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SE ABREN PUERTAS

Antonio María Flórez


Poeta hispano-colombiano, nacido en Don Benito y estrechamente vinculado a Marquetalia. Médico residenciado en Extremadura. Autor de Desplazados del paraíso y En las fronteras del miedo. Ganador del Premio Nacional de Poesía “Ciudad de Bogotá” 2003 y Finalista del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia 2015.

Para Máximo Muñoz y Carola Barquero


          Se abren puertas.
Afuera la luz amarilla
en el azul de la mañana.
Aquí, la tibieza de las sombras.
Sentado, a la espera de nada,
bebiendo lentamente los últimos sorbos
de un sueño que se acaba.
                Negro café del despertar.

          Puertas que se abren ante tus ojos
cansados de tanto insomnio,
que te muestran caminos conocidos,
que te llevan a lugares ya habitados;
sí, a aquellos que recorrieras
con el paso inseguro de la niñez
             y el asombro de las cosas nuevas.

              Ves,
a pesar de tanta luz,
los rostros marcados por los años
de los seres que tanto amaras,
sus ojos miopes de tanto desgastarse
                                       mirando el horizonte
 sin atisbar la sombra
del que ayer se fue para nunca más volver;
 ¡ay!, sus corazones rotos de tanta espera
y sus sueños desgarrados y marchitos
de tanto viento adverso
               como les ha soplado en la vida.

              Ves,
La gloria polvorienta
de los infames nobles de tu pueblo
esparcida por el suelo,
condenada por los tribunales de la calle,
                  degollada por la justicia;
ves también
las estatuas graníticas de sus hombres más ilustres,
cubiertas de musgo
                             -inmóviles y calladas-,
 como si el tiempo hubiera castigado para siempre
su voluntad de grito y movimiento,
                    su capacidad de orden y concierto.

         Ves,
las calles y las casas familiares
respirando a otro ritmo,
los parques y dehesas que anduvieras,
-curioso adolescente-
equivocando sus límites,
            mudándose en laberinto;
las tortugas y los perros que cuidaras
entonces con esmero,
ahora caminando con descuido
                           y lentitud exasperante
por el verde patio de la casa de la abuela,
que aún conserva sus dos limoneros florecidos
esparciendo el mismo aroma
con el que inundara de frescas fragancias
                               la primavera de nuestros mejores años.

          Ves,
todo aquello con tanta claridad ahora,
tal si fueras y estuvieras…
pero sin embargo,
                   nada es igual,
                         ya todo es diferente.

             Y me pregunto,
por el lugar donde estoy,
por el día que es,
por lo que hago aquí
                      y adónde uno va.
                  Y bebo a largos sorbos,
negro café del despertar.

          Y este amargo sabor
de la memoria se me revuelve
y todos estos sueños desparramados
en el tiempo blanco del papel
me retan a asumir el desafío
de asomarme con valor a los días que vienen
para buscarle un sentido a la luz que me alumbra,
a mis pasos vacilantes
    y al camino que debo seguir o esquivar.

         Se abren puertas.
Sé que todo ha cambiado
                            y yo también.
La luz brilla ahí afuera,
            -generosa y diáfana-
eternamente igual
pero totalmente
distinta al final de esta mañana.
¿Para siempre?
                          Para siempre.
Ya todo es diferente.
                            Negro café del mediodía.


Postescriptum:
“… y el poema

jamás es responsable del equívoco papel que le asignan…”

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