29.11.16

Buenos Aires en cinco poemas





Pablo Di Marco


     Tantas veces me han pedido mi opinión sobre temas de los que no tengo la menor idea, tantas veces me han pedido que escriba artículos sobre cuestiones inverosímiles…  Hoy podré darle un respiro a mi inutilidad. ¿Por qué? Porque los amigos de Revista Corónica quieren saber cuáles son mis cinco poemas favoritos que giren en torno a Buenos Aires. No se me ocurre trabajo más sencillo y grato. Podría nombrar cincuenta. Buenos Aires transpira literatura. En cada esquina, farol y empedrado se esconde la huella de algún poema, cuento o novela. No nombraré a los mejores, nombraré a los más queridos, a esos que viajan siempre conmigo, esos que recito y tarareo sin siquiera pensarlo.
 

“Setenta balcones y ninguna flor” de Baldomero Fernández Moreno

     Este poema eclipsó al resto de la obra de Baldomero Fernández. ¿Cuál es su secreto? Intuyo que una irresistible alquimia de encanto, inocencia y sencillez. A lo que debemos sumarle el eterno debate en torno a qué edificio es destinatario del poema (¿el que ocupa toda la esquina de Corrientes y Pueyrredón, tal vez?). Como fuere, tras su publicación jamás hubo balcón de Buenos Aires al que se le perdone el pecado de la desnudez.

Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá un clave...
¡Setenta balcones y ninguna flor!


Jorge Luis Borges, “Fundación mítica de Buenos Aires”

     Borges, Borges, Borges… ¿Podemos obviar a Borges? No, no podemos; y tampoco queremos. Los versos y cuentos de Borges no dejaron esquina de Buenos Aires sin atravesar, al punto que aun quienes jamás se interesaron por su obra reconocen aquellos versos que dicen que “… a mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

¿Y fue por este río de sueñera y de barro 
que las proas vinieron a fundarme la patria? 
Irían a los tumbos los barquitos pintados 
entre los camalotes de la corriente zaina. 

Pensando bien la cosa, supondremos que el río 
era azulejo entonces como oriundo del cielo 
con su estrellita roja para marcar el sitio 
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron. 

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron 
por un mar que tenía cinco lunas de anchura 
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos 
y de piedras imanes que enloquecen la brújula. 

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa, 
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo, 
pero son embelecos fraguados en la Boca. 
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo. 

Una manzana entera pero en mitá del campo 
presenciada de auroras y lluvias y sudestadas. 
La manzana pareja que persiste en mi barrio: 
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga. 

Un almacén rosado como revés de naipe 
brilló y en la trastienda conversaron un truco; 
el almacén rosado floreció en un compadre, 
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro. 

El primer organito salvaba el horizonte 
con su achacoso porte, su habanera y su gringo. 
El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen, 
algún piano mandaba tangos de Saborido. 

Una cigarrería sahumó como una rosa 
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres, 
los hombres compartieron un pasado ilusorio. 
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente. 

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: 
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

“Sur” de Homero Manzi

     Son muchos los grandes poetas que han escrito letras de tango. El mayor de ellos tal vez sea Homero Manzi, y su obra cumbre es “Sur”, un recorrido melancólico por una Buenos Aires que ya no existe. Una ciudad de ferrocarriles, almacenes, herrerías y zanjones que Manzi describe como escenario de una historia de amor veinteañero que no termina de revelarse.
     Un último agregado que marca la grandeza de este tango: alguna vez Ernesto Sábato confesó que entregaría toda su obra a cambio de poder ser el autor de “Sur”.

San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo,
Pompeya y, más allá, la inundación,
tu melena de novia en el recuerdo,
y tu nombre flotando en el adiós...
La esquina del herrero barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón
y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón.

Sur... paredón y después...
Sur... una luz de almacén...
Ya nunca me veras como me vieras,
recostado en la vidriera
y esperándote,
ya nunca alumbraré con las estrellas
nuestra marcha sin querellas
por las noches de Pompeya.
Las calles y las lunas suburbanas
y mi amor en tu ventana
todo ha muerto, ya lo sé.

San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido,
Pompeya y, al llegar al terraplén,
tus veinte años temblando de cariño
bajo el beso que entonces te robé.
Nostalgia de las cosas que han pasado,
arena que la vida se llevó,
pesadumbre del barrio que ha cambiado
y amargura del sueño que murió.

Sur... paredón y después...
Sur... una luz de almacén...

     Los invito a redondear la lectura de semejantes versos escuchando el tango. Cierren los ojos y trasládense a un cabaret de los tantos que engalanaban las noches de la Buenos Aires de 1948. Con letra de Homero Manzi, música de Pichuco Troilo y voz de Edmundo Rivero… “Sur”.

“El café de San Telmo” de Fermina Ponce

     La historia de amor que une a los artistas extranjeros con Buenos Aires pareciera ser eterna como el agua y el aire. Es como si nuestra ciudad adorase vestirse con sus mejores luces a la hora de seducir a todo poeta que la visite. Había pensado en los versos de “Con la frente marchita” de Joaquín Sabina pero a último momento opté por el homenaje que la colombiana Fermina Ponce le dedicó al barrio de San Telmo y a su mítico Bar Dorrego, esa esquina de pisos ajedrezados que Borges y Sábato escogieron para sus recordados diálogos.   

En la Plaza Coronel Manuel Dorrego,
el domingo en plena feria,
en una taza gruesa y blanca,
me bebí las mejores palabras, saboreé los más dulces silencios,
y aún tengo impregnado el aroma
del profundo Río de la Plata.

Cinco abanicos giraban en el techo,
pisos de ajedrez rallado imperfecto,
luces amarillas cansadas iluminaban todos y cada recuerdo,
de las voces y líneas
de Gardel, Sábato y Borges.

Las botellas de coñac, vino y ginebra
se estremecían sobre estantes del tiempo,
mientras esa voz profunda y porteña me sonaba
a tango,
a milonga…

Era una historia llena de secretos,
de hombres con sombrero,
traje y tacón,
en su espacio clandestino,
acompañados por los quejidos
de un bandoneón.

Las mesas de madera desgastada,
nombres,
juramentos
y adioses
sostenían dignamente las copas y tazas;
con secretos, confesiones de amores
e historias
impresos en ese salón.

Las sillas musicales por los años
bailaban a destiempo con achaques,
y aunque no entendía su ritmo,
las adoraba por su aroma y color.

¡Cómo no extrañar ese café en San Telmo!,
si aún me sabe a historia con gritos de jóvenes;
a poesía escrita a pulso y a besos;
por los que bailaron solos,
cantaron acompañados con todo lo que tenían
y se fueron sin avisar.


“Balada para un loco” de Horacio Ferrer

     Si hablamos de poesía y Buenos Aires no puedo evitar tararear melodías de decenas de tangos. Y entre tantos tangos que enaltecen a la Reina del Plata hay muy pocos que me enamoren tanto como los versos de “Balada para un loco” de Horacio Ferrer. Versos a los que la música de Astor Piazzola y la voz de Roberto Goyeneche elevaron a himno informal (e inmortal) de una Buenos Aires de locos, gorriones y lunas que ruedan por cualquier esquina. Versos que, cuando estoy en el extranjero, me recuerdan que a pesar de mucho andar yo no soy otra cosa más que porteño, que yo no pertenezco a otro lugar que no sean las calles de Buenos Aires que tienen ese… qué se yo, ¿viste?

Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? 
Salgo de casa por Arenales, lo de siempre en la calle y en mí, 
cuando de repente, detrás de ese árbol, se aparece él, 
mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte 
en el viaje a Venus. Medio melón en la cabeza, 
las rayas de la camisa pintadas en la piel, 
dos medias suelas clavadas en los pies, 
y una banderita de taxi libre en cada mano...  
Parece que sólo yo lo veo, porque él pasa entre la gente 
y los maniquíes me guiñan, los semáforos me dan tres luces celestes 
y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares, 
y así, medio bailando, medio volando, 
se saca el melón, me saluda, me regala una banderita 
y me dice adiós. 

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao, 
no ves que va la luna rodando por Callao 
y un coro de astronautas y niños con un vals 
me baila alrededor... 
Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao, 
yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión; 
y a vos te vi tan triste; vení, volá, sentí, 
el loco berretín que tengo para vos. 
Loco, loco, loco, cuando anochezca en tu porteña soledad, 
por la ribera de tu sábana vendré, con un poema 
y un trombón, a desvelar tu corazón. 
Loco, loco, loco, como un acróbata demente saltaré, 
sobre el abismo de tu escote hasta sentir 
que enloquecí tu corazón de libertad, ya vas a ver. 

Y así el loco me convida a andar 
en su ilusión súper-sport, 
y vamos a correr por las cornisas 
con una golondrina por motor. 
De Vieytes nos aplauden: Viva, viva... 
los locos que inventaron el amor; 
y un ángel y un soldado y una niña 
nos dan un valsecito bailador. 
Nos sale a saludar la gente linda 
y el loco, pero tuyo, qué sé yo, loco mío, 
provoca campanarios con su risa 
y al fin, me mira y canta a media voz: 

Quereme así, piantao, piantao, piantao... 
trepate a esta ternura de loco que hay en mí, 
ponete esta peluca de alondra y volá, volá conmigo ya: 
vení, quereme así piantao, piantao, piantao, 
abrite los amores que vamos a intentar 
la trágica locura total de revivir, 
vení, volá, vení, tra...lala...lara...

     Y para quien quiera terminar la lectura de este listado caprichoso escuchando la canción, acá dejo el enlace, para así,  medio bailando y medio volando, volverse piantao, piantao.


28.11.16

Cinco Canciones





Camilo Velasquez 

What goes on, The velvet underground

Si me pidieran que elija cinco canciones (así nomás, como si uno pudiera elegir cinco canciones sin arriesgar la dignidad o algo peor) la primera sería What goes on, de The Velvet Underground. No estoy muy seguro de que la descripción sea una buena manera de acercarse a una canción; pero puesto en estas tendría que decir What goes on no empieza sino que irrumpe  como si el encargado se hubiera demorado un segundo en hundir el botón rojo de la consola. Sin que haya exactamente un crescendo se van sumando instrumentos y la cadencia repetitiva de esos pocos acordes alcanza la consistencia idónea para suspender cualquier tipo de incredulidad. La verdad es que uno cede o cede. No se necesita saber de música para oírla y llegar al final sintiendo que las cosas están para resolverse de la manera más sencilla. Grabada a finales de 1968, esta canción aprovecha cada recurso para no sonar a 1968 sino a algo distinto, algo que acabó por adelantarse a la llegada del punk, del indie o del post-rock.

 https://www.youtube.com/watch?v=L2VjZGd8sDQ

 Old West, Brad Mehldau

A Brad Mehldau lo conocí por una versión que oí hace unos diez años de Paranoid Android. Me gustó porque Mehldau ponía buena parte de su propia cuota en esa canción. Siendo un acercamiento desde el Jazz, el propósito no era suavizar ni edulcorar canciones famosas como se oía por esos días en los restaurantes con algunas aberraciones hechas desde el violín o el bossa nova. De ahí le seguí la pista y en el 2010 me encontré con Higway Rider, un álbum que une el jazz con la música  de cámara. Y allí estaba Old West, brillando con sus frases de saxo sobre una base rítmica que demuestra muy bien por qué el piano es también un instrumento percutivo. Hacia la mitad de la canción el piano se adentra en una secuencia disonante; pero es tan contundente el ritmo, tan atrapadora la cadencia, que esa disonancia se vuelve algo de raigambre, algo telúrico indiferente a su centro tonal. Lo mejor vino después, cuando oí un álbum en vivo en el que Mehldau tocaba, un año antes de grabar Old West, una versión en piano de Things behind the sun.  Por ahí era: ese ritmo, esos acordes en esa cadencia que puede con todo, Mehldau lo tomó prestado de esa hermosa canción de Nick Drake.

https://www.youtube.com/watch?v=5E4wJMzniI8 

Arcade no christmas, Eiko Ishibashi


Más que anunciar, las campanas del comienzo parecen despedir a la conciencia. Entonces, sin que uno lo espere, el piano se abre entre los vientos como un brote y la voz entra como un derrumbe desde otra realidad, una más acuosa, cercana al entresueño y a una inmersión en cámara lenta como provocada por una anestesia. Con cada frase (ininteligible o en japonés) la suavidad escala en pliegues y, en una especie de turbidez hecha de transparencias e imágenes superpuestas, cae despacio sobre algo brumoso. Difícil no volver a algunas ensoñaciones de Bernardo Soares en El Libro Del Desasosiego; o a esa canción enajenada que es Jugband blues, la última que Syd Barrett grabaría con Pink Floyd.
Arcade no Christmas es la última pieza de Drifting Devil, un álbum grabado en 2008, poco antes de que Eiko Ishibashi empezara esa provechosa relación que ha tenido con Jim Orourke, que entre otras cosas ayudo a que muchos de nosotros lo conociéramos de este lado del mundo.

https://soundcloud.com/camilo-velasquez-15/arcade-no-christmas

Most of the time

Most of the time es un buen punto de partida para entender el Nobel de Bob Dylan. En 1989, tras lanzar algunos álbumes poco convincentes, Dylan entró al estudio con Daniel Lanois y grabó Oh Mercy!. La crítica aplaudió la calidad homogénea del álbum y vio en el conjunto un resurgimiento de esa intensidad que deslumbraba veinte años atrás.
Desde los primeros segundos llama la atención el sonido cuidado de una distorsión que se alarga para darle entrada a los instrumentos, envueltos en un halo reverberante que es fácil asociar con Brian Eno o con My Bloody Valentine; pero no con Bob Dylan. Y esto es importante porque cualquiera que le haya seguido la pista a Dylan sabe que en él la música es un vehículo, un soporte que sirve para cantar y hacer que la canción avance y no algo en lo que se corra el riesgo de demorarse en detrimento de la letra. Al menos ese fue mi caso. Llegué a Most of the time y la oí por meses pensando que era una canción acerca de una relación ya cerrada. No fue hasta después, cuando pude distanciarme un poco de la producción envolvente de Lanois, que noté algo más. La canción avanza y oímos esa voz carrasposa diciendo ser lo suficientemente fuerte para afrontar todas las durezas y todos los reveses; pero la pesadumbre está en cada entonación, porque decir Most of the time es muy distinto a decir All of the Time. Y es esta excepción, esta falta o este levantarse con el pie izquierdo, lo que hace que Dylan busque los acordes y haga una canción cumpliendo con esos versos de Leonard Cohen que últimamente están por todas partes: There is a crack in everything, thats how the lights gets in.

https://www.youtube.com/watch?v=oq7EM8jjNUs

Fratres, Arvo Pärt

Para cuando Arvo Pärt concibió el tintinabuli, método de composición decantado después de años de estudio y de silencio, las canciones empezaron a aparecer una tras otra como si hubiera dado con una llave. Escribe en su diario: El tintinabuli es un área en la que a veces divago cuando estoy buscando respuestas en mi vida, mi trabajo, mi música. En mis horas sombrías, tengo la certeza de que afuera de esta sola cosa nada tiene significado. Creo que cuando oímos Fratres podemos entender a qué se refiere Pärt. Podemos sentir el inmenso silencio que pende detrás y que  hizo posible la obra. Difícil imaginarse otra parte donde la calma, el dolor y el recogimiento se entrelacen así.

Fratres traduce hermanos. Y hace alusión a la manera como se entrelazan las voces, en donde según Pärt, una de ellas representa el mundo subjetivo, la cotidianidad egoísta de pecado y el sufrimiento; la otra, la voz del tintinabuli, alude al reino objetivo de la clemencia.

https://www.youtube.com/watch?v=7vdgZAJVnes


27.11.16

Recital poético en Bogotá.




El miércoles 30 de noviembre de 2016, de 07:00 a 09:00. P.M en La Aldea Nicho Cultural, Barrio Las Aguas, Bogotá, Calle 17 # 2-77, tendrá lugar el evento El poeta tiene la palabra: tras las huellas del YO. Primer encuentro de poesía autobiográfica.

Contará con la presencia de un grupo reconocido de poetas.

El evento estará acompañado por la magnífica presentación de la banda Citadino Blues.

No se lo pueden perder.La Aldea está que Arde.


Invitan Seshat Ediciones www.seshat.co y La Aldea Nicho Cultural www.aldeanichocultural.org

22.11.16

Cinco del país del sueño


Gustavo Arango


Ahora que los Estados Unidos pueden estar empezando a ser cosa del pasado, agradezco esta oportuna invitación de Corónica a mencionar mis cinco novelas estadounidenses favoritas.



Las aventuras de Tom Sawyer




Primero la primera. La recuerdo perfectamente porque fue la primera novela que leí por decisión propia. Por allá, a comienzos de los setenta, mi padre llegaba a casa cada viernes con un nuevo libro de la Biblioteca Básica Salvat. Nunca me dijo que leyera. Ponía en el “multimueble” de la sala el nuevo libro y esperaba con paciencia a que yo mordiera el anzuelo. Tardé poco en caer. Me llamó la atención el libro de Mark Twain, tal vez porque tenía la palabra “aventuras” en el título. Me atrapó desde la primera página. Admiré la astucia del protagonista para que sus amigos hicieran su tarea de pintar la cerca. Fue un privilegio entrar al mundo de la literatura de la mano de un autor fresco e ingenioso. Fue una suerte que los protagonistas tuviera casi mi edad, porque sentía que sus aventuras eran mías. Guardo como propia la aventura de la balsa en el río. Siempre me pareció sobrenatural esa escena en que los chicos ven a la gente del pueblo lamentarse porque los creen muertos. Becky Tatcher fue el primer amor literario de mi vida. 

Moby Dick



Nunca he dejado de leerla. Para Albert Camus, fue la primera novela de la literatura del absurdo. El capitán Achab, con su obsesión por la ballena que le arrancó una pierna, parece un enamorado al que le rompieron el corazón. Es un libro monstruoso como el leviatán que palpita en su centro. Después de consumirse escribiéndola, de la incomprensión de los lectores y del fracaso comercial, Herman Melville perdió la razón. Su novela siguiente, Pierre o las ambigüedades no la ha entendido nadie. Después de haber sido el autor de exitoso de libros de viajes en lugares exóticos, Melville se fue hundiendo en el anonimato y se convirtió en un oscuro funcionario de aduanas. Cuando murió pocos lo recordaban. Moby Dick tuvo que esperar otros cincuenta años para que la redescubrieran. Ahora todos cabemos entre el pecho y la espalda de Ishmael (sin olvidar que Starbucks es una celebridad). Se necesitaba la mentalidad fracturada del siglo XX para entender el cambio constante de tono y de registro que tiene la novela, sus reflexiones sobre el agua o las ballenas, su meditación sobre los horrores del color blanco. Podría decirse, también, que es una reflexión de cerca de mil páginas sobre el poder salvador de los ataúdes de madera.

El guardián entre el centeno



La traducción al español es de Aurora Bernárdez. Tarea imposible y absurda. The Catcher in the Rye tiene la mala fama de consolar e inspirar desadaptados, entre los que se cuentan no pocos asesinos. Uno creería que su publicación en 1951 marcaba el fin de la literatura lineal y realista, pero el cuentecito convencional se las ha seguido arreglando para ser el más popular. La historia de Holden Caulfield captura la rabia, la sensibilidad, el frenesí verbal de un ser que no funciona en una sociedad disfuncional. Hay mucho de luz en su oscuridad. Es el confuso alarido de donde emanan las otras historias de Salinger y el largo silencio con que se alejó de la fama y los mundillos literarios. El dolor de Holden Caulfield se explica y encuentra sentido en las búsquedas místicas de Franny y Zooey. Nuevos matices del personaje aún nos esperan en las novelas póstumas que dejó J. D. Salinger.

Agapē Agape



William Gaddis intentó, y quizá logró, ser el James Joyce de la literatura estadounidense. The Recognitions fue su novela total y tardó más de veinte años en ser reconocida como una de las obras maestras del siglo veinte. Gaddis no dejó de intentar dejar huella. Con paso lento, publicó mamotreto tras mamotreto: J R (1975), Carpenter's Gothic (1985), A Frolic of His Own (1994). Pero quizá su mejor libro sea el más breve de todos. Gaddis terminó  de escribir Agapē Agape semanas antes de morir, en 1998. La novela sólo fue publicada cuatro años después y explora con prosa depurada la obsesión de su autor por la música y los muñecos autómatas. La obra previa de Gaddis parece tan sólo un preámbulo, una ardua preparación para escribir Agapē Agape: un solo párrafo de 96 páginas de prosa leve y fluida que se eleva hasta la altura de la mejor poesía.

The Last Novel




La última fue también la última de su autor. Heredero de Gaddis y de Malcolm Lowry, David Markson tardó en encontrar una voz y un estilo que aún esperan su reconocimiento y valoración. El principio fue de tanteos y forcejeos: una parodia humorística de los relatos de vaqueros, una versión ligera de Bajo el volcán, algunas novelas de detectives que le dieron para vivir. Pero fue con Wittgestein’s Mistress (con su record de 54 rechazos) que Markson encontró su verdadera voz. Desde entonces se dedicó a publicar novelas que difícilmente pueden llamarse novelas, hechas de parrafitos breves, de anécdotas y trivialidades sobre la vida y las miserias de artistas incomprendidos. En The Last Novel (La última novela, 2007) trenza entre las anécdotas inconexas la historia de un viejo escritor que repite como una letanía las palabras: ‘Viejo. Cansado. Enfermo. Solo. Arruinado”. Ese viejo escritor considera la idea de subir a la azotea de su edificio y arrojarse al vacío; pero le faltan resolución y fuerzas. Aquí también abundan las anécdotas sobre artistas incomprendidos: se agudiza la obsesión con las circunstancias, las fechas y lugares de sus muertes. Fue la última novela de Markson y él lo sabía. Allí su puntillismo literario se encuentra depurado. El 4 de junio de 2010 los vecinos alertaron a la policía por el mal olor que salía de su apartamento en el bajo Manhattan. Nadie sabe la fecha exacta en que murió, ni sus últimas palabras.

21.11.16

Cinco novelas eróticas




Marco Tulio Aguilera G





La novela de Violeta, que leí hace muchos años, es la historia bastante inquietante, de la relación entre un hombre mayor una jovencita. Es enervante de principio a fin, a diferencia de Lolita, de Nabokov, que tiene largas parrafadas moralistas. Esta novela se ha atribuido a Alejandro Dumas y a Teófilo Gautier.


Inmaculada o los placeres de la inocencia, de García Ponce, se inicia con una frase memorable: "Quiero que me cojan todo el día y toda la noche". Pretende ser abiertamente pornográfica y lo logra.


Lolita, de Nabokov, no es enervante sino de gran profundidad psicológica y hace pensar en Dostoievski (aunque Nabokov abominaba de este autor).


La crucifixión rosada, de Henry Miller, obra en tres volúmenes (Sexus, Plexus y Nexus) es descaradamente autobiográfica y de un cinismo que resulta simpático (cuenta la vida de un vividor que explotaba a las mujeres y a sus amigos para poder vivir sin trabajar en otra cosa que no fuera escribir).



Y Doctor Amóribus, que escribí yo, la seleccioné porque no se me ocurrió otra. Me parece una novelita divertida. Trata de un hombre que hace el papel de redentor de mujeres: se acuesta con todas para tratar de solucionar sus represiones y en un intento inconsciente de encontrar el amor.