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Las cartas de verdad (Cuento breve)


Antes, cuando no me salía nada, usaba acomodadas para cada ocasión las cartas de Juan Rulfo a su mujer, que no hacía mucho habían sido publicadas. Eran muy efectivas las postales del escritor mexicano, por tiernas y bien escritas. Las modificaciones que le hacía a las correspondencias comenzaban por el nombre de la muchacha, después cambiaba la fecha y hacía la adición de detalles propios de la relación. Una mañana, de no sé de qué mes y año del final de mi adolescencia, me desperté con el problema de haber usado y agotado ya todas las combinaciones de las cartas en el libro. Recuerdo mucho a la novia de entonces, porque su padre era arquitecto (De Apellido Valero) y tenía unos ojos de pez payara, pero amarillos y más saltones, y porque no tuve cómo, no hubo carta, para poder ablandarle el corazón por una falta de la que hoy ya no tengo memoria. Por entonces no sabía cómo escribir una carta honesta y dolida. Pensé que Rulfo debió haber escrito más de ochenta cartas o que debieron poner más de ellas en el libro. Intenté escribir, pero no logré nada. Me tiraba la fuerza de la costumbre de lo fácil que había sido hasta entonces pedir perdón, justificar una ausencia o desatención. Como estrategia final, fui a buscar las posibles cartas amorosas de mi familia, para ver si sobre ellas ajustaba mis necesidades y sentimientos. No encontré nada ni en los cajones de los hombres, ni en los de las mujeres. No existían las cartas o estaban confinadas al mayor secreto. En la biblioteca pública tampoco encontré nada útil y el temor me impidió pedir ayuda a alguien, pues podían delatarme. Tampoco quería dedicar una canción. Todo eso desvariaba. La muchacha, una morena lindísima, se perdió y supe que por lo menos en mi ciudad ya no podía usar las cartas de Aire de las colinas (Cartas a Clara). Ya estaban muy usadas, repartidas, y podía ser descubierto. Por una temporada dejé las relaciones largas y tormentosas y me dediqué a breves escarceos, a mis estudios y viajé a otra ciudad. No necesité cartas por un rato. Cuando regresé, conocí a Marcela Vernela, una recién llegada a la ciudad donde nací. Nos enamoramos y pronto tuvimos nuestra primera refriega por mi culpa. Pensé, para variar, en usar una vez más a Rulfo, pero recordé que ella cuando no hablaba de sus planes futuros, casi siempre botaba corriente sobre música llanera o de los libros que leía y dentro de esos estaba Don Juan Rulfo. Con el recuerdo vivo del fracaso con la morena, puse en marcha una carta para Marcela. Por primera vez iba a escribir una carta de amor. Al final, morí, salí de un mosto de tristeza, escribí la carta y la envié por correo electrónico. Ella se había metido bien adentro, por donde tengo el hígado y el miedo y había roto mi pereza. La carta sentida, cierta, ridícula, no tuvo ningún efecto. Extrañé tanto a Rulfo cuando fui acusado de plagiario e insensible. Fui a buscarla, le dije que por primera vez había escrito una carta amorosa completa: era pésima pero original. Le conté lo de Rulfo y rió a carcajadas y tiempo después nos fuimos a vivir juntos. Esa era la verdad de las cartas.

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TALLERES DE ESCRITURA 2017 EN ARMENIA

SALA DE LECTURA ANTONIO VALENCIA GOBERNACIÓN DEL QUINDÍO




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¿SIEMPRE SUENA QUEEN?

I’m just a poor boy, I need no shympathy, because I’m easy come, easy go…[1]dice uno de los fragmentos de Bohemian rhapsody, la canción de Queen, que podría ser una descripción, entre muchas otras, de los protagonistas de la novela de Carlos Pardo Viña que lleva el mismo nombre que la confesión criminal escrita por Freddy Mercury en 1975.
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Hilar insectos

Con esta nota, Revista Corónica principia una serie de reseñas sobre novedades editoriales y eventos de la Feria Internacional del Libro de Bogotá que comenzó ayer.




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Esto sucede con más fuerza ante la enormidad de la catástrofe. Cuando la tragedia irrumpe en el sosiego de nuestro presente, y se nos va la vida en nuestro empeño por sobrevivir, el instante pasa ante nosotros como un destello blanco y vacío. El trágico acontecimiento vivido, se convierte en un ensayo para la ceguera. Y esto es horrible porque precisamos ver, recordar, contemplar el …

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En …

Bavaria (Cerveza Poker) lanza un comercial contra la lectura

Cerveza Poker difundió un comercial desafortunado con el que Cervecería Bavaria se convierte en el patrocinador oficial de la estupidez en Colombia:  “No regale un libro, regale cerveza". El video fue retirado de Youtube ante la reacción de las revistas literarias, la red de editores independientes, la Cámara Colombiana del Libro y los usuarios de Redes Sociales que señalaron la incongruencia de separa la lectura del bienestar y promover una bebida alcohólica en desmedro de leer. El video, rescatado por el grupo de análisis de la Universidad de los Andes 070 puede ser un punto de partida para rastrear por qué Colombia sigue sumida en el analfabetismo funcional. Lo realizó la empresa de publicidad DDB.

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