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Las búsquedas de Adalberto Agudelo Duque




Ángel Castaño Guzmán


Con numerosos premios en su haber, Adalberto Agudelo Duque es uno de los narradores de mayor prestigio en las academias y universidades colombianas. Bueno, en algunas. En 2014 lo entrevisté con ocasión de su visita al Quindío y de la reedición de la novela Pelota de trapo, ganadora del concurso de novela ciudad de Bogotá. Como la de muchos otros, la obra de Agudelo Duque merece mayor cantidad de lectores.  Acá reedito una parte.

Sus producciones literarias tienen un elemento que a todas une: su continua experimentación. ¿Por qué le interesa tanto dicha herramienta estética?

Veámoslo de esta manera: desde que empecé a leer me di cuenta de que la gran enseñanza de los maestros es sugerir que en todos y cada uno hay una forma y solo una de decir las cosas. Cada cual “arma” su novela o su poesía o su cuento con las cargas que trae en su equipaje. Uno es la suma de todo lo que lee y todo cuanto leí me enseñó a no repetir a nadie, no imitar a nadie, a ser distinto. Además mi padre era carpintero y de él aprendí que todo se arma con un plano, en mi caso un plan de obra, y el único camino fue la experimentación.

 También depende de una pregunta con el sí mágico: ¿Qué pasaría si no escribiera una novela lineal, un poema en verso, un cuento con presentación, nudo y desenlace? El reto fue entonces desestructurar todos los géneros, mezclarlos y traslaparlos a ver qué pasaba

Casi todos los cuentos de Las falsas verdades y de Variaciones transcurren en Manizales, por no hablar de su ópera prima Suicidio por reflexión. ¿Cuál ha sido su relación con la ciudad donde nació y vive? ¿Concibe a Manizales como un telón de fondo o como un personaje más de sus ficciones?

De amores y odios. Vivir en Manizales no es nada fácil. Y era más difícil antes. En un conversatorio sobre ese tema llegamos a la conclusión de que la ciudad no es buena con sus hijos. Tal vez mi obra debería ser objeto de estudio del sicoanálisis: insistir en esa madre es una forma de requerirla. Pero aquí caemos en la trampa de las palabras: las ciudades no existen, existen las personas, los habitantes. De modo que la pregunta sería cómo es mi relación con los mandos, las aristocracias y los grupos de poder y la respuesta es obvia: mala, malísima. Por eso mis personajes van en los 2 extremos, los de arriba y los de abajo. Mientras los de abajo son los héroes, los de arriba son los villanos. En ese sentido “Manizales” es un telón de fondo para la actuación de los personajes.

Por supuesto en muchos textos la ciudad existe como cuerpo comprobable, como ser que sufre y ama, que puede llegar a la perversión, la locura, la bondad, el heroísmo...

Su trabajo literario ha merecido numerosos premios. Pelota de trapo ganó el Premio Nacional de novela Ciudad de Bogotá en el 2008. Sin embargo la mayoría de sus libros tienen una o máximo dos ediciones, ¿cómo explicar dicho fenómeno? ¿Quizá no pertenecer a ciertos círculos editoriales condena a los autores al anonimato?

Este tema tiene varias aristas. Malucas todas ellas. La relación con las editoriales exige largos y fatigosos lobis no exentos de humillación. Triunfo Arciniegas me dijo alguna vez en Bogotá: “... hermano, esto es de conexiones. Camine le presento a...” Jamás tuve dinero para ir a Bogotá a perseguir editores, amigos de editores o gerentes de editoriales a las que tampoco les interesan obras premiadas porque suponen que ya el mercado está cubierto por el premio. Pero hay un argumento de más peso: Yo pertenezco a una generación silenciada por los medios. En mi lista somos más de 150 intelectuales, entre poetas, novelistas, narradores, teatreros, pintores, periodistas, políticos y hasta narcotraficantes. Mi generación construyó este país con todas sus miserias. Creo que fue Antonio Caballero quien se apresuró a calificarla como “la generación desencantada”, solo para mencionar a algunos de sus amigos de los que solo persistieron 2 o 3.

Fíjese usted, solo para relievar su importancia: Vallejo, Álvarez Gardeazábal, Aguilera Garramuño, Duque López, Cruz Kronfly, Caballero, Illán Bacca, Fayad... O Carranza, Jaramillo Agudelo, Restrepo, Cobo Borda, Luque Muñoz... Yo la llamo la Generación sin rostro pero me gusta más llamarla la Generación del ruido porque coincide con la aparición del rock.


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CINCO POEMAS DEL MAGDALENA

Por: Angélica Hoyos Guzmán
Es una tarea de canonistas escoger sólo cinco, sobre todo interpretando una definición de algo que aún se escapa de los más eruditos y sofisticados pensamientos ¿Qué es poesía? Me han pedido seleccionar cinco poemas del Magdalena colombiano y más allá de la filiación de esta tierra, me preocupa dejar por fuera algo o mucho dentro de mis preferencias. Por eso me remitiré al más común de todos los filtros, el de la publicación, o el más cercano que tengo, el de los libros que me han regalado y que son de poetas nacidos o adoptados por el Magdalena. Dejaré por fuera las fotos de Leo Matiz, aunque me parecen poesía pura; también se irá de este apartado “La piragua” que me lleva lugares de mi infancia y los más recónditos paisajes. Tendré que nombrar en lo que dejo a los decimeros del Departamento del Magdalena, quienes aún hoy cantan sus historias de la rivera. Es un acto de total injusticia escoger cinco poemas.
Pero aquí voy a poner orden a mis afectos, a veces…

Correspondencia abierta (V)

Señor Lem:
Usted es un tipo inteligente: en su autobiografía escribió que su coeficiente intelectual es de 180. A los 15 años, en 1937, usted era uno de los jóvenes más brillantes de toda Polonia, pero no necesitaba ser un genio para saber que ninguna distinción le serviría a un descendiente de judíos en los albores de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, la inteligencia solo servía para burlar la muerte.
Tengo entendido que evadió a los nazis con papeles falsos, aunque varios de sus familiares fueron asesinados. De la remembranza de aquellos días surgieron novelas como Memorias encontradas en una bañera (1961), cuyo título evoca recuerdos hundidos en las lagunas de la mente. Sin embargo, se trata de una novela de ciencia ficción. Casi todas sus obras exploran el futuro.
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Correspondencia abierta (III)

Querido Julio,
no sabría decirte si Silvio es tu mejor cuento, aunque lo menciones con tanto entusiasmo en tu diario. Debo admitir que me pone a pensar. Te veo en su soledad, me veo a mí, a los dos, hurgando entre aquel rosedal para entender la vida. Pues “no podía ser esa cosa que se nos imponía y que uno asumía como un arriendo, sin protestar”.
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El visitante, de Andrés Elías Flórez Brum

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Correspondencia abierta (II)

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Correspondencia abierta (IV)

Querida Ágatha, pude haber enviado esta carta antes de tu muerte. Previo a aquel triste inicio de 1976, ya había bebido, a tragos cada vez más cortos, apremiado por dilucidar tus tramas de tenues pistas sembradas en cada párrafo y  por saber quién o quiénes fueron los asesinos, las adictivas pócimas de tus relatos policiacos; no obstante, salvo algún anónimo de retorcida caligrafía, dirigido a Patricia T., sección femenina en el colegio del barrio, iniciando el bachillerato, excepto una que otra tarea escolar redactada con desgano, y lacónicas postales cruzadas con mi primo Edilberto, becado en una universidad gringa, no había escrito entonces una línea.
Bueno, querrás enterarte del motivo de mi mensaje, más de cuarenta años después del inicio de tu sueño eterno. Bien, hace poco recibí en el buzón (hoy día ya no consiste en la romántica urna con cerradura y pedestal donde coincidían facturas, avisos comerciales, o mensajes de enamorados, ni está en el exterior de las viviendas, sino…