgarrados por la disyuntiva de aquello que de ellos se espera y sus reales ambiciones. O el socorrido mantra de intelectuales de naricilla respingada y calculada marginalidad: por fin alguien le dio respiración boca a boca a la momificada novela de esta esquina del continente.
A lo anterior, contesto en orden: Cali es apenas la escenografía de los relatos del cinéfilo, no su núcleo. El Madrid de la posguerra es el centro discursivo de La colmena; Bogotá, al menos la maltrecha red vial, es la médula de Ciudad Baabel; el D.F. es la nuez de La región más transparente. La urbe deja de ser escenario y cobra la dimensión de personaje principal cuando los pequeños dramas de los habitantes pasan a un segundo plano y sirven de pretexto para captar las vibraciones del fenómeno citadino. Nada de eso ocurre en los libros de Caicedo.
Segundo, la desazón existencial de los jóvenes de los años maravillosos, y utilizo la cursiva en una expresión que adquirió con el tiempo ropaje de cliché, es el resultado, entre otras cosas, del triunfo de un modelo socioeconómico basado en la producción y el consumo, y de las secuelas de la conflagración europea de los cuarenta. Eso en la cuna del rock: Inglaterra y EE.UU. En Colombia el diagnóstico es completado por las cientos de matanzas elevadas a la categoría de guerra por nuestra proverbial costumbre de creer que cambiándole de rótulo el problema pierde virulencia. Con esas coordenadas, entendemos de dónde viene la angustia sin matices no sólo de Andrés sino de un no menor número de artistas coetáneos. Además, la declaración de la juventud como umbral de una muerte digna, amén de típica bravata adolescente es un pastiche de la afirmación del personaje de un filme de Nicholas Ray y del famoso aparte de una canción de The Who. La canonización del muerto por propia mano es una estupidez sólo comparable con su total defenestración. El suicidio no mejora la obra ni la enturbia.


Y más homenajes: mientras continúa la revitalización de la obra de Caicedo por la reedición en Alfaguara, Sandro Romero Rey, albacea y editor de las primeras ediciones completas del autor (en compañía de Luis Ospina) ha publicado en El Malpensante un artículo sobre la pasión que comparte con el escritor: los acetatos. ¿Dónde los comparaba? ¿Cómo los elegía? Parte de una época y del estilo caicediano se esconde en su melomanía. ¿Habrá algún editor imaginativo y suicida que se le mida a hacer una versión sui géneris de ¡Que viva la música! con discografía incluida, a manera del libro-disco Jazzuela publicado en españa con las canciones registradas en Rayuela por Cortázar? Dice Sandro Romero:

Sí. Voy a hablar de los discos de Andrés. A mí siempre me inquietó dónde compraba sus discos. Lo digo porque, después de su muerte, me di cuenta de que sus gustos sonoros eran prácticamente los mismos míos, pero nunca los compartimos, salvo en la antesala del Cineclub de Cali, donde tronaba la música antes de la proyección de las películas. Rosario Caicedo, su hermana, me escribe citándome un almacén de música llamado Yanguas. Ramiro Arbeláez, uno de los mejores amigos de Andrés, recuerda haberlo acompañado con mucha frecuencia a comprar acetatos al almacén de Alcibíades Bedoya en el centro de la ciudad, en la calle 11, no muy lejos del hoy desaparecido Teatro Colón. Yo, por mi parte, en esas épocas no tan lejanas, me pegaba mis escapaditas a un sitio que se llamaba algo así como Discos Llano, pero sobre todo a los almacenes Sears (una de las “locaciones” inolvidables del libro El atravesado), donde le pedí a mi papá, por primera vez en mi vida, con mis once años a cuestas (estamos hablando del año de gracia de 1970), que me comprara el álbum de los Stones tituladoThrough the Past, Darkly, porque su forma hexagonal, con las puntas cortadas, me cuadriculó el cerebro. Este disco, homenaje póstumo al desaparecido Brian Jones, llegó por casualidad a Cali en su momento, pero no era una constante que los discos de rock llegaran a nuestro país. Recuerdo lejanamente haber visto una edición del citado Sticky Fingers en el almacén del señor Gordon, en el Centro Comercial del Norte, donde se compraban los discos de música clásica. El señor Gordon, un alemán furibundo, vendía discos “populares” en la parte anterior de su almacén y tenía un búnker especial donde él permanecía y atendía a sus clientes exclusivos: los que compraban música clásica. El señor Gordon odiaba todo lo que no tuviera que ver con sus gustos particulares. De eso se encargaban sus empleados. Allí, de todas formas, se conseguían curiosidades, y recuerdo haber conseguido en sus instalaciones álbumes legendarios como el doble de Joe Cocker “y sus perros rabiosos ingleses”, banda sonora de la película de Pierre Adidge.
“Coronar” discos de rock en los años setenta en Cali era tan difícil como ver buenas cintas en 35 mm. Por eso, los cinéfilos montaban (montábamos) cineclubes. Los acetatos de rock colombiano llegaban, sí, a través de un curioso curador: un tal G. Díez R., de Discos Fuentes. Y todas las fundas acuñaban una frase esperanzadora: “El disco es cultura”.
Caicedo, como se sabe, era un obsesionado por la gesta de los Rolling Stones. Consiguió toda su discografía, hasta el año de su muerte. Es decir, hasta el álbum Black & Blue, primer disco con la presencia de Ron Wood. En la colección de Andrés estaban los discos de la banda, correspondientes a la década de los sesenta, en ediciones nacionales. A partir del citadísimo Sticky Fingers, es decir, desde 1971, sus ejemplares habían sido traídos de usa. Según el documentalista Óscar Campo (otro de los pocos buenos amigos del escritor), la carátula deSticky Fingers que tenía Caicedo se abría, como todas, y se veía el cuerpo de un hombre en calzoncillos. La diferencia es que el disco de Andrés tenía “vellos púbicos reales”. Yo le creo al mentiroso Óscar. Los discos de Caicedo tuvieron que ser distintos.
Pero, ¿qué se hizo la primera camada de su colección de música? Según el fotógrafo Eduardo “la Rata” Carvajal, Andrés organizó una fiesta en su casa del barrio San Antonio. El anfitrión se distrajo y un tembloroso artesano hippie, conocido justamente con la “chapa” de Robi, se robó la colección de discos de Caicedo. Al día siguiente, como fieros motociclistas que emulaban a los de la película Easy Rider de Dennis Hopper, se fueron la Rata y su hermano Alfonso, acompañados de los temibles asesinos en serie Andrés Caicedo Estela y Luis Ospina Garcés, a recuperar los discos en la comuna donde vivía el mal ladrón. No había nadie al llegar, salvo las mujeres y los niños del kibutz caleño, aterrorizados ante la llegada de las brigadas salvajes. Nunca aparecieron los discos. Pero algo pasó porque, después de la muerte de Andrés, pude ver que su colección stoneana había crecido: exclusivos ejemplares de tesoros como los dos discos en solitario del bajista Bill Wyman (Monkey Grip y Stone Alone), el álbum póstumo de Brian Jones (The Pipes of Pan at Joujouka, que la banda homenajeó en 1989 dentro de la canción “Continental Drift”), los otros discos del catálogo de la Rolling Stones Records (las grabaciones de Howlin’ Wolf y el curioso Jamming with Edward!); pero el más interesante era quizás el disco pirata conocido como “concierto por Nicaragua”, grabado el 18 de enero de 1973 en Los Ángeles, de cuya carátula sacó Andrés la imagen para la primera edición “pirata de calidad” de su relato El atravesado. Ese disco se conoce como All-Meat Music. Hoy por hoy, cualquiera de estos acetatos es un tesoro. Algunos de ellos existen en ediciones digitales. Otros no. Desaparecieron para siempre, como desaparece el cuerpo de los suicidas.

Posturas, imposturas. Mitificacios y mixtificaciones. Es lo que logras más por dejar obra que por suicidarte.

Fotos: Andrés Caicedo por Eduardo Carvajal

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