19.8.16

SUR, poema de John Better






"Siento al sur como tu cuerpo en la intimidad" Pino Solanas.

Sur es la jurisdicción del pensamiento
donde retozas o das contra una piedra.

Sur ostenta largos patios y corredores 
que la perseverancia de la memoria
precisa en agosto,
cuando los perros y los grillos
se auscultan en sus últimas cópulas.

Sur parece tu cuerpo doblado
en esquinas de casas
alargadas tras la penumbra.

A orillas de ti está Sur
espiando desde la sombra
tejiendo legañas en el amanecer.

Todo Sur, todo Sur es continuo,
las llagas empiezan a reventar
y el alma aguarda.

3.8.16

Coda de silencio

Publicamos, con autorización de la Editorial Sílaba, unos poemas del libro Coda de silencio, de Luis Germán Sierra.






Ceremonia

Mi padre,
con su orgullosa barbera de carey,
se afeita mientras toma un café.
Cuando abre la boca
para templar la piel
empaña el espejo
justo donde cada mañana
repito la misma ceremonia

**

Atisbo

El frío levanta
–curiosos–
los pezones de las muchachas.

**

Como a un animal

Como a un animal
les abrimos la boca a las palabras.

Las obligamos a decir
lo que habían callado como piedras.

Y hablaron resentidas del amor,
del largo hastío que prepara el tiempo.

**

Poema frío

En la felicidad
no cabe el poema,
él es harina de otro costal.

Se sirve frío,
lejos del entusiasmo
de la sangre.

Ni el abrazo ardoroso
ni el espléndido viaje

dictan un buen poema.

**

27.6.16

Once días de noviembre





Juan Guillermo Caicedo

Once días de noviembre, la novela de Oscar Godoy Barbosa, tiene como telón de fondo dos eventos que marcaron la historia de Colombia: la toma del Palacio de Justicia –por parte de la guerrilla del M19– y la tragedia de Armero, que acaeció por la erupción del volcán nevado del Ruiz. No obstante los múltiples textos periodísticos e investigativos que han recreado los hechos, entre crónicas, documentales y reportajes, esta narración alcanza su independencia de los imaginarios que se tienen acerca de esas historias: lo logra gracias a su fuerza poética en las alusiones del momento del país; a las elusiones del poder imperante y a las voces fatuas que desde el anonimato describen su hado (re)torcido.

Los sonidos que atraviesan la obra invitan a ese juego de la sinestesia en el que mientras leemos escuchamos, por ejemplo, el centro de la capital con todos sus ruidos que lo transforman en una caja de resonancias y de notas con algarabía; a éstos se le agregan los estrépitos de la guerra: disparos, cañonazos, vidrios rotos, el crujir de las calles al sentir el peso de los tanques que no respetan los semáforos, súplicas de magistrados rogando por sus vidas, gritos y voces que vienen del otro lado del humo  acompañados por el sonido del fuego que consume todo lo tangible e intangible de nuestra historia jurídica; recuerdos que retumban en aquellas mentes prisioneras del azar y que en cada instante vuelven al presente al abrir la boca y evitar explotar por dentro debido a las ondas expansivas de los rockets.

De igual forma, la naturaleza cuece en sus entrañas los argumentos de autoridad que  envía a los hombres para que de cuando en vez su arrogancia divina sea vapuleada “la naturaleza es eso: una fuerza que se desata para disponer a su antojo de nosotros, y luego regresa a su impasible rutina de milenios”. La obra describe la erupción del volcán y la ulterior avalancha con lo que serían los sonidos de la banda sonora del apocalipsis: la lluvia que hace más oscura la noche, edificios de hielo derretidos ­–junto al material que regurgitó la montaña, más el que usurpa a su paso– se encaminan a Armero guiados por el Río Lagunilla.

La familia Devia es el hilo conductor de los acontecimientos. Pero no solo de la toma del Palacio y la tragedia de Armero. Sino de la historia de desarraigo de la violencia en los campos colombianos, de padres arrebatados a sus hijos por una bala o una amante, de redes de prostitución masculina y amores por conveniencia, de vuelos producidos por el hash que alteran la sintaxis de las palabras, de geografías insulares griegas, de tácticas de un gigoló, de gente que se busca y no se encuentra, de yuxtaposición de hechos en aquel noviembre que solo produjeron caos y que buenas dosis de deportes y entretenimiento desembocaron en el leimotiv de Colombia: “no ha pasado nada”.


Esta novela trepidante de voces que se superponen, se complementan, se anulan y se confunden, es un eslabón que ayuda a entender a esa Colombia paradójica, tantas veces imposible, caótica y contradictoria. En la que de tanto luchar y buscar alternativas de solución, la respuesta llega como una epifanía desde la novela:

“ –¿Qué pasó?

  –Sólo nos queda la ironía, Guillermo, ­– dice Eduardo, con desaliento.”

25.6.16

Carlos Castillo Quintero, el hombre detrás de su pluma








Foto y texto: Jesús Daniel Ovallos


El escritor, que acaba de presentar su más reciente obra en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, formará por segundo año consecutivo a los miembros del proyecto de Escuela Juvenil de Escritores, en Ocaña, Norte de Santander.


Carlos Castillo Quintero nació en Miraflores, Boyacá, en 1966. A la fecha ha publicado una extensa obra que abarca narrativa y poesía, muy fructífera en cuanto a premios y reconocimientos. Sus libros están llenos de píldoras de cultura pop, con ambientes kafkianos y personajes que parecen predestinados a la fatalidad, inmersos en la melancolía y la autorreflexión. Gente rara en el balcón, su última novela publicada, transporta al lector a lugares cotidianos que han sido transformados en ambientes lúgubres por su maestría lírica y enriquecidos por  referencias musicales y cinematográficas.

Vida temprana y desgracias afortunadas


Su infancia estuvo enmarcada en un contexto poético. Vivía con sus padres en una antigua casona de arquitectura colonial, sin luz eléctrica, de cinco niveles, desde cuyas ventanas se podía apreciar el Cementerio local. El padre de Carlos había tomado en arriendo esa casa en la que había habitaciones clausuradas (no incluidas en el contrato) que le daban un aura de misterio. El dueño de la vivienda falleció y ellos vivieron allí por más de quince años, hasta que apareció un heredero. En el pueblo se decía que esa casona estaba “embrujada”, hasta el punto de que ninguno de sus amigos quería visitarlo por los rumores de que allá las puertas se abrían solas, los niños aparecían con marcas negras en sus brazos, las escaleras chirriaban sin motivo alguno, se veían luces raras a medianoche... Para Carlos todo eso era normal, pensaba incluso que aquellas situaciones extrañas eran propias de cualquier hogar. Que el mundo era así. Este ambiente se abonaba cada noche con las historias de terror que su madre les narraba: El toro de Miralindo, El guando, La ciudad sumergida en la Laguna del Morro..., alumbrando las palabras con una vela. Todo aquello generó en el niño que después sería escritor una habituación a lo fantástico, elemento vital en sus obras.

Para comprender la vocación de escritor de Castillo Quintero, es necesario remontarse a su infancia. Hijo de un bicicletero de la antigua Provincia del Lengupá, pasó su niñez rodeado de bicicletas, viendo a su padre y a su hermano mayor competir en carreras locales. Era cuestión de tiempo para que se sintiera animado a recorrer los caminos en un caballito de acero. Disciplinado, se levantaba a las 4:00 de la mañana para entrenar tres horas diarias en un circuito improvisado en las calles de su pueblo natal. Puede decirse que su afición al ciclismo, y la fatalidad, fueron determinantes en su carrera como escritor. En un entrenamiento, sufrió un grave accidente por el cual terminó con una piedra incrustada en su rodilla; esa herida causó que se derramara el líquido sinovial durante casi una hora. Esta lesión, a los trece años, le impidió mover su pierna izquierda durante ocho meses, tiempo en el que no pudo ir al colegio, ni mucho menos practicar deportes. Su escapatoria a la inactividad fue la lectura, hasta el punto de agotar la literatura disponible en su natal Miraflores. No le bastaron los libros que había en su casa, sino que tomó prestados los de las casas de sus amigos, los de la Biblioteca María Morales, y los demás que pudo conseguir, sin distinguir entre cuentos de hadas, novelas de Eduardo Caballero Calderón, La metamorfosis de Kafka, novelas de Agatha Christie, cuentos de Tintín, la colección completa del Tesoro de la Juventud, etc. Cuando le sanó la rodilla Carlos ya se había convertido en un muchacho retraído, tímido, que vivía en un mundo de ficción.

Movido por su afán intelectual, tomó la decisión de abandonar su pueblo natal para buscar una mejor educación en la ciudad de Tunja. Se puede decir que la ayuda que recibió de sus padres en esa nueva empresa se limitó a una recomendación de su papá a un paisano para que le diera un trabajo. Así se convirtió en uno de los cobradores del peaje en la Terminal de Transportes de Tunja. El otro era Luis Ernesto Araque, con quien aún hoy son amigos, y quien por entonces tenía una novia a la que le escribía poemas. Carlos, en una temprana vocación de corrector de estilo, se encargaba de revisar y mejorar esos textos. A partir de ese ejercicio, que durante algunos meses se convirtió en rutina diaria, se demostró a sí mismo que era capaz de hacer poesía de calidad. Puede decirse que es allí, a los diecisiete años, cuando Carlos Castillo Quintero inicia su fructífera carrera literaria, llena de reconocimientos tanto en la poesía como en la prosa.


La madurez literaria

Durante su etapa universitaria, influenciado por los movimientos estudiantiles de tendencia izquierdista de la época, intentó hacer poesía con temática social. En ese entonces conoció a Víctor López Rache, un reconocido poeta del entorno universitario quien vivía en las residencias estudiantiles de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Carlos le enseñó algunos de sus escritos a lo que Víctor respondió prestándole un ejemplar de “Poeta en Nueva York” libro de Federico García Lorca: “Si usted quiere hacer poesía con sentido social, léase primero esto y luego hablamos de su trabajo” le dijo. Esta obra de Lorca representa un cambio definitivo en la carrera de Carlos, siendo Federico García Lorca una de sus grandes influencias en esta primera etapa. A partir de “Poeta en Nueva York”, comienza a hacer una poesía auténtica, alejada de pretensiones sociales o políticas,  centrada en la calidad literaria.

En su periplo como escritor, ha sido ganador de diversos galardones, entre los que se destacan: Premio de Novela del Consejo Editorial de Autores Boyacenses CEAB (2015), Premio Bienal de Novela Corta de la Universidad Javeriana (2012) y, en dos ocasiones (2011 y 2012), el Premio Nacional de Cuento del Ministerio de Cultura, dirigido a los directores de la Red de escritura creativa “Relata”; en el campo de la poesía ha recibido reconocimientos como el Premio Libro de Poemas del CEAB (2007) y el Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla (2002).