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Hasta cierto punto, por José Alias

Por José Alias

Pensaba que mis ideas estaban tan claras quise hacer una película honesta, sin mentiras. Pensé que tenía algo que decir, así de sencillo. Algo útil para todos, que ayudase a enterrar para siempre todas esas cosas muertas que todos llevamos dentro. Sin embargo soy el primero que no tiene valor para enterrar nada. Ahora tengo la cabeza llena de confusión ¿Quién sabe por qué las cosas suceden así?...
            (Marcello Mastroiani en 8y1/2 de Federico Fellini)


Uno de los postulados básicos en el terreno psicológico o especulativo es el descubrimiento de un hecho fundamental para comprender algunas de nuestras pautas habituales: el enfermo, realmente, se aferra a ese estado. El muerto no tiene cura, que canta Krahe. 
Decía Tomás de Aquino: Hazme casto señor, pero todavía no. En el fondo no queremos curarnos, sanarnos, soltarnos entre otras cosas porque además de no poder ser es imposible dado nuestro esquema formal de sensaciones y percepción que desemboca de manera consciente en una serie de conceptos sobre nosotros mismos, los demás y lo que nos rodea que apenas ha variado, tal vez un poco en la apariencia, durante los pocos siglos en que el ser humano puebla la Tierra. A día de hoy, por usar un conocido galicismo, seguimos intentando resolver los asuntos destruyendo al que consideramos enemigo. Alepo liberada, dicen los titulares de los tabloides, ilustrando la positiva noticia con fotografías que muestran la destrucción absoluta de esa ciudad siria de la que no queda piedra sobre piedra. El Apocalipsis sigue su marcha.
El ser humano está experimentando siempre, enredando con juegos peligrosos o inútiles que pretenden soluciones a una situación o a un estado de ánimo, aunque en realidad no quiera resolver nada.
Poner en marcha el proceso de acceder a todas las complejas posibilidades para equilibrar o armonizarse que viven en nosotros no parece formar parte si no de unos pocos que al comunicarlas o intentar ponerlas en práctica encuentran el rechazo de la mayoría y, si es demasiado claro, el ataque frontal, sin consideraciones, por parte de otro pequeño grupo que lleva lo más fácil y evidentemente destructivo a sus últimas consecuencias. Los denominados bien y mal encuentran en lo externo su proyección del reflejo de la batalla tremenda que se desarrolla dentro de cada uno de nosotros. Aunque, en resumen, esa pelea interna se decante en un momento de modo extremo por el daño o la armonía y se aferre a esa conclusión para intentar sobrevivir con los míos contra los tuyos; son las denominadas ideologías, lo más superficial que tenemos, que mueven el denominado mundo en un caos sin salida devorándose a sí mismo como Saturno a sus hijos.
Esas ideologías son aceptadas en su propio nido siempre y cuando no vayan más allá, es decir: no intenten resolver realmente el conflicto personal y, sobre todo, el social. Si un individuo ve las cosas claras, será respetado siempre y cuando lo acune en su interior. Pero si expresa abiertamente sus críticas al grupo podría ocurrirle lo que a Jesús el Cristo, a Roque Dalton o a los maestros zen japoneses sin hogar que llevaron la enseñanza del Buda a sus últimas consecuencias, que no eran otras que conservar y compartir la fuente original. Por eso, otro maestro budista, en este caso el vietnamita Thich Nhat Hanh afirma que en los movimientos por la paz hay mucha violencia.
Pero no parece fácil salir de este enfrentamiento que vuelve una y otra vez a causar dolor y sufrimiento en los seres, incluso en los que parecen más avanzados o abiertos. James Low dice que en realidad no queremos despertar. Tal vez porque como escribe el lúcido, tierno y genial Kurt Vonnegut: el infinito es muy  aburrido y por muy difícil que sea la vida para casi todos, preferimos seguir mareando la perdiz antes de aceptar que hay ciertas posibilidades que podrían llevarnos a una hipotética solución si no definitiva que mantuviese, al menos, el statu quo más tiempo del que habitualmente duran los periodos de entreguerras.
El conflicto parece ser nuestro terreno favorito en cualquier aspecto. Las parejas se juntan para estar solas y se separan para estar acompañadas de nuevo, hacemos turismo para no ver más que lo que queremos, y eso es lo que nos muestran, nos quejamos sin descanso de los abusos del poder que alimentan nuestra aceptación personal de aquello que rechazamos. No sé si podría decirlo más claro, me parece así de caótico y enrevesado; el ouróboros, la serpiente que se muerde la cola, nos muestra lo cíclico, el eterno retorno del tiempo circular. No parece haber, a pesar de las apariencias, un tiempo lineal y la idea de un día final, de una edad de oro en la que el gran cambio por fin se produzca y la humanidad sea consciente, amónica y  equilibrada, no parece avistarse por ningún lado.
Se han anunciado revoluciones sociales, humanísticas, esotéricas, tecnológicas que darían un vuelco sin parangón a nuestra habitual catástrofe pero, una y otra vez, han demostrado ser un fiasco. Vender aire, ilusiones, entelequias, es la gran misión de ciertas épocas. Algunos pretenden o las llevan a cabo de manera pacífica, otros generando una destrucción terrible que socaba lo mejor del espíritu humano.
Sabemos que vamos a morir, un gato no lo sabe, dice Cortázar. Eso nos diferencia, nos hace más claros y a la vez más infelices. Esa posibilidad de usar ese conocimiento para refrenar un tanto nuestros instintos animales y depredadores tampoco parece servir, nunca ha servido, y no contentos con mirar hacia otro lado cada vez tapamos más el hecho indudable de la muerte. Estuve en Benarés, junto al Ganges, hace unos años y pude comprobar en esa ciudad con la que había soñado desde niño que sus estrechas calles, que no han variado en casi tres mil años, veían pasar cada día multitud de cadáveres envueltos apenas en una tela sobre unas parihuelas de madera. Tenías que fijarte a la pared, hacerte uno con ella, para que pudiera pasar el muerto que a veces se quedaba casi pegado a tu cara porque una vaca se había detenido más adelante, no había sitio para ambos, mientras lo porteadores balanceaban al que iban a quemar entre cantos cadenciosos e inciensos embriagadores.
Esa cercanía con las cosas tal cual son y que estamos perdiendo abducidos por la red y sus múltiples pantallas, la serie británica Black Mirror muestra ciertos aspectos de un inquietante futuro ligado a este entretenimiento, es una de las formas de entender la vida y la muerte, la existencia, de aceptarla para comprender y sentir su complejidad. El bien y el mal intercambian sus posiciones, lo blanco de hoy es lo negro de mañana y viceversa. Los extremismos no son más que la punta del iceberg que hunde sin descanso los titánicos desatinos de nuestra indolencia y dejadez, pero también los frágiles barquitos de nuestra esperanza e inteligencia. Pobres seres humanos, tan extraterrestres en este maravilloso planeta, el paraíso.

Dice Shunryu Suzuki en Crooked Cucumber: Buscar algo en la oscuridad no se asemeja a la actividad que hacemos normalmente, que se basa en una idea de conseguir algo.

Tal vez por ahí haya una salida. Pero que nadie se engañé, si esta visión se pusiera en práctica y reportara algún periodo de calma, el caos sentado a la espera tranquilamente en la esquina, esperando el sonido de la campana para volver al ring y empezar otro combate, saltaría al cuadrilátero sin duda alguna al oír el primer sonido en el aire. No hay futuro, como cantaban con desgarro los Sex Pistols el único futuro es ahora.  ¿Recuerdas?

Comentarios

  1. tan claro como inquietante

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  2. Sabes? Lo que ocurre es que hemos dejado de creer. El cinismo es la mejor religión, una vez acabado el miedo.
    Nadie quiere ser salvado ya que nadie tiene el valor de morir por uno y, una vez muerto ya es imposible que nos salve.
    Un amigo me dijo una vez: "Vivir en silencio para continuar con vida"
    Excelencia pensativa.

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  3. Siempre inquietante e inteligente, compay, compay.

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