16.2.17

Cinco columnistas colombianos, una selección personal (II)






Édison Marulanda Peña *





3. Daniel Samper Pizano (Bogotá, 1945).



Daniel Samper Pizano, DSP, inició sus labores en El Tiempo el 1 de mayo de 1964, Día Internacional de los Trabajadores. Simultáneamente ingresó Enrique Santos Calderón, sobrino-nieto del dueño; el uno con 19 años, estudiaba derecho en la Javeriana, el otro con 20 era estudiante de Filosofía en la Universidad de los Andes. Ambos empezaron con medio tiempo, les asignaron tareas de asistentes del director Roberto García-Peña, de reportería y la creación de la Página universitaria.  
Pronto DSP escribiría la columna Reloj, que por su independencia y estilo ágil se convirtió en lectura imprescindible de muchos colombianos. También se recuerda que el expresidente Eduardo Santos, propietario del periódico, le tomó tanto afecto a DSP que lo incluyó en la lista de sus herederos. Esto ha garantizado que el beneficiario viva el resto de sus días sin problemas del sistema nervioso y no lagartear las entradas para ver jugar a Santa Fe.  
A veces el hecho fortuito de que un libro llegue a las manos de un lector principiante, como era yo cuando cursaba el grado 10 (5º bachillerato) en el Colegio Salesiano San Juan Bosco de Dosquebradas, puede cambiarle su vida. El título es A mí que me esculquen de DSP, publicado en aquel año de 1980. Aunque ya hacía mis pinos en el periódico Palestra estudiantil, del que era jefe de redacción Henry Orrego con apenas 15 años y donde escribía notas el rockero Jucapeza, Juan Carlos Pérez –tiempo después el primero estaría en la AFP en México y el segundo en la BBC de Londres–, fue el descubrimiento del periodismo de opinión mediante esa selección de columnas con un lenguaje impecable, el tono del mamagallista irredimible, la crítica con gracia y urticante a un mismo tiempo, un aliciente para optar por el  periodismo. Este último le ganó la competencia a la “vocación” de ser religioso salesiano.
Esta digresión está motivada en presentar un agradecimiento a quien ha sido uno de mis referentes, Daniel Samper Pizano. Su maestro Klim, destaca en el prólogo de A mi que me esculquen, las condiciones del primogénito de la casa Samper Pizano:
“Danielito, entre paréntesis, es quizá el periodista más brillante que han dado las nuevas generaciones. Enrique Santos Calderón tiene también excelentes condiciones y sabe escribir, pese a ser sobrino de Hersán [seudónimo de Hernando Santos, nota del autor], pero no utiliza como Danielito el recurso formidable del humor o carece de él. Danielito es, como se dice ahora, un periodista de profundidad y en este campo ha hecho cosas memorables, como lo han sido sus investigaciones sobre las irregularidades en las directivas del Congreso o sobre los favoritismos y compadrerías del Ministro de Obras Públicas en la administración López Michelsen […]. Danielito ha escrito además, como se verá en este libro que prologo, críticas dilascerantes sobre nuestro divertido folclore electoral, zumbas estupendas sobre el clientelismo y su opulento padre, y notas de un humor exquisito sobre una noticia cualquiera trasmitida de pronto por la United Press” (1980: 9).
Klim aludía a los trabajos rigurosos de la Unidad Investigativa de El Tiempo, que fundaron DSP y Alberto Donadio en 1977. Consiguiendo logros inusuales en este campo del periodismo contra el secreto oficial y el abuso del poder de congresistas, ministros y la banca. Qué duda cabe que la investigación de los osados redactores del Washington Post, Bernstein y Woodward, conocida como el caso Watergate que obligó a renunciar al presidente Nixon de EE.UU. fue la inspiración de varias salas de redacción en Latinoamérica para hacer autocrítica, aceptando el debate sobre la necesidad de promover el divorcio del inveterado matrimonio periodismo y política. Precisamente por esclarecer el homicidio del sacerdote páez, Álvaro Ulcué Chocué, líder del despertar indígena en el Cauca y promotor de una espiritualidad liberadora, que fue perpetrado por agentes de la fuerza pública, se dijo que DSP tuvo que autoexiliarse en España.
Samper Pizano se graduó de abogado y gracias a una beca hizo un posgrado en periodismo en la Universidad de Kansas, el estado donde nacieron los “muchachos” que crearon el clásico Dust in the wind.    
A mitad de los años 70 él recibió una oferta de dos empresarios vallecaucanos, los hermanos Luis Carlos y Manuel Londoño, para fundar el periódico liberal El Pueblo. El capitalino aceptó sin vacilaciones. Como subdirector y editor conformó un equipo de jóvenes y veteranos para hacer periodismo innovador, fresco. Solo estuvo un año y dimitió por un conflicto de intereses de los propietarios.  
Todo columnista sabe que el activo de la credibilidad es directamente proporcional a su independencia y a la ética aplicada, tener un buen estilo no es razón suficiente para preservarla. Es por esto que durante el periodo presidencial de su hermano Ernesto Samper (1994-1998), uno de los gobiernos más cuestionados de la segunda mitad del siglo XX en Colombia por la filtración de dineros ilegales del cartel de Cali en la campaña electoral, DSP se privó de escribir su columna dominical en las páginas editoriales del diario El Tiempo. En aquel cuatrienio continuó solo con Postre de notas en la revista Carrusel, con el enfoque de notas ligeras donde primaba la frivolidad deliberada.
Fue una carrera encomiable de la que DSP se despidió en mayo de 2014, tras 50 años de vigencia en diferentes géneros periodísticos, veinticinco libros publicados, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, entre otros logros. Una muestra de la gracia  y la frescura de su prosa, se comparte a continuación.

APARECE BOGART EN COLOMBIA
[Nota: en el libro aparecen sendas fotografías de H. Bogart, el protagonista de Casablanca (1942)  y Álvaro Gómez Hurtado].
Humphrey Bogart, el famoso actor de los años cuarenta, no ha muerto. La investigación llevada a cabo por una conocida revista colombiana, acaba de descubrir que el célebre hombre duro de la pantalla no falleció en enero de 1957, como se creía, sino que viajó a Colombia y actualmente se desempeña como líder del Partido Conservador, bajo el supuesto nombre de Álvaro Gómez Hurtado.
La revista, luego de un cuidadoso estudio en que comparó numerosas fotografías tomadas desde el Diccionario Larousse hasta la Enciclopedia Británica, llegó a establecer las siguientes 14 coincidencias, que hacen pensar firmemente en que el supuesto doctor Gómez es, nada más ni nada menos, que el legendario astro Bogart.
1. Ambos tienen la nariz en medio de los dos ojos.
2. La boca de Bogart está situada directamente debajo de la nariz. Si se observan bien las fotos, se verá que con la de Gómez ocurre lo mismo.
3. Según testimonio de quienes conocieron a Bogart, éste, cada vez que se le caía algo, se agachaba y lo recogía. Con Gómez sucede igual, según lo pudieron comprobar los redactores de la revista.
4. La frente de ambos es muy parecida, y está situada debajo del pelo y arriba de las cejas. La de Bogart parece más arrugada que la de Gómez, pero ¿acaso 15 años en el Partido Conservador no quitan hasta las arrugas?
5. Ninguno de los dos tiene cicatriz alguna debajo de la oreja izquierda y, lo que es aún más sorprendente, tampoco debajo de la derecha.
6. Existe una curiosa similitud fonética entre el único apellido de Bogart y el segundo del político colombiano. Bogart, Hurtado: art, urt: ¿no suenan sospechosamente parecido?
7. Bogart desapareció del escenario norteamericano en 1957, Gómez Hurtado no se encontraba en Colombia, y apareció en 1957.
8. La fotografía en poder de la revista muestra una asombrosa coincidencia durante la infancia: Bogart, a los siete meses, todavía se mojaba en la cama, Gómez Hurtado también.
9. El dibujante de la revista hizo una concepción, sobre lo que serán los rostros de Gómez y de Bogart dentro de 60 años: los dos dibujos coinciden asombrosamente en los rasgos de la calavera.
[…]
11. Ninguno de los dos toma huevos pericos con Coca-cola.
[…]
13. Gómez Hurtado cuando está con sueño, se duerme. Bogart, según testimonio de sus amigos, tenía precisamente la misma costumbre.
14. Tanto Bogart como Gómez Hurtado gustan de leer revistas viejas, y han encontrado más de 14 coincidencias entre algunos artículos de aquellas y los de otra revista que se publica ahora.
Marzo, 1972     
 
4. Silvia Galvis (Bucaramanga, 1945-2009)


(Alberto Donadío y Silvia Galvis)

Seguramente no hay otra mujer en Colombia que haya logrado un prestigio simétrico por el talento manifestado en tres campos de la escritura: el periodismo, la literatura y la historia, que la santandereana Silvia Galvis Ramírez.
En su oficina de la dirección de Vanguardia Liberal en los años 80, uno de los dos cuadros que  estaba colgado al frente de su escritorio, tenía una frase de Albert Camus que ella hizo norma y guía del ejercicio periodístico: “Debemos comprender que no podemos escaparnos del dolor común y que nuestra única justificación, si hay alguna, es hablar mientras podamos en nombre de los que no pueden”.
Esta sería la clave para comprender su entereza no como consecuencia de la educación privilegiada que recibió (se graduó en Ciencia Política en la Universidad de los Andes), sino como una elección de la autonomía de su voluntad. Otros rasgos suyos son: el valor civil en la denuncia de cualquier injusticia, en los informes del Departamento Investigativo que fundó en el periódico de la casa Galvis, donde nunca se publicó un informe que no hubiera sido probado y corroborado hasta la última letra; su talante genuino de liberal radical la llevó a repudiar cualquier dogmatismo, a promover en los jóvenes periodistas que trabajaban a su lado la pasión por romper esquemas, a cuestionar, a dudar.
En los años 90 los lectores de este género de minoría, el periodismo de opinión, tan placentero como exigente, reciben el REGALO de conocerla en las páginas editoriales de El Espectador, con su columna “De parte de los infieles”, que de entrada es la confesión de un ser laico. Su pluma es combativa, anticlerical, de un humor cáustico, se nota el aporte del estilo innovador donde se conjuga: la habilidad de la escritora de ficción, el rigor de la historiadora en el manejo de archivos y datos, la soltura de quien entiende el lenguaje que precisa el periodismo.
En 2010, un año después de su muerte, Sílaba Editores publicó un libro entrañable con el propósito de evocación y proyectar su legado, bajo el título Silvia, recuerdos y suspiros. Memoria y retrato de Silvia Galvis. La singularidad es que se trata de una obra polifónica donde  más de 40 personas, con artículos y notas organizados en forma temática por la editora Lucía Donadío, hacemos un justo tributo. Reproduzco apartes del artículo que escribí con el título “Silvia Galvis, representante de la libertad de pensamiento” (pp. 281-286):
De parte de los infieles (Hombre Nuevo Editores, 2001) es una antología de los artículos de opinión que publicó durante 20 años en una columna de Colprensa, en El Espectador y la revista Cambio. Ahí están los temas nacionales de los 90 que hoy, acabando la primera década del siglo XXI, son idénticos, verbigracia ‘La libélula’, que desde el primer párrafo deja la sensación de escribirse el día anterior: ‘Hay que creerle a Noemí cuando dice que regresa a la patria para convertirse en servidora de la verdad, obrera de la justicia, emancipadora de la moral, redentora de la política y en ejemplo de amor por Colombia. Lo mismo dijeron Julio César, César Augusto y Belisario y les creímos. ¿Por qué no creerle a la infalsificablemente bellea Noemí?” (El Espectador, 27 de agosto de 1995).
“Y para los ciudadanos activos, ‘Guía para electores que ya votaron’. La librepensadora irreverente capaz de relacionar en ‘Opus Henry’ dos personajes antípodas como Henry Miller y monseñor Josémaría Escrivá de Balaguer: ‘[…] ambos se han ganado un lugar en los altares por sus vidas ejemplares. Escrivá, el beato de la continencia, Miller, el santo de la incontinencia. Dos vidas paralelas que asombran por las coincidencias’. La desmitificación de una religiosa como la madre Teresa, recién fallecida, en ‘La posición de la misionera’ (Cambio 16, 30 de marzo de 1998); el humor provocador y una tierna evocación familiar en ‘Lo manda el sexto: ni fornicar ni restregarse’; tampoco se escapaban los jerarcas de la Iglesia criolla o universal: ‘La hora del báculo’, ‘La pesadilla del papa’. Su mordacidad daba en el blanco del contubernio periodismo–poder político que caracteriza al diario de mayor circulación nacional y defensor a ultranza del Establecimiento: ‘Dicen por ahí que El Tiempo todo lo corrompe, y todo lo transforma y que es, inclusive, capaz de transformar a un sospechoso en santo. Será cierto, porque justo en estos días de pasión y milagros, anda empeñado en convertir al general Farouk Yanine Díaz, vinculado al asesinato de 19 personas, en el kepis más inocente de la República’ (La patraña del padrino, El Espectador, 30 de marzo de 1997)”…

5. Como recordará quien haya leído la primera entrega de este trabajo, Cinco columnistas colombianos, una selección personal mencioné varios nombres que hacían parte de una preselección de once, parodiando a un nominador del fútbol. Por ejemplo, Emilia Pardo Umaña, Luis Tejada, Gonzalo Arango, Guillermo Cano, María Jimena Duzán, Antonio Caballero, Enrique Santos Calderón.


Para completar esta selección de 5 invito al lector o lectora a que elija un columnista de la lista anterior, que haya leído con asiduidad y lo ponga aquí. Puede expresar en el foro de la revista Corónica las cualidades y describir lo que más le llama la atención de aquella pluma. No lo hago por demagogia, es que me gusta ser DEMÓCRATA y promover la participación con un “final abierto”, como en las mejores películas del séptimo arte. 

*Profesor transitorio del Departamento de Humanidades de la UTP, periodista y escritor de biografía.


La primera parte de esta selección puede verla en el link
http://blog.revistacoronica.com/2017/01/cinco-columnistas-colombianos-una.html

4.2.17

Erotismo, violencia y humor en los cuentos de David Betancourt

David Betancourt (Foto de  Alan D Gómez)

Óscar Castro García



Con Buenos muchachos (2011), David Betancourt se presenta como cuentista, en una serie de historias deschavetadas, ingeniosas, reiterativas, de barrio, de calles, de canchas de fútbol, de adolescentes con familias disfuncionales, de muchachos que parecen buenos, que son buenos, que las mamás les creen cuando dicen, como lo hace irónicamente el hijo del cuento “Buenos muchachos”:

Yo soy incapaz de hacer cosas malas, madre, y usted lo sabe. Cuál pistola, cuál vicio, cuáles amistades, cuáles robos, yo solo fumo cigarrillo y lo voy a dejar. Confíe en mí y ya, y no se ponga a escuchar pendejadas por ahí, cierre esos oídos de una vez. Yo no robo ni tengo amigos malos, solo salgo a chutar un balón y a charlar. Yo soy buena gente como hermano y no me meto con nadie, soy un pelao bien. Lo juro por Diosito lindo, madre (p. 95).

En su primer libro de cuentos, sorprende desde la ironía del título con historias que casi llevan al lector al abismo que viven niños y jóvenes en la ciudad, especialmente en barrios como Villa Hermosa, situado en el oriente y desde donde se contempla una hermosa panorámica de Medellín (Colombia). Pero los chicos no se paran a contemplar el romántico paisaje de la urbe, sino que apenas pueden ver el mundo contradictorio que los rodea: una realidad llena de incertidumbres, amenazas, necesidades e insatisfacciones. Por eso en el cuento “Buenos muchachos” la madre, refiriéndose a la muerte de su hijo mayor, le explica a su hijo menor: “Este barrio, que de villa no tiene nada ni de hermoso menos, se lo devoró de a poquito” (p. 93).
No obstante, como sobrevivientes de la rutina, igualmente disfrutan las tardes soleadas de fútbol en la calle, los furtivos amores que se inician o las alegrías de cualquier pequeño éxito. De esta manera, la ciudad aparece como obstáculo o camino difícil, no como paisaje o postal. La ciudad es el barrio tradicional en el que la vida transcurre llena de contradicciones, y donde niños y adolescentes parecen vivir su vida a espaldas de los adultos, o ignorados por estos; en el peor de los casos, maltratados y abusados por sus mismos padres.
Aunque en estos cuentos predominan la alegría, la sensualidad, el juego, la imaginación, el absurdo y la creatividad, también los muchachos se sienten acosados por otras fuerzas inquietantes: las drogas, la delincuencia, la violencia y la muerte. Estos personajes, motivos y temas se proyectarán en los libros de cuentos que Betancourt ha seguido entregando: Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos (2013, 2014), Una codorniz para la quinceañera y otros absurdos (2014), Ataques de Risa (2015) y, próximamente, Bebestiario.
Buenos muchachos se abre con un cuento de premonitorio título:“Ventana herida”, frase que reúne los dos sentidos que encierra esta parte de la casa: apertura y clausura. Es la mirada, escena que se contempla doblemente: desde adentro el niño mira lo que va a perder; desde afuera los otros niños miran a quien será anulado para la realidad. Metáfora doble, cinismo y melancolía, resignación y rebeldía. En sentido estricto, lo herido es la mirada, el chico de trece años que se esconde por temor a que vean las cicatrices que marcan su rostro. El único contacto con el mundo está a punto de clausurarse. Se esfumará la visión, se perderá la comunicación, no volverá el ensueño ni habrá placer, felicidad ni esperanza. Y con  todo, solo esa ventana guarda ternura, nostalgia y poesía.
Es un título que presagia lo que serán las demás historias de este y los otros libros de Betancourt: la vida en esta ciudad, especialmente para los niños y los jóvenes. Antiguamente, la ventana significaba abertura o respiradero, lugar de entrada del viento a la casa, pues la luz entraba por el patio. Mas ahora, ella es también la entrada de la luz y del mundo de afuera, de la calle, del campo, de la ciudad. Desde ella se contempla el mundo exterior. De ahí la insistencia del narrador de estos cuentos en que su destinatario observe bien lo que se le está narrando o describiendo, para que en complicidad con él se convierta en fisgón. Insistencia que se manifiesta continuamente en la enumeración a veces exacerbada, en palabras o frases que reiteran la idea o el fenómeno, o lo amplían casi hasta agotarlo. Por ejemplo, en “Te lo advertimos” se lee:
Todos, Daniel, te lo dijimos. Que escuchá, Daniel, que la noche es para los lobos, que la muerte para los que caminan la noche, que los jóvenes como vos mueren de amor o de balazos, que no tomés tanto alcohol, que evités las peleas, que te sentés, que no grités, que no metás tanta droga (…) Pero vos que no, que mala hierba nunca muere, que el de arriba me cuida y me protege, que qué de malo tiene divertirse, que me tengo que hacer respetar, que la vida se hizo para vivirla, que cuando le toca a uno le toca a uno, que puedo caer peliando borracho, que me pueden clavar mil puñaladas en la espalda… (p. 21).
Y entre la aparente intrascendencia de las historias que se precipitan en cada libro de este autor; entre carcajadas y tristezas, chistes, desplantes y absurdos, se va revelando la complejidad de estas vidas. Complejidad que devela el enmarañamiento de la existencia en un ciudad que es propia y desconocida, en la que nos movemos como autómatas y donde todo lo inimaginable ocurre con la sutileza con que se desliza el viento del atardecer por las lomas del barrio Villa Hermosa hacia el centro de Medellín.
Estos cuentos penetran en los cuartos, en las casas, en las calles del barrio, en los campos de juego, en los parques, en las aulas de clase, en los buses; en todo lugar donde hay que mirar y escuchar y narrar. Y a pesar de la gravedad de la vida y de estas vidas, hay lugar para la risa, la ironía, el goce, el chiste y la parodia. Desde los títulos de los cuentos se sugiere la ironía que se manifiesta en la vida cotidiana. Especialmente, esto se nota en los personajes infantiles, quienes ignoran códigos y verdades que los mayores ocultan o creen que los hijos no comprenden, pero que estos interpretan desde otras perspectivas, llámense ingenuas, cándidas o fantasiosas. Así, en “Mamá” el niño presencia la agresividad del padre contra la madre y busca hacer justicia por su propia mano. En “Papá”, la niña de cuatro años recibe la furia del padre y contempla la decisión irracional de este porque su equipo de fútbol ha perdido. Y en “Disney, mamá”, otra niña espera que su padre, ya muerto, regrese para que la lleve al Disney de sus sueños.
Más allá de esta violencia familiar se manifiesta la de calles, esquinas, canchas de fútbol, parques, escuelas. Adolescentes se enfrentan a sus iguales en otro campo de batalla. En “Te lo advertimos”, el amigo ya muerto acompaña el cadáver del otro cuando lo llevan a la morgue; en este recorrido le recuerda todo lo que hicieron, dejaron de hacer y obtuvieron como resultado. Se creían “dueños del mundo” porque pensaban “que la vida eran golpes, drogas, libros, alcohol, pepas…” (pp. 23-24); y por eso le dice: “Te llorarán, mi hermano, te llorarán, así como los míos me lloraron a mí, y te dirán, te lo advertimos, Daniel, te lo advertimos, así te dirán” (p. 24), en un diálogo de muertos que nada tiene de fantasmagórico.
“Buenos muchachos” puede ser el cuento que sintetiza y simboliza la vida de tantos jóvenes que atraídos por el dinero fácil y las drogas toman decisiones fatales. Tanto la madre como el hermano creían que él era un buen muchacho. La ciudad aparece en este cuento como la causante de la muerte del hermano, según el narrador: “Lo que pasa es que desde que mi hermano murió, desde que lo asesinó Medellín, desde eso madre anda cargando con un peso inmenso, anda con el mundo sobre sus hombros, y es lógico, ya no tiene al mayorcito. Se le murió su niño de dieciocho años” (p. 93). El cuento describe espacios, situaciones, personajes que caracterizan la vida del barrio y las contradicciones diarias: “Jugaba fútbol en la cuadra los domingos en la tarde. Muy puntual, todos los días, iba al colegio (…) Antes de que llegara la noche con sus amenazas entraba a la casa para levantar sus pesas y hacer sus ejercicios” (pp. 93-94); “como dicen en estas calles, aquí nadie se salva de ser malo y yo no quiero serlo ni tampoco parecerme a mi hermano; no quiero morir joven ni de la forma como lo hizo él” (p. 94).
De la misma forma se perdieron Felipe, Edwin, Daniel, Curtis, Pitufo, Víctor, Cardona, Negro… Larga lista de todos aquellos sacrificados en las calles de la ciudad ante la impotencia de los mayores, quienes se hacen los de la vista gorda o parecen ingenuos y lejanos a las situaciones de sus hijos, como ocurre con el abuso que llega hasta el tormento, la tortura y la enfermedad en la adolescente de “Sus terrores”. En esta historia se destaca la complicidad de la madre ante el abuso que Jairo, su amante, ejerce contra la hijastra, a quien todas las noches acosa y amenaza, aprovechándose de la tristeza de esta por la ausencia del padre y la intimidación de la madre, quien está segura de que su hija usa su enfermedad como estrategia para espantarle a su amante.
Paralelo con el deterioro físico, moral y social de casi todos los personajes de estos cuentos, se expresa el erotismo en la rutina de la cotidianidad, en la soledad y en el abandono en que ellos se encuentran. Así, en “Suerte, Cardona” un niño de diez años se enamora de su profesora y sufre la decepción, mientras el narrador trata de consolarlo. En otros cuentos es el abuso, el aprovechamiento o la afrenta, como en “El secreto ahora es de los tres”, porque el erotismo infantil es invadido por el desorden de la mujer. En “La vecina”, la sexualidad y el erotismo adolescentes están unidos a las fantasías que crean verdaderas historias de conquistas eróticas irreales. Y en “Desencuentro”, el erotismo lleva al joven a enamorarse de la prostituta que solo sabe de juegos y desplantes, así él vea en ella la imagen de Marilyn Monroe: “Tenía las mismas nalgas, los mismos labios rojos y carnudos, los mismos pechitos de quinceañera, la misma nariz de suiche, la piel blanquita y un ombligo de lo más pulido como para tomarse ahí un guaro” (p. 34).
El humor es otra característica reiterada en la narrativa de Betancourt. Aun en la tragedia, este se manifiesta, tal vez como un bálsamo para la muerte, el dolor y la soledad. O, quizá, como un efecto natural de las situaciones, pues más que lenguaje irónico, en esta obra abundan ironías situacionales. A veces, la crueldad explota a pesar de las situaciones, a pesar del deseo del narrador, que casi siempre es un chico o una chica, alguien que parece despistado o ingenuo, pero que maneja su propia lógica de la vida, de las cosas que lo rodean y de las situaciones en que participa. Así se ve en “Los siete números”, que el hermanito, limitado y abandonado por el narrador, recuerda para llamar a la casa y avisar donde se encuentra abandonado por su hermano. “Táparo” es la ironía situacional, en la que el narrador se ve acorralado y sin defensas, pues el que lo va a entrevistar para un trabajo es el mismo a quien ridiculizaron en el colegio, empezando por el sobrenombre de Táparo, palabra que en Colombia se refiere a un caballo ordinario, a alguien torpe y cabeciduro.


En la mayoría de los cuentos de Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos (2013, 2014) hay cambios sustanciales en edades, familias, atmósferas y sicología de los personajes. Igualmente, en la perspectiva y punto de vista de los narradores, aunque el tono, el estilo, el ritmo y la visión del mundo de la obra siguen los lineamientos generales de Buenos muchachos. A la par, continúa el mismo espacio de los acontecimientos, pero el tiempo ha avanzado, se han profundizado algunas condiciones y otras se han agravado. Ahora los personajes son mayores; sus intereses y modo de pensar han evolucionado hacia convicciones y principios definidos, casi todos diferentes o contrarios a los de los adultos; y la mayoría de ellos se han colocado en abierta oposición a las normas y principios sociales imperantes. La ingenuidad se pierde casi por completo y el humor es más cáustico, más sarcástico, por la conciencia que los personajes tienen ahora de la realidad, por la premeditación de los actos, por las contradicciones propias y con los demás, y por las graves consecuencias de sus acciones. No obstante, aún persisten el tono y la intención en varios de estos nuevos narradores.
En el libro se distinguen campos temáticos variados: unos son infantiles, pero en los que la crueldad compartida se disimula o transfiere, como en el cuento “Yo no maté al perrito”. Narrado en primera persona, la historia se mueve en el límite de lo inverosímil, pues la abuela trata de disimular la posible culpabilidad del nieto en la muerte del perrito, pero ella tiene su verdad escondida. Hay, pues, ironía e infantilismo en el niño, y crueldad y malicia en la abuela, que parece una niña traviesa. Algo similar se ve en “Los amigos no existen”, en el que ambigüedades y  oposiciones constantes de amigo/ladrón, amigo/extraño, amigo/marica, marica/ladrón, acaban resolviéndose en un inesperado desenlace que lleva a la risa, a pesar del dramatismo de la situación. Hay una vacilación en su lectura, pues el título que parece cierto se contradice con el desarrollo de la historia.
Otros cuentos se centran en el erotismo y la genitalidad, como en “Mi salchicha”, elemento fálico que no solo connota sino que denota la obsesión del personaje, quien hace todo lo que está a su alcance  para que su perro lo complazca, pero el cuento parece diluirse en un  final tragicómico con una expresión que parece resignada y perversa. En esta misma línea está “Cartas de amor para Nuno”, en el triángulo Magnolia —profesora de literatura—, Nuno —profesor de educación física— y Romeo —estudiante y  narrador—. Acá la ironía, la parodia de la canción popular y el sarcasmo frente al sentimentalismo amoroso, los lugares comunes del enamoramiento —el nombre de Romeo es premeditado—, la cursilería, la poesía rosa y la estupidez encuentran una solución inesperada y contradictoria, en una atmósfera de decadencia moral, que lleva no solo al humor sino también al cuestionamiento del orden y del estado de cosas que se considera “normal”. Estas situaciones eróticas ambiguas o  abiertamente contradictorias llevan a la incertidumbre en “Abrázame fuerte”, cuento en el que los enamorados que van cada uno por su lado a diferentes reuniones sociales, imaginan que el otro los está traicionado a la vez que están en plan de seducción, en un juego de paralelismo/oposición que termina en forma ambigua, aunque diferente de lo que suele ocurrir.
Otros cuentos narran la violencia urbana. En “Último partido”, la fatalidad desvía la bala en pleno partido de fútbol en el barrio, con los motivos clásicos de la violencia urbana heredados del narcotráfico en el valle de Aburrá: la cancha de fútbol, los muchachos, la moto, el sicario, las ilusiones perdidas y la desbandada general. En “Única oportunidad”, Felipe, el asesinado del cuento anterior, aparece ahora en el ritual funerario de la dispersión de sus cenizas en el campo de fútbol donde fuera asesinado. Y en “De bienvenida” vuelven los clichés de la violencia: el regreso a casa del desaparecido a quien consideraban muerto, el sigilo solicitado para el regreso por precaución o real temor, la infidencia en medio de la borrachera, la bienvenida aparatosa, la llegada de los hijos del asesinado por el recién aparecido y la inesperada venganza.
Este libro de emociones agridulces no olvida el humor, cáustico a veces, con visos de narcisismo. En “Detrás de mí”, Narrador Omnisciente revela al narrador del cuento que ya conoce el final de la historia en que es el protagonista. Ironía, parodia, sarcasmo, humor, esperpento. Ridiculiza personajes y situaciones de la vida real contemporánea. La ironía se dirige contra poetas y periodistas; involucra escritores y personajes de la literatura, la cultura y la política colombianas pasadas y actuales; y parodia hasta el absurdo las presentaciones de escritores y políticos en actos públicos. Este leitmotiv del escritor y de la escritura se seguirá presentando en otros cuentos de Betancourt como una obsesión que se ratifica en su cuento “Beber para contarla”.
“Detrás de mí” es un cuento que llega al esperpento. Muestra la total desinhibición de Betancourt a la hora de parodiar, satirizar o elegir temas absurdos o comunes. A la vez, revela su total libertad como creador y su deleite como instigador a una mirada diferente del mundo que nos rodea, por medio de la carcajada y el éxtasis del mero gozo ante la ridiculez que ocultan las solemnidades cotidianas de nuestra acartonada cultura y de nuestra miserable vida política. Incluso, desenmascara la falta de imaginación y de creatividad de otros textos literarios y no literarios, sugeridos, parodiados o explícitamente ridiculizados en sus obras, así como los autores de los mismos. Igualmente, quedan en evidencian el público asistente, los lectores, los actos culturales, los que programan los actos, sus financiadores y quienes los presentan… Mejor dicho, toda la institución literaria e intelectual acaba transformada en una “pachanga”, una farsa, el carnaval de la idiotez disfrazada de solemnidad. A veces parece un desahogo, pero también una vergüenza que nos endilga. Para muestra, la preparación y presentación que hace del poeta Nichsel, el conferencista que llega ante el auditorio:
El maestro, en el camerino, lee mentalmente el discurso sobre la poesía, que nos deleitará. Se toma un guaro. Un, dos, tres, probando, un, dos, tres, reprobando, repite el animador mientras le da golpecitos al micrófono. Con ustedes, con ustedes… tantantantan, señoras y señores, niños y niñas, negros, indígenas indignados, saltapatrases, desplazados, adoptados, héroes, ene enes, hachepés, mártires, expresidentes, ganadores de concursos arreglados, esclavos, extraditables, extraterrestres, escritores frustrados, arrogantes, verbosos, corrompidos, académicos arrastrados, reprobados, fracasados, acabados, intelectuales actuales pasados de moda, sancocheros, diosecillos, maestras de kínder, ratones de biblioteca, vacas sagradas, hijos de perra…, con ustedes… el maestro, el maestro Nichsel... (2014, pp. 61-62).
Estas parodias se prolongan en el cuento “De visita”, con el desaparecido poeta nadaísta Darío Lemus paralítico y su necesidad de ver a Boris, su hijo, en el que la ironía situacional llega al extremo, y el engaño al poeta conduce a la ridiculez y el desatino por parte del narrador-personaje, cínico agresor del poeta, para ser, quizá, consecuente con la actitud que en la realidad histórica de la literatura colombiana adoptaron los nadaístas ante la moral y la ideología del momento, signada por la religión, la apariencia y la hipocresía, con el predomino de la censura que los caracterizó. Pero este cuento osa desenmascarar, precisamente, esa actitud de denuncia que los nadaístas asumieron en su tiempo, parodiando con irreverencia la vida de uno de sus poetas representativos.
Betancourt mantiene el mismo tono en los diez cuentos de Una codorniz para la quinceañera (2014), en los cuales profundiza el humor y la ironía, ahora en la oposición ingenuidad/maldad, hasta llegar al sarcasmo, el esperpento y la procacidad. El Diccionario de términos literarios (2004) de Demetrio Estébanez dice que esperpento se aplica a la “persona o cosa notable por su fealdad, desaliño o mala traza; desatino, absurdo” (p. 365). Explica que Valle-Inclán adopta esta definición “para designar una categoría estética, una forma teatral y una visión de la vida humana y de la historia, representada desde una óptica sistemáticamente deformadora de la realidad” (Ídem). Y sobre el sarcasmo (del gr. mofa, escarnio), dice que “no es más que una ironía llevada a un grado de dureza, crueldad o cinismo amargos” (p. 574), para ofender a las personas o las instituciones. Estos recursos también se presentan en varios cuentos de Betancourt.
A estos guiños se agregan la caricatura, la carcajada, la burla y hasta el bricolaje. En algunos cuentos, Betancourt toma obras de otros autores para darles nuevas interpretaciones, como actitud consciente de destrucción-construcción. Como ejemplo, presento el cuento “El secreto ahora es de los tres” —mencionado arriba, pero hay varios más en sus otros libros— de Buenos muchachos, en el que se nota la similitud con el cuento “Macario” de Juan Rulfo: las dos mujeres son empleadas domésticas; la imaginación de los niños está en la cocina donde ellas hacen sus oficios; hay otra mujer: la madrina en el cuento de Rulfo y la tía Marus en el de Betancourt; se presentan animales: ranas, sapos, insectos, chiva y puerca en “Macario”, y el mico Orejas y el loro en el cuento de Betancourt; las mujeres traspasan líquidos a los muchachos: leche de Felipa para Macario, flujo vaginal en el otro; ellas van a la cama de los muchachos, les hacen cosquillas, les espantan el diablo o el Coco, con la diferencia de que Macario sufre de problemas mentales y el niño del cuento de Betancourt “sufre” de ingenuidad.
Esta recreación de otras historias literarias es una decisión consciente en el autor. En su obra es evidente el acervo de lecturas que hay tras este ejercicio cotidiano de la escritura. Los textos leídos quedan en la conciencia como residuos imposibles de erradicar; y de esta manera, no hay una lectura ni una escritura inocentes. Así que Betancourt no tergiversa, sino que descompone y recompone una nueva realidad, porque la base o la esencia de la condición humana poco ha variado con el paso de los siglos. O porque, como dice Barthes en El grado cero de la escritura:
Sin duda puedo hoy elegirme tal o cual escritura, y con ese gesto afirmar mi libertad, pretender un frescor o una tradición; pero no puedo ya desarrollarla en una duración sin volverme poco a poco prisionero de las palabras del otro e incluso de mis propias palabras. Una obstinada remanencia, que llega de todas las escrituras precedentes y del pasado mismo de mi propia escritura, cubre la voz presente de mis palabras. (Barthes, 1981, p. 25)
Betancourt ni reprime ni trata de ocultar esta evidencia en su obra. Abiertamente deja que su escritura revele las huellas que van quedando en su mente de escritor-lector. Pero es claro que no repite, sino que reinterpreta y recrea, siempre en forma paródica, como tantos escritores lo han hecho desde los inicios de la literatura oral y luego escrita. Demetrio Estébanez lo ilustra con Cervantes en el Quijote, Aristófanes en Las ranas, Lope de Vega en La gatomaquia, entre otros, al definir la parodia como “imitación irónica o burlesca de personajes (deformación caricaturesca de un rasgo físico o moral), de conductas sociales (farsa satírica y desmitificadora) o de textos literarios preexistentes con el objetivo de conseguir un efecto cómico” (2004, p. 808).
Joaquín Peón Iñiguez la explica más ampliamente en su artículo “La parodia literaria” (2012):
La parodia literaria, la mímesis picaresca, la apropiación sin propiedad, es un mecanismo crítico que pretende transformar valores y significados. (…) En ella podemos rastrear componentes del relato, la crítica literaria y el ensayo. Para lograrlo el autor debe deconstruir el texto según sus componentes estilísticos, hipertextuales, ideológicos, formales, narratológicos y etcéteras.

Siguiendo con los cuentos de Una codorniz para la quinceañera, en varios de ellos hay características anacrónicas, como en el cuento que da título al libro. Es el tiempo del petulante y la amante aliados para burlarse del ingenuo y crédulo que aparece a la fiesta con el regalo más incongruente para la ocasión. O el de “Pablo” con la ingenuidad, esta vez de los padres, frente al aguinaldo de Navidad a un niño más entendido que ellos. Igualmente en “Olvidado”, en el que una lora es motivo de la “lora” u “oso” que dan los fisgones y chismosos vecinos, cuya imaginación rebela su morbosa percepción de la realidad del otro.
Así mismo, podría hablarse de la sátira autobiográfica, en la que el narcisismo del autor se vuelve casi una obsesión por el reconocimiento del lector hacia su obra en lo mínimo que este puede hacer: leer su libro y reconocerlo, pero no, como ocurre en el cuento “De reojo”, uno de los mejores del libro, en el que el lector produce una gran frustración al narrador-escritor del mismo.
El anacronismo, así como la parodia, la sátira y el desparpajo también desenmascaran y ridiculizan los fanatismos que no cesan de reproducirse aun en pleno siglo XXI, como sucede en “El fin  del mundo”, en el que los meses, las fechas, los nombres de los personajes y los mensajes y rituales se ven desmentidos por la realidad, a pesar de que el escéptico personaje-narrador ya se estaba dejando influir por el pánico colectivo.
A lo anterior, Betancourt mezcla violencia, crueldad y enfermedad en cuentos como “Carne”, con una obsesión que llega a momentos desproporcionados para el lector, quien  espera todo, menos lo que sucede, porque el autor no tiene controles para sus gustos y fantasías “incorrectas”, ideológica y socialmente hablando. Y así también sucede en “Escena final”, la cual deja un sabor acre, pues cuando la realidad se vuelve cine o este, realidad, las normas y el buen gusto se chocan contra la ética otra, la del contrario, en una especie de parodia de directores de cine que utilizan actores y espacios de la vida cotidiana inmediata con el ánimo de dar patetismo y credibilidad a sus películas.
Dichas sátiras no dejan de tocar la sensibilidad del lector colombiano, y de Medellín más concretamente, cuando las escenas narradas revelan los defectos, las carencias, las falencias y la mala conciencia que caracterizan a tantos habitantes, quienes mantienen sensores y alarmas listas para cualquier pequeña afrenta o amenaza, así esta provenga del mejor amigo, la amante o el novio, lo que se ve en “Lo voy a quevrar cavrón”; o dispositivos para identificar a las víctimas o para hacer de la desgracia humana un espectáculo o un motivo de ganancia personal, en lo que se revela el alma de tantos “despistados” de las calles de las ciudades de países subdesarrollados, como lo muestran “Tenis gigantes” o “Puñalada”, cuento que revela la ironía de la vida que se quiere salvar, de nuevo en las calles de una ciudad abandonada de autoridad y de protección al transeúnte.
Es decir, la obsesión, la reiteración y el exceso predominan en estos cuentos, y el lector puede acabar furioso con tanto desatino, pero inseguro de su “lectura” de la realidad cotidiana. Y si ha leído estas historias en otros textos —cine, literatura, prensa, historia, fotografía—, seguramente el lector-espectador-actor verá nuevos enfoques, inesperados, en los que la vacilación entre la carcajada, la sorpresa, la duda y la convicción de que algo está pasando y no se ha dado cuenta, lo llevarán a otra mirada sobre la cotidianidad.

Ataques de Risa (2015) tiene un propósito que logra, y que está sugerido en la ambigüedad del título, la cual se va descubriendo en los cuentos. A veces parece que Risa le produjera risa al autor. Es difícil creerse un personaje tan singular, autónomo, extraño, avanzado y esencialmente subversivo, en una sociedad tan religiosa, provinciana y familiar, como la del personaje. Y tan ingenua. Pero es necesario tomar en serio a Risa. Es decir, ella es un personaje creado por las palabras, por el ingenio y por la imaginación de varios narradores, en especial la misma Risa. Aunque Risa no produzca tanta risa, así sean graciosas sus salidas, sus ingeniosidades y, a veces, ingenuidades, sí es una propuesta interesante en medio de tanta literatura seria y solemne, como la colombiana.
Porque el título da para las dos cosas: una, Risa produce “ataques de risa”, como se dice en nuestro medio cuando algo produce tanta risa que se llega a la hilaridad por sus salidas e ingeniosidades, su humor e ironía, sus sarcasmo y su manipulación; y otra, Risa ataca valores, principios, normas, códigos, costumbres y estereotipos. De esta manera, su novio o exnovio Lucas, su pretendiente Mateo, su sicólogo-pretendiente Juan Correa, el sinvergüenza de su tío Javier, el avaro abuelo Heriberto, la abuela y la madre, son como marionetas que Risa maneja a su antojo; o a las que les descubre sus manipulaciones, así a veces se rinda ante la aparente sinceridad de algunos de ellos. Se trata de una saga en la que Risa como personaje principal y narradora en doce de los dieciséis cuentos del libro, toma clara posición crítica ante la realidad familiar, el barrio en que vive, el colegio donde está acabando bachillerato, la cultura, la moral, el amor, el sexo, la religión y las costumbres, entre otros asuntos. En este aspecto, el libro es iterativo en mostrar esta manera de ver el mundo.
Todo esto hace que los cuentos de Ataques de Risa interesen y produzcan ciertas satisfacciones. La literatura colombiana también se ha obsesionado por la tragedia y la agresividad de su historia reciente, con buenas dosis de sociología, espionaje y criminalidad, a veces empalagosa. También busca ser culta y hasta cae en la pedantería. Pero aún es tímida para presentar erotismo, transgresión, ironía, esperpento, farsa y sátira. Aún más, el lenguaje de la gente sigue encontrando dificultades para entrar en la literatura con toda la gana. Tal vez por no leer —o no querer hacerlo o ya definitivamente desconocerlo, pues ¿qué se enseña ahora de literatura colombiana en colegios y universidades?— la obra del antioqueño Tomás Carrasquilla, no nos hemos dado cuenta de que el lenguaje popular con todas sus implicaciones y riesgos, y con toda su idiosincrasia, ya aparece en la obra de este escritor desde 1890 con su cuento “Simón el mago” y en 1896 con la novela Frutos de mi tierra, y demás libros de su creación. Porque al leer el Quijote y escuchar las retahílas de Sancho Panza y los cultismos y fantasmagorías de don Quijote, uno se queda maravillado de la manera como la lengua española se asentó en nuestras tierras y se arraigó en campesinos, amos, barberos, curas, maestros, sirvientes, arrieros, herreros, pobres, beatas, muchachos, narradores y todos los personajes de las sagas de Carrasquilla y de otros escritores como Eduardo Caballero Calderón, Eugenio Díaz Castro y Fernando González, entre otros.
Igualmente, muchos poetas siguieron también la tradición española, prolongando y transformando el humor y la presencia de la literatura española, que nos remite a La Celestina, La lozana andaluza, El lazarillo de Tormes y todo el Siglo de Oro, Quevedo, Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, que llevaron a la poesía el acento, el tono, las voces y la fina ironía o sutil sarcasmo como se disfruta en los colombianos Luis Carlos López, Rafael Pombo, José Asunción Silva, Luis Vidales, León de Greiff y Helí Ramírez, por mencionar algunos que me llegan en este momento a propósito de la obra de David Betancourt.
Así, pues, el lenguaje popular con la cultura que este encierra y la idiosincrasia de quienes lo hablan tienen un elaborado y digno puesto en la novela y el cuento, hace más de un siglo en nuestra literatura. Y parte fundamental y mayoritaria del pueblo que lo habla está constituida por niños y jóvenes, quienes se expresan en la lengua aprendida de abuelos y padres, y de quienes frecuentan en la calle, la escuela, el barrio, la tienda, el metro, el bus, el parque, el juego, el amor. El modo de pensar de los jóvenes se filtra por los cedazos de la lingüística, la moral, el buen decir, lo correcto, lo permitido, lo inocuo, lo bello, lo sublime, lo estándar, lo oficial. Y esto es lo que veo palpitar en la obra de David Betancourt: una nueva manera de presentar el mundo juvenil sin las ternuras oficiales de los adultos y cultos frente a los incultos e inmaduros. Tampoco esa rigidez de quienes ven en los jóvenes un nido de maldad, mal-decir, delincuencia y drogadicción, entre otros muchos estigmas que a los jóvenes se les imputan desde el discurso oficial, moralista y adulto.
El erotismo es el otro gran campo de significación que se manifiesta en Ataques de Risa.[7] Pero, ante todo, este libro es una provocación a la literatura. Hasta los títulos de muchos cuentos, si no todos, parodian, desafían, burlan, enmascaran o desnaturalizan: “Nocaut” —que parodia “Besacalles” de Andrés Caicedo—, “Este cuento se acabó”, “El grito de independencia”, “Tetas de Risa”, “Haciéndose el amor”, “Que conste en el acta”, “El extraño caso de Evita-Perón”, “El Tino, es portento”. Hay que estar conectado con la cotidianidad, la farándula, la literatura y la historia reciente del vecindario, para degustar con más sabor los cuentos de este libro. No solo el título, también las dedicatorias, los epígrafes y, por supuesto, los cuentos, son la celebración de la risa, del ridículo, de la impostura. Y la irreverencia es general: nadie se salva de caer en ridículo, así como nadie se salva de que le descubran su ridiculez por mucho que la quiera ocultar. Lo mejor de este libro es que no es necesario fingir, ni siquiera es necesario ocultar. Lo normal es no ser normal, ser ridículo y además patético, desgastado, repetitivo, predecible.
Por eso, en el libro se encuentran lesbianas alborotadas, exhibicionistas, temerarias y dipsómanas, en el típico escándalo de discoteca y calle, pero a Risa no le atraen las mujeres, en principio. La escritora —de nuevo el leitmotiv de Betancourt— que busca ganar concursos para poder estar al lado de su amante en Guadalajara, con un cuento que resulta ser el anticuento  por carecer de palabras, salvo su título, que se atreve a incluir en el libro con dedicatoria y todo lo demás, para configurar así la crítica mordaz al arte y la literatura, los concursos, la academia y la escritura, igualmente.
No se sabe si la academia ha defraudado a Betancourt. Unos compañeros de él escribieron un libro de desencanto de la academia y de crítica a la carrera que hicieron en la misma universidad y en el mismo programa del que egresó David Betancourt. Hay un desgaste del discurso intelectual y un desencanto de los estudiantes frente a los anquilosamientos educativos. Cada uno por su lado. Me refiero al libro Academia de Solitaría y Tristeza de Gabriel Jaime Lopera Maya y Rubelio Alberto López Cardona. Curiosamente, los tres fueron estudiantes de algunos de mis cursos. Y para mi desventura y deshonor, allí debo estar retratado, como una de las marionetas que manejan los hilos del titiritero. Lo “sutil, ingrávido y gentil” es ese mundo que crean, en el que el humor, el desencanto, la desfachatez, la crítica, la sátira, el tedio, la malagana y la risa, se unen para, al menos, dejar una constancia clara: aquí les damos lo que nos negaron, aquí les dejamos su pudor en manos de los nigromantes de las palabras en una noche de brujas, en la que no dejan de ser inquietantes los disfraces y las comparsas entre ridículas, diabólicas, perversas e inocuas. La risa, esto es, el humor y la desenvoltura del cuerpo, de las prácticas cotidianas, de la escritura, de las palabras; de los rituales de la literatura desde su enseñanza hasta la crítica, desde la academia hasta la gravedad, a veces farsas, de concursos, premiaciones, publicaciones y consagraciones en los religiosamente llamados cánones de la literatura, dígase colombiana, latinoamericana o universal.
En este contexto se inscribe el cuento “Grito de independencia” con lo recurrente de la emancipación de Risa de las ataduras familiares, pues cree que con su carrera de letras podrá vivir independientemente de su familia, lo que al fin logrará al revés de toda suposición, pero con la convicción que muchos jóvenes de nuestra época han adquirido, pues sus conceptos de independencia, libertad, emancipación, autonomía y similares, dan sus nuevas acepciones con las prácticas excluyentes que Risa ha sabido elegir. No solo la academia sale mal librada, sino también las aspiraciones familiares, el estereotipo del graduado como ser útil para la sociedad y que luego sacará adelante a su familia.
En fin, los estereotipos de la familia pequeñoburguesa citadina se entrecruzan en la vida y escritura de esta muchacha indolente, inteligente, recursiva y terca. En el cuento “Entre todos”, la estudiante desaplicada pierde el año escolar, con el esfuerzo solidario de toda la familia empecinada en que lo ganara. En “Tetas de Risa”, le llevan los caprichos a la adolescente que quiere mejorar sus tetas; pero inconforme con las nuevas, quiere volver al estado original, con la entrega incondicional de quien para nada se beneficiará de ellas. En “Decide cambiar de nombre”, es la búsqueda de la identidad y de la originalidad, y los traumas y reacciones diversas que esto provocan; allí el humor, la ironía y la desfachatez vuelven a su lugar la normalidad de la vida. Las celebraciones de grado con la mezquindad y las ridiculeces que los acompañan se manifiestan en “Por simple sport”. En fin, en otros hay autoerotismo; o la estudiante pone en jaque la institución con sus pasquines y denuncias; o aparece el desencanto de los mayores agarrados en su mezquindad y en sus trampas…
La parodia gana la partida. Este recurso es tan deliberado en Betancourt, que varios de sus títulos de libros y cuentos remiten a otros ya conocidos, o son idénticos a ellos. Así ocurre en “Beber para contarla”, cuento que ganó el premio de La Cueva en 2016 (Barranquilla, Colombia). Este título es idéntico al de la traducción en español de la antología Great irish drinkings stories (2003) del escritor irlandés Peter Haining (1940-2007); traducción que a la vez parodia el título del libro de Gabriel García Márquez Vivir para contarla (2002). Es decir, Betancourt parodia la traducción del libro de Hainning, el cual a la vez parodia el título del libro del Nobel. Y en Bebestiario, su próximo libro, los títulos de los cuentos son parodias: “Beber para contarla”, “La rebelión de las rascas”, “La toma de La Bastilla”, “Toco tu vodka”, “Confieso que he bebido”, “Bebestiario”, “El mundo ha bebido equivocado”, “Confusiones de una rasca rara”, “El don de la beba” y “Anís era una fiesta”.
Al leer “Beber para contarla”, la parodia, la sátira, el esperpento, el cinismo y la burla se acentúan en una especie de autoflagelación, pues el escritor es el personaje y el tema de este cuento. Casi en una catarsis, se develan los motivos de la escritura, que igualmente son los lugares comunes de la escritura como oficio, supervivencia, vanidad, rivalidad, competencia, fraude, farsa, comercio. Hay mucho de teatralidad, de representación, de mimesis. Y uno de los lugares comunes, justificados por el narrador y por el personaje del cuento, es el alcoholismo de famosos escritores en él nombrados. Más que el motivo del alcoholismo —también tema, atmósfera, causa y consecuencia de los sucesos, y revelación de la conciencia de todos los personajes—, el cuento manifiesta abiertamente una crítica mordaz a los clisés-cotidianidad del escritor en nuestro medio, de su oficio: cómo, cuándo y dónde escribe; propósitos de su escritura; relaciones con otros escritores y el medio cultural; premios, becas, fama, costumbres; la crítica literaria; los concursos, la prensa, los talleres literarios, los programas académicos de creación literaria, los tutores, las exigencias. Es decir, todo lo que prepara y forma a un escritor, y lo que este espera y encuentra una vez se decide a mostrar su primer escrito. Son las contradicciones permanentes: academia/creación, colectividad/individualidad, compromiso/libertad.
Aunque el alcohol rodea toda la historia, e impregna la escritura, la amistad, el trabajo, las aspiraciones y las costumbres de los personajes de este cuento, es decir, su vida, la escritura literaria es la que está en juego. Y en ella, la metáfora del alcohol como lubricante, vehículo, objetivo y pasión. Tal vez se sacarían conclusiones que digan que la literatura es como un estimulante similar al alcohol. El carácter efímero del líquido, su combustibilidad, sus efectos eufórico-disfóricos, las lacras sociales endilgadas, la censura, el estado a que lleva a sus adictos, las circunstancias sociales que lo acompañan y las posibles consecuencias funestas, parecen asimilarse a lo que es escribir literatura. O viceversa, no se sabe ciertamente. El deliro alcohólico es como el delirio literario. Escribir es como beber. Vivir para beber. Beber permite contar, permite vivir. Se cuenta para beber, y se sigue bebiendo para seguir contando.
Por supuesto que el resultado de la locura en ese apartamento de artesanos y botafuegos de Guadalajara, es una parodia de lo que, quizás, han sido las obras literarias, muchas de ellas; mas no solo obras literarias, porque igualmente se podría aplicar a pintores, escultores, científicos, filósofos, presidentes, médicos. De ahí que los nombres de estos alcohólicos sean tan sintomáticos de irreverencia y de simbolismo: Ovidio, Horacio y Virgilio; y el otro, el aspirante a graduarse como escritor, se llama Baguito —no hay que hacer mayores esfuerzos para leer “vaguito”, tierna manera de llamar al vago de este cuento; o, mejor, evocar a Gabito por Gabriel García Márquez, el autor de Vivir para contarla—. Basta saber en qué mundo se mueven y qué le espera a Baguito apenas llegue a vivir con ellos para cumplir con las obligaciones de su beca:
El Ovidio, el Horacio y yo teníamos alquilado un apartamento en el centro, cerca de la Universidad de Guadalajara. Como en Medellín, los tres nos dedicamos a lo que mejor hacíamos: beber. Todos los días de a dos o tres botellitas. De alcohol, claro, de alcohol puro. No daba para más. Pero también vendíamos pulseras, artesanías y lanzábamos fuego por la boca en los semáforos. Era tanto el trago que nos metíamos que no nos hacía casi falta la gasolina. Nos poníamos el encendedor en la boca y tirábamos fuego como dragones. Con lo que nos levantábamos pagábamos los servicios y el arriendo y las botellas.
Así como se ha dudado de la autenticidad de autores y de obras clásicas de la literatura universal; y como algunos han tratado de imitar o suplantar a otros en la literatura y en las artes, en general, así mismo este cuento deja, a las claras, verdaderas dudas y sátira evidente sobre la idea de la autenticidad, la originalidad y la pureza de la creación literaria; sobre la sana conciencia del creador; y sobre los demás mitos que han rodeado la creación literaria, los concursos, las ediciones y demás elementos propios de la institución llamada Literatura.
No obstante —parece sugerir este cuento y toda la narrativa de Betancourt—, hay que seguir insistiendo, escribiendo, viviendo, riendo, gozando y escudriñando la vida ajena y la propia, la de los fantasmas y la de los personajes, la de los otros cuentos y autores, para que la escritura no sea un oficio aburridor y solemne, y el lenguaje se explaye a su gusto en todo rincón de la existencia.
En conclusión, haber leído todos los cuentos de este escritor colombiano me ha dejado una saludable y refrescante sensación. La originalidad y libertad que manifiestan los narradores ante sus historias y los personajes ante sus mundos, permiten la certeza de que hay nuevos talentos como David Betancourt, que no le temen al reto de la verdad en la literatura. Verdad de la literatura que es también de la vida cotidiana en el tráfago de nuestras tareas y de nuestras desdichas, de la cotidianidad abrumadora, o de días apacibles en un verano sereno o en el contaminado aire urbano. Que el humor y el atrevimiento con la palabra hayan explotado en la naturalidad de estos cuentos, es ya una posibilidad abierta para que sigan entrando en la literatura nuevas voces, nuevos mundos, nuevos personajes con un lenguaje tan cercano e irreverente a la vez, tendencioso y socarrón. Una palabra provocadora que crea la incertidumbre entre el asombro y la carcajada, entre la verdad odiosa y la comedia hilarante, es lo que descubro en estas historias. He leído cuentos en los que el lenguaje es escabroso y crea la duda sobre el porvenir; pero así como escalofriante es hilarante, cuidadoso y, a la vez, desparpajado. Porque para los lectores pueden ser inquietantes la risa, la ironía, el sarcasmo, la parodia y la sátira; pero también, significativos. Porque así diviertan, advierten; así disuenen, consuenan con la realidad; así resuenen, aplacan pasiones y fantasmagorías que vivimos creando sobre nuestro mundo y nuestra sociedad. Es aquí, en la farsa de la literatura donde nos damos cuenta de la farsa de nuestra realidad, porque tantas verdades a medias convertidas en la verdad absoluta solo nos han conducido a la duda, al escepticismo y a la desconfianza. Y es ahí donde la literatura y el arte en general pueden dar sentido a la existencia, así sea en el sinsentido de su realidad artística.



Óscar Castro García ( Foto de John Jairo Sierra)

Medellín, 1950. Licenciado en Filosofía y Letras (Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín) y maestro en Letras (Literatura Iberoamericana) de la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue profesor de literatura en la Universidad de Antioquia durante treinta y dos años, y ahora se dedica a leer y escribir. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Sola en esta nube (1984), Necrónicas y Oración (1999), No hay llamas, todo arde (1999) y Sola en esta nube y otros cuentos (2016), la novela ¡Ah mar amargo! (1997) y varios libros académicos. En cuento ha ganado premios en Colombia y México.

1.2.17

Paco Roca y su casa



Mario Cárdenas

Paco Roca (Valencia, 1969) es uno de los historietistas de referencia para hablar del cómic español de los últimos años. Saltó a la fama por libros como Arrugas y El invierno del dibujante, así como por la serie de historietas autobiográficas Memorias de un hombre en pijama. Arrugas ganó el Premio Nacional de Cómic en España 2008.

En La casa, su último trabajo, emplea recursos formales que había utilizado en obras previas: el uso de diferentes gamas cromáticas para distinguir estaciones, estados de ánimo, de tiempo y periodos temporales, probados también en -El invierno del dibujante- y -Los surcos del azar- y ahora fundamentales para las anacronías, los recuerdos, los restos de memoria que hay en La casa. A través de estas y otras herramientas gráficas sofisticadas, Roca cuenta una “historia sencilla” como una fascinante historia de memoria personal, en la que cada elemento que habita La casa es una costura narrativa, una casa como personaje, como rompecabezas histórico.

El formato de libro, cercano al utilizado por Chris Ware en Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo, y el Sr Esperanza de Tommi Musturi, afecta, con intención la lectura, brindando sensaciones de amplitud, de álbum familiar que,  nos presenta a la casa como espacio fotográfico. Un formato horizontal donde el uso de diagramas e inforgrafías familiares encajan con maestría en cada página en la retícula horizontal utilizada por Roca. Las viñetas no solo enmarcan la secuencia de la historia, sino que funcionan con partes de la casa misma, como  los ladrillos y las piezas que fueron utilizadas en  la construcción de la casa misma.



Paralelo a la publicación de –Aquí– de Richard Mcguire esa extensión de lo que antes fue –Here– para la Revista Raw, en el cual también una casa, un cuarto, es el espacio  narrativo, Paco Roca cuenta una historia personal, la hace pública,  y la enlaza con el sueño  colectivo español de una casa familiar de campo.


Roca con La casa además de agregar una pieza excepcional a su obra confirma de nuevo la capacidad del autor español: un historietista con un mundo ya diseñado por su estilo, por la emotividad de su obra y la constatación de que Roca es un creador que trasciende más allá del mundo de la viñeta.


31.1.17

Cinco columnistas colombianos, una selección personal (I)


Édison Marulanda Peña *


Hubo un tiempo en el que infinidad de hombres compraban boletos para soñar que en sus brazos se estremecían beldades como Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Sofía Loren y, más cercanas a mi generación, Nastassja Kinski o Mónica Bellucci. Realmente uno se queda corto al decir “para soñar”, porque algunos apelaban a la manogamia para menguar la ansiedad. En este campo prevalecía la doxa (opinión, a la que fustiga Platón) sobre la episteme (conocimiento fundado), que presume de poseer la crítica especializada.

También hubo un tiempo en este país de la desmesura, en que la doxa definía a los lectores que compraban un diario o revista para solazarse con la escritura de un columnista por su particular enfoque de los temas; la diatriba infaltable cuando la línea política a seguir la dictaba la prensa más que el directorio del partido; la denuncia documentada que se convertía en detonante del nuevo escándalo, o la premeditada frivolidad de los cultivadores de notas ligeras que daban en el blanco de la risa compartida y la rabieta del aludido, que no la represalia de una demanda penal como se estila hoy, cuando el político solo desea las prebendas del poder pero quiere evadir el control del periodismo libre que actúa en nombre de la sociedad democrática.  

La prensa de Colombia ha albergado plumas de toda calaña. Aceptando la invitación del editor de Corónica para elaborar una selección personal de cinco columnistas, hay que acotar los criterios tenidos en cuenta.

Uno es el impacto y la recepción del columnista, lo que requiere que fuese un medio de alcance nacional. Otro, es la permanencia en el ejercicio de opinador (por esta razón, por ejemplo, se descarta a Fernando Garavito y su columna El señor de las moscas en El espectador, pues solo se editó tres años y unos meses por las razones conocidas del exilio y la posterior censura). El estilo y bagaje cultural no puede quedar por fuera de estas consideraciones; y por último, la independencia para abordar cada tema, lo que no exige ausencia de pasión en su punto de vista que propone al lector.

En la preselección de once había nombres como: Emilia Pardo Umaña, la primera colombiana que en el siglo XX ingresó a trabajar en una sala de redacción; Luis Tejada, que quiso convertir en arte literario sus Gotas de tinta, una síntesis de crónica, poesía y  notas ligeras; Antonio Caballero [¿será cierto que lleva 30 años escribiendo la misma columna, como afirma Rigoberto Gil? Es verdad que sus columnas solo se han ocupado de tres temas: el poder político, las drogas alucinógenas y los toros, por cierto, ¿su defensa de la tauromaquia lo convierte en un reaccionario?]; Guillermo Cano, el inmolado director de El espectador, un utopista que trató de moralizar a una sociedad desmoralizada por su clase política venal y la peste del narcotráfico; María Jimena Duzán, discípula bizarra de Cano y “contrapoder” del régimen populista del caudillo de derecha Uribe Vélez; Gonzalo Arango, vivió una curiosa conversión de poeta iconoclasta pionero de una vanguardia, el Nadaísmo, a místico cristiano y mimado de una élite del establecimiento, redactaba la columna “Última página” en Cromos con una prosa poética.

No obstante la calidad de todos los nombrados al final me decido por cinco opinadores, advirtiendo que el orden de inclusión no corresponde a un ranking. 

–Alberto Lleras Camargo (Bogotá 1906-1990). Para entender y valorar el periodismo del siglo XX no solo de Colombia sino de la región, es imprescindible la obra de Alberto Lleras Camargo. Ubicado en la generación de Los Nuevos, se distinguió por ser un intelectual que pensaba, escribía y actuaba inspirado por los valores de la razón y la libertad, cuya vigencia solo es posible en una sociedad democrática. Y Lleras comprendió que la modernidad estaba por construirse en un país donde prevalecían el fanatismo religioso, la intolerancia política y el poder se entendía como dominación y no como herramienta para edificar la paz, la justicia y la igualdad de derechos. Su vena de escritor público la mostró en El Tiempo, El Espectador, La Nación de Buenos Aires, fundador de medios como El Liberal, El Independiente, la revista Semana (1946).
Un hecho que confirma el talante del periodista demócrata que fue laureado por la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, por su columna en la revista Visión de México es cuando dejó de escribir en ella, a mediados de los años 70, porque se enteró que el sátrapa de Nicaragua Anastasio Somoza había adquirido un paquete de acciones. Lleras Camargo renunció de manera irrevocable a su columna y al puesto que tenía en el consejo de redacción.
Exponente de una tradición que concebía el ejercicio del periodismo y la política como dos caras de una moneda, en su prosa están los rastros del avezado lector que dialoga  con los clásicos, la literatura contemporánea, la historia, el derecho, la filosofía. La ironía en la escritura del columnista tiene el propósito de blindarla del riesgo de marchitarse tan pronto como la noticia. Ahora un fragmento para recordar cómo escribía a los 27 años.

No trabajemos demasiado  (El Tiempo, enero 6 de 1933):

En todas partes del país, salvo los naturales obstáculos de la situación internacional, se está abriendo campo al trabajo. Se nos anuncia que las gentes comienzan a trabajar con denuedo, con esperanza, deshipotecadas y alegres. El año liquidado fue un año vacío, en que nadie trabajó, esperando las leyes que regularan el trabajo. […]
Confesamos que no podemos prescindir de un movimiento de inquietud recelosa. Hace poco leíamos unos párrafos de un “Elogio de la Ociosidad”, de Bertrand Russell, publicado en Harpers Magazine de New York. Russell participa de la opinión ya extendida en el mundo, pero sin expresión pública, de que el trabajo es el mal esencial de esta época. En efecto, echando una mirada sobre los millones de desocupados, involuntarios todos, es imposible castigarlos por su ociosidad.  ¿A qué se debe? ¿A su pereza? No. A que hay quienes trabajan demasiado. Russell, que nació en una generación que creía que la ociosidad era la madre de todos los vicios, se arrepiente, reniega, y se instala con un concepto revolucionario. La ociosidad es más bien una madre de orden, de tranquilidad, de economía ajustada. Pero es difícil hacer que el hombre no trabaje. Reducir a la ociosidad a un ciudadano es arduo. ¿Qué otra cosa son las cárceles, sino métodos para impedir que los hombres trabajen? [...]

–Lucas Caballero Calderón, Klim (Boyacá 1913- Bogotá 1981).  Un comentario editorial de El Tiempo del 16 de julio de 1981, al día siguiente de su muerte, resume el quid de su éxito: “su pluma incisiva, aunque llena de gracia, sabía descubrir en el ser humano esos defectos que duelen íntimamente, soportados solo por aquellos que con igual humor enfrentaban el dardo que su pluma lanzaba cotidianamente”.

Su talento sin igual fue capaz de crear un léxico propio para referirse a lo íntimo y, ante todo, para ejercer la sátira contra la clase política. Entre los nombres en clave mordaz se pueden evocar: el “bonitico” (el pene), el “cuaderno” (el trasero); Harmano Gulito (Julio César Turbay Ayala), el Compañero Primo (Alfonso López Michelsen, casado con una prima del periodista, Cecilia Caballero), Herr General Kamacho Leiva –Ministro de Defensa responsable de la aplicación del tristemente célebre Estatuto de Seguridad, en una época en que la tortura, las detenciones arbitrarias y una desaparición forzada no se le negaba a nadie–; Carlos Alberto (Lleras Restrepo); Bruno Bernardo (Bernardo Gaitán Mahecha, profesor de Derecho de la Universidad Javeriana, exalcalde de Bogotá y exministro de Justicia de López M.); Álvaro Álvaro (Álvaro Gómez Hurtado); Tamarindo Ardilla (Carlos Ardila Lülle); Stay Free (el exministro turbayista Jorge Mario Eastman. Este pereirano para saciar su ira por la “injuria”, retó a un duelo con arma de fuego al periodista Klim por ponerle un apodo de toalla higiénica. Aunque era hijo de un militar, Klim solo sabía disparar los dardos de la ironía, no obstante se las ingenió para sobrevivir las tres veces en que fue retado a duelo en diferentes épocas, la primera por el general conservador Abel Casabianca, que había combatido en la Guerra de los Mil Días); Pinina Santofimio (Alberto Santofimio Botero)…   

El episodio más conocido es el que lo convirtió en víctima de la auto-censura del periódico donde escribía hacía varios lustros. Transcurría el penúltimo año del “Mandato claro” de López Michelsen y Klim arreció su enfrentamiento con el gobernante. Hasta el punto que dizque consideró la opción de renunciar. Hubo una reunión en palacio a la que asistieron Hernando Santos C., subdirector de El Tiempo, Lleras Camargo como expresidente, el ministro de Gobierno y el Presidente de la República; veladamente se insinuó que Klim sería el responsable de esta crisis política por sus ataques persistentes, como la denuncia de señalar un interés particular en la construcción de una carretera que incrementaba el valor comercial de una hacienda en los llanos propiedad de Juan Manuel López, hijo del mandatario, deterioraba más la credibilidad del gobierno ya en declive, etc. Entonces sucedió que en marzo de 1977, el subdirector no publicó una columna en donde Klim insistía con sarcasmo en el tema. Caballero Calderón renunció inmediatamente por considerar que se trataba de una acción contra la libertad de expresión, y fue contratado para seguir escribiendo en El Espectador.

CONTINUARÁ…

*Profesor transitorio del Departamento de Humanidades de la UTP, periodista y escritor de biografía.