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Correspondencia abierta (VI)




Santo Domingo XI – XXVI – MMXVI

Recordado A. M.: Estoy junto a Cuba y Fidel ha muerto. Mis padres duermen mi hermana ha muerto.

Desde esta isla habré de remontar el trayecto a Bogotá y de ahí a la Ciudad de México para continuar con mis juicios y mis empresas. Todos estos kilómetros en unas cuantas semanas, intacto el imaginario que hago de tu viaje entre Amberes y Buenaventura.

Imagino tu Tramp Steamer, que cruzó las aguas de tu pluma frente a Costa Rica, imagino mi avión cayendo a la cita con las memorias de ese barco, cuando entre meridianos y paralelos, la geografía nos dé encuentro.

Álvaro, debo decirte que parte de mi fracaso como escritor se lo endilgo a no haberte conocido. Y algo más: tengo diez años cargando este libro tuyo que he regalado igual número de veces y del cual nunca me atreví –hasta ahora–, a pasar de la página 200; no quería agotarlo, no quería quedarme sin este libro tuyo que ha sido un mapa, una almadía del alma mía. Una vez hace años en Bogotá, un hijo tuyo me dijo que tú decías “viajar es la única forma digna de vivir”, yo he viajado con tu libro, volviendo a él, como intentando allí una pequeña patria entre mi exilio.
Maqroll, ¿de dónde saca uno fuerzas, para avanzar en las empresas de leche amarga y sin sentido en que la vida nos empeña? ¿De la poesía tal vez? Tendré que preguntarle a tu amigo Álvaro Mutis.

Álvaro, yo he caminado por la Ciudad de México buscando tu casa, pero nadie me dice dónde queda y le he preguntado a un par de burócratas si saben dónde te enterraron o dónde están tus cenizas, nadie da razón de ti. A lo mejor no hubiera tenido el valor de tocar la puerta, o ahora de visitar la tumba. Y yo que también le hice el amor a Flor Estévez en uno de esos caminos cruzados entre la nada y lo mismo durante tantos años.

Adentro tus ojos Álvaro Mutis, adentro del paisaje, de los colores, de todo lo que se ha hecho olvido y que tú conviertes en materia precisa de la poesía; adentro tú en los días que nos tocan, que pasan como un leve viento que nada parece alterar, pero que todo lo cambia para siempre. La noticia de la muerte de tu padre, adentro tuyo, adentro de lo que crecía como fiera en tu interior, y tú encontrando un más allá, un más adentro, certificando que el lenguaje le hace un frágil mas bello dique a la angustia de estar vivos. El riel que soporta el paso de los hombres, el tren que no tiene pasado, y que, cuando detenido parece morir, sólo está aguardando un nuevo mundo, con las voces que retiene en el interior de todas sus habitaciones. Las hojas vejadas por las aristas del tren, las montañas que atestiguan el paso vacuo de los hombres, las montañas que nos ha provocado esta forma se ser y no ser al mismo tiempo, las montañas que emergieron desde la quintaesencia del planeta, para ampararnos en su contemplación, como las montañas que emulan ciertos cuerpos, sodomizados en la guardia de la muerte, las montañas colombianas, que extienden el agua como serpiente que habrá de lavar las sangre de otros cuerpos.

Una vez hace muchos años, cuando todavía a la capital de la república mexicana se le conocía como el D.F., en mi primera visita, no quise visitar los sitios de peregrinación que recomienda todo el mundo en esa ciudad de piedra que ambos conocemos. Mi primer, mi único destino allí fue el Palacio Negro de Lecumberri donde nació Maqroll, a quien va dirigida la mitad de esta misiva. Allá recordé de nuevo a tu hijo, quien décadas atrás te visitó allí y quien en Bogotá me habló de la similitud que tenía nuestra Imprenta Nacional, con ese edificio carcelario al cual asistió siendo niño. Allí te busqué entre los anaqueles de libros, de esa cárcel que ahora funge como el Archivo General y Público de la Nación, y repasé una por una las mazmorras, una por una las crujías de entonces, imaginando tus pasos por allí. Y solo encontré amargo silencio; las paredes blancas adornadas con fotos de La batalla de Puebla, no revelaron la angustia que viví al repasar tus diarios que no tus días, que no tus noches. Y más tarde en su casa, agoté las memorias que Elena Poniatowska tenía de aquellos meses en que tú voz retumbaba su nombre en las instalaciones del presidio.

Y de Manizales a la Romana, y de Amberes a Buenaventura y del lago Pátzcuaro a esos ranchos, donde disuadido del estudio en Bogotá, en tu adolescencia quisiste engañar a los mexicanos haciéndote pasar por pariente de Juárez con tu acento que se encubría de jarocho. Y desde tu solar, de los libros del Malraux a los de Jorge Eduardo Eieslson y a la casa de Juan Sánchez Peláez en Caracas y de aquí para allá y de allá hacia ningún lugar, y siempre el mismo, en una búsqueda Mutis de Maqroll y Álvaro de esa infancia irrecuperable en Coello.

Esta tarde en el Caribe, el sol gana la epidermis del mar y me ciñe la noche tibia, en tanto quedan menos páginas de la saga con cada vuelta de reloj, pero esta vez ya no puedo detenerme. Una herida se cierra al paso del libro, una herida se acerca al término del mismo y se agiganta, no es contradicción, es un mapa que el cuchillo distrae para sorprender de nuevo.

Como débil consuelo, en México me espera otro libro tuyo que esa ciudad me regaló, en una de sus calles, “una calle como tantas, con sus tiendas de postales y artículos para turistas…”, un libro impreso por Gonzalo García Barcha –el hijo de tu amigo el escritor–, el día 3 de noviembre de 1986. Esa copia ahora aguarda por mi entronada entre los trozos del “pozo cegado” de mi exilio.

En tanto me desplazo de regreso a México, por estas calles de antigua piedra y renovado placer, sé que he encontrado una esquina aquí en Santo Domingo, en la Primera Ciudad del Nuevo Mundo, donde me suspendo para acariciar tus memorias, desde aquí donde tengo una ventana al mar y otra a tu obra, amén de la desasosegada certeza de lo que cuesta Maqroll Mutis dar el próximo respiro cuando se acabe tu libro.


L.

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