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En la punta del lápiz





Yeni Zulena Millàn

López Jiménez, Carolina. (2013). En la punta del lápiz. Medellín. Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia. 121 páginas.

En la punta del lápiz de Carolina López Jiménez puede verse como una máquina portátil de rayos x que, como lo diría Susan Sontag, hace de los cuerpos transparencias; encuentra la boca de los precipicios personales y elabora un diálogo de fotografías escogidas al azar. Más allá del trasfondo anecdótico que conduce la historia, la arquitectura experimental en la que se desarrolla recuerda el curso sorpresivo de la memoria: un ingente edificio erguido a mitad de la niebla en el que empiezan a encenderse, indistintamente, exactas ventanas; el proceso reverso al que se ve sometida la madre de la narradora.

Cuatro vertientes conducen el conflicto desde distintos planos de tiempo, espacio y clima interior de los personajes. La primera historia está centrada en Matilde Díaz, una mujer en plena transformación por causa de un padecimiento neurológico; la segunda, permite la aparición de la hija de Matilde, situada inicialmente en la infancia; en un tercer momento, la hija adviene escritora y establece contacto con el lector, lo convierte en testigo de sus motivos y compañero en su rememoración; un cuarto pasaje, constituido únicamente por dos breves fragmentos, ya sugerido en el epígrafe de Clarice Lispector, es un ejercicio reflexivo de la autora sobre la escritura como un vínculo que permite anclarse a la vida para sortear el mareo paralizante del porvenir.

Matilde Díaz una mujer otrora activa, sumida en la celeridad entre atender el hogar y cumplir con minucia sus funciones en su trabajo en un juzgado, de pronto se descubre en la indefensión del alejamiento de la realidad y de los otros debido a la enfermedad: “Matilde dejó de ser la que era” (p. 40) “Afuera todos se mueven, todos hablan […] Adentro, todo como detenido” (p. 37); Matilde se vuelve un ser invisible en tránsito a otro mundo despojado de lenguaje. Su tiempo paralizado en el presente obliga a caminar en reversa: su voluntad de hacerse madre, esposa, profesional, de resultar suficiente como mujer; tantas apuestas apenas ganadas para llegar a ese panne en el que parece obligada a dejar la piel y entrar en la inmovilidad de los objetos: “Matilde reposa camuflada entre el mobiliario, puesta ahí” (p. 53”. Vivir en el desvanecimiento de los diagnósticos, desarticulada de las preguntas y las explicaciones, le lleva a recordarse en el refugio aún accesible de los poemas de la infancia “La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?” (p. 53); el cordel de la literatura, la secreta unión con el pasado todavía sólido y con la hija que consigue redimirla en el universo ficcional.

La hija, que aún no es la escritora, navega prendida a su niñez por entre los escollos de la vida familiar, las separaciones, los vínculos, las huidas: “Un árbol que caminaba, eso fue mi papá” (p. 19); “Todo quedó reluciente, menos mi afecto por mamá” (p. 52); “Yo no tenía buenas relaciones con mi mamá, pero eso no me impedía ponerme en su lugar” (32); “Ya no estaba papá para protegernos: las tres tuvimos que volvernos fuertes” (p. 13). La juventud es la estación en la que se revela el amor; el efímero con Juan y el Ilusionista, el permanente, la escritura: “Juan fue el primer gran escritor que tuve cerca […] También fue mi primer amor” (p. 48); “A partir del intercambio de escritos se dio una atípica complicidad entre el Ilusionista y yo. Las palabras que trazamos en el papel se cruzaron hasta anudarse. Luego los cuerpos se juntaron” (p. 89). El alma de la novela que está por emprender llega en un coletazo mágico, entre un pájaro y una piedra: “Guardé la piedra en el bolsillo […] una voz de mujer me dictó lo que creí sería la primera línea de mi novela” (p. 112).

Para habitar los universos paralelos y antónimos de ambas mujeres, para entender que la vida es oficio, pasión, desilusión y trámite, Carolina López sustrae de la abstracción los registros de nuestra ciudadanía oficial: Historias clínicas, recetas médicas, anuncios publicitarios, señalizaciones burlescas, ensayos, notas, calendarios. La tercera y la cuarta dimensión del relato pueden entenderse como un espejo de dos caras; de un lado, la escritora dialoga con su historia y con el lector, descubre coyunturas y advierte lo futuro como arena movediza: “Al principio solo era Matilde. Después vino la escritora […] Luego vino la historia […] Tú, lector, tan solo al otro lado” (27); del otro lado, palabras abuhardilladas, sexto sentido del lenguaje: “la contundencia de una fruta en la boca sí puede compararse con el efecto de algunas palabras en la vida” (p. 48), “Toc Toc/ Se oye el crujir del cuerpo” (p. 110).

En la punta del lápiz nos alumbra como un pañuelo en la más cruda distancia, nos estremece en cuanto obliga a que veamos que el propio abandono se remedia sólo al intentar reconfortar a los demás, más allá de sus causas o nuestras justificaciones. Una apuesta por entendernos generosos, como la literatura que nada promete y tanto ayuda a encontrar.


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