17.1.17

Una guerrita de nada





Mario Cárdenas


Pocas veces la guerra de Vietnam ha sido contada desde el “otro lado”. La guerra de Vietnam es un infierno con una sola cara y muchos decorados. Tal vez sea esa una de las virtudes de “Una guerrita de nada: Saigón 1961-63”, con guion, dibujos y color del historietista filipino/francés Marcelino Truong (1957). 


Truong a través de los ojos de un niño –el hijo de un diplomático de Vietnam del sur– nos cuenta los inicios de la guerra.  El periodo que abarca el libro (1961-1963) fue decisivo para el futuro del conflicto ya que la inestabilidad política en el sur y sus derrotas militares impulsaron a los Estados Unidos a implicarse en la guerra. Ahí la historia se funde página a página entre vivencias de la familia Truong y algunos acontecimientos históricos como el bombardeo al palacio de la independencia de Vietnam del sur o el acto de sacrificio que hizo Thích Quảng Đức (quemarse hasta morir en una calle muy transitada de Saigón el 11 de junio de 1963) contra las persecuciones que sufrían los budistas por parte del gobierno de Ngô Đình Diệm.

Las reflexiones del autor desde el presente ayudan a dotar de contexto a los acontecimientos narrados en el cómic. Emplea una línea de dibujo que podríamos ubicar entre la expresiones del manga y las formas de la bande dessiné. Con este decorado Truong narra una historia en la que los episodios bélicos no son los protagonistas, no hay grandes batallas. “Una guerrita de nada” es un libro sobre una guerra, en una guerra, pero desde el interior de una familia.

La narración gráfica del cómic muestra la versatilidad del autor que ha trabajado durante muchos años como ilustrador en periódicos (Libération, Le Monde) y ha elaborado numerosos libros, sobre todo para los lectores jóvenes. Las composiciones de página combinan grandes viñetas –incluso con abundantes dobles páginas con viñetas pequeñas e irregulares e incluso páginas que parecen más de libro ilustrado que de cómic. La historia funciona como un álbum de fotografías familiar en la que cada año y recuerdo se unen para dar forma a la historia personal, la autobiografía de una familia que derrumba mientras asiste de cerca al inicio de la guerra. El uso del color es otro aspecto fundamental de la obra. Truong combina con maestría el bitono anaranjado –colores cálidos que nos trasladan al tórrido clima vietnamita, con viñetas a todo color y con bitono azulado –para hablar de los grandes  acontecimientos históricos.

“Una guerrita de nada” son los fragmentos de una guerra desde los ojos vietnamitas: los recuerdos personales que Marcelino Truong entrelaza con parte de la gran historia que marcó a Vietnam del Sur en la década de 1960. Un cómic cuidado página a página, escrito desde la óptica de “los vencidos” en la cual vemos que Vietnam no solo era un despacho de guerra.




Una guerrita de nada. Saigón 1961-1963, de Marcelino Truong
(Spaceman Books)

15.1.17

CINCO PERSONAJES HOMOERÓTICOS DE LA NOVELA COLOMBIANA





Jáiber Ladino Guapacha*


Desde hace rato sigo con atención a la narrativa colombiana para pensar, cuando en ella aparece un homosexual, qué se dice de él, cómo se le construye. Esto con el fin de superar etiquetas como “literatura/autor gay”. Creo que la literatura que tiene como necesidad una marca así o similar, está buscando un lector político que se afilie, que milite y vote. Y si bien, un lector de literatura tiene mucho de aquel, creo que una de sus principales características es que no quiere ser adoctrinado.
Otra cosa son los estudios, en los que sí se necesita de un “apellido” para facilitar a los investigadores la recolección de nuevas pistas. Así que aquí les presento, de este álbum íntimo que termina siendo la experiencia lectora, cinco personajes con los que con el tiempo, el paisaje y el lenguaje he entablado una conversación deliciosa, profunda, inquietante, fraterna.

Mauro
(El divino, Gustavo Álvarez Gardeazábal, 1986)
Si bien la novelística de Gardeazábal cuenta con muchísimos personajes homosexuales que cuestionan sin piedad cualquier institución (pienso en los sacerdotes de La misa ha terminado), lo cierto es que en el momento de escoger uno de ellos, mi predilección recae sobre Mauro, el protagonista de esta obra. El ambiente de ese pueblo de provincia que se prepara para sus fiestas patronales, las Borja y el cómo traman la vida de los pobladores, el recibimiento que se prepara al Divino, son quizá los ganchos más notables que atrapan al lector y que lo mantienen agarrado al libro. Aparte de ese tinte local, el lector va comprendiendo algo más de esa cruda realidad que es la del canje de valores sociales por el poder efímero y adictivo que otorga el dinero. Así, esta novela que no pierde el tono festivo revela una radiografía de la forma en que los colombianos hemos ido acostumbrándonos a la corrupción. Pero trajimos a la memoria El divino, por el decidido componente homoerótico de que goza la novela: “…Después le hurgó con su pico usando la lengua como la prolongación sensible del cuello del cisne, doblándose, irguiéndose, reptando, casi que en un ceremonial olímpico…”

Felipe
(Un beso de Dick, Fernando Molano, 1992)
Para muchos lectores ésta novela marca el inicio de la literatura homoerótica en las letras colombianas. Con un poquito de paciencia, uno descubre que tal afirmación tiene mucho más de entusiasmo que de cierto. El hecho de que el narrador, Felipe, cuente en primera persona, genera ya intimidad, identificación. También el aislamiento que se hace de los personajes, separándolos del contexto inmediato de esa Colombia que se desangra al final de los ochenta, sin correlatos de narcotráfico, guerrillas, hacen que el universo narrativo gire alrededor del amor adolescente de sus protagonistas, Felipe y Leonardo. El homoerotismo en la narrativa, ya no sólo colombiana, no había sido muy condescendiente con las parejas de varones que habitaban cuentos y novelas. El aparato censor funcionó de manera tal que alguno de los dos debía morir porque en la realidad las parejas gay no gozaban de estabilidad ante las instigaciones sociales. Así que representa toda una novedad, el encontrarse con las novelas de Molano, Un beso y Vista desde una acera (publicada de manera póstuma), ya que el autor nos está diciendo que en el brillo de la adolescencia, en el claroscuro de la enfermedad, es posible hallar a un amigo dispuesto a amar, no sólo en el disfrute de la caricia, sino también, como vida misma.

Wilmar
(La Virgen de los sicarios, Fernando Vallejo, 1994)
Aunque bien podría ser Alexis, el joven asesino que habita la primera gran parte de la novela. Igual que en el caso de Gardeazábal, la obra de Vallejo tiene muchos otros personajes o situaciones homoeróticas que, para quien haya nadado en su obra, sean de mayor recordación. De hecho pensaba si más bien en lugar de esta novela no debía seleccionar El fuego secreto (1987), en la que se relata ese descubrimiento satisfactorio que el cuerpo de un adolescente comprueba en el de otros varones. Es más, con los recorridos “impresionistas por Medellín de El fuego se pueden comprender mejor los “existencialistas” de La Virgen. Pero quizá es el paradigma que representa Wilmar lo que más me inquieta: la venganza por la muerte de su hermano, envuelve a Fernando, el narrador, pero no lo toca, quizá por amor. Vallejo, como uno de los mayores ejemplos de autoconciencia en nuestra tradición, nos dice -en la misma novela- que nos ahorra la pena de envidiarle los encuentros sexuales con sus muchachos. No obstante, las sugerencias del deleite que se hacen son contundentes: “…no hay que contar plata delante del pobre. Por eso no les pienso contar lo que esa noche antes de dormirnos pasó. Básteles saber dos cosas: Que su desnuda belleza se realzaba por el escapulario de la Virgen que le colgaba del pecho. Y que al desvestirse se le cayó un revólver.”
El espíritu derrotado del narrador, incapaz de comunicar ese acumulado cultural de un hombre de letras, al joven con el que retoza, ante un panorama desolador producto de la deificación del narcotraficante, nos hereda un testimonio furioso de amor por la belleza, a la que también, es necesario dejar morir.

Edwin.
(Al diablo la maldita primavera, Alonso Sánchez Baute, 2003)
Si Un beso se convirtió en una lectura iniciática para muchos lectores, Al diablo fue algo así como una biblia para otros, que emprendieron peregrinaciones a Bogotá para identificar en su vida nocturna, los elementos de la novela. Con una carcajada iconoclasta que se sostiene en cada una de sus páginas, el lector asiste a esa empresa del maquillaje que cubre y descubre a un drag queen, quien narra con desparpajo sus aventuras eróticas, sus deudas económicas, el guión siniestro con el que busca la complicidad de sus monstruosos compinches. En ese ir y venir de disfraces, Sánchez Baute incorpora la virtualidad como una forma de narrarse a sí mismo, de la manera más conveniente posible. “Lo conocí en un chat”, dice en la primera línea. El personaje “intenta” un discurso frívolo para suprimir la alta cultura, llena de erudición, cita, intertexto. No obstante, algo en su gusto estético, en sus preferencias estilísticas, delatan una fuerte experiencia letrada. El recurso de referentes de una cultura popular, en los que podríamos destacar la música (v. gr., el título), hacen de Edwin un personaje cercano, al que el tiempo invertido en escucharle pasa rápido; con él se recibe pronto la invitación al baile, pues se comprende que es un exorcismo en el que se ordena a las penas: volar al viento, quiero ser libre, alegre y feliz.

Un hijo huérfano vs. Greg.
Aún está temprano para hablar de las publicaciones del año pasado. Pero creo que el quinto lugar se lo debaten, en mí, dos títulos que nos deja el 2016. De un lado, Giussepe Caputo con Un mundo huérfano arrasa cualquier intento por comprenderla. He dicho en otro lugar, que después de su lectura no queda sino la agonía. Su escritura, de una ternura “imposible”, no puede dejar a su paso sino crisis. Del otro, John Better con A la cas(z)a del chico espantapájaros, se consolida como un autor sediento de narrar, pero no de cualquier manera, sino con la vocación de hacer literatura. Los relatos cortos que conforman la novela, invitan al juego: el lector es quien los engrana. Pero, es tal la dedicación en la construcción de esas piezas, que no pierden el ritmo poético, aún en la sátira y la burla.



Pienso en que hay autores y personajes que no inscribí en este listado y que tienen sobrados méritos para aparecer aquí. Sin embargo, como ejercicio pedagógico creo que cumple con el encargo de generar inquietud y debate. Al revisar y comentar la producción bibliográfica del país ingresamos en el canon títulos que, sin perder la preocupación estética, cuentan a una población a la que se marginó del centro, cuando se pensaba que el amor de un hombre por otro, excluía la posibilidad del encuentro erótico. 

*Docente y novelista.

14.1.17

Cinco narraciones de ciencia ficción colombiana





Juan Guillermo Caicedo Quintero

El género de ciencia ficción en Colombia no es muy cultivado, aunque su evolución en las dos últimas décadas da un halo de optimismo frente a dicha forma narrativa. En esta recomendación de textos se busca resaltar a los dos padres del género en nuestro país (René Rebetez y Antonio Mora Vélez) y a  propuestas de nuevas generaciones, que por su calidad han ganado reconocimientos en premios internacionales. Del mismo modo, presentar estas historias como embajadoras de un género –casi de culto en Colombia– que busca nuevos lectores y presencia de la “periferia” en nuestros “centros” literarios. Empecemos a viajar en esta máquina del tiempo:

Convulsión (1969) es un cuento del escritor René Rebetez tomado del libro Ellos lo llaman amanecer y otros relatos. El entorno de la historia es una sociedad en la que los jóvenes se han tomado el poder y recluyen a las personas que tienen treinta años o más en una suerte de campo de concentración  –siempre y cuando se vean vitales y de un buen aspecto físico­­– de lo contrario el destino de los que no cumplan con estas características es la muerte. La dictadura de los jóvenes es acompañada del estruendo que produce en los altavoces el rock y los desmanes propios de estos cuando no hay autoridad. El protagonista ha logrado sobrevivir, hasta el momento, por sus capacidades sexuales, pero no sabe hasta cuando tendrá la energía para complacer los “apetitos perversos” de las adolescentes. Una distopía que encuentra su punto paradójico y satírico en que fue escrita un año después de que aconteciera Mayo del 68.  Un cuento muy apropiado para estos tiempos donde se sobrevalora la exaltación a la juventud.

Los ejecutores (1986) autoría de Antonio Mora Vélez, de su libro Lorna es una mujer. Parodia de la novela El Fin de la eternidad de Isaac Asimov, este cuento narra las peripecias que pasa un periodista del siglo XXII, que tras una noche de juerga con sus compañeros, sale en busca de Los ejecutores, seres que vienen del futuro para ajusticiar a las personas que influirán de forma negativa en el devenir de la historia. Él quiere una primicia y al interceptar un vehículo en donde se transportan Los ejecutores emprende su persecución y se despierta su voracidad periodística. Sin embargo ¿a quién buscan estos? ¿es en realidad matar a personas que intervengan el futuro de forma negativa su única filosofía? Una pequeña joya del género que homenajea a uno de los grandes escritores de ciencia ficción de la historia.

Iménez (1999) novela creada por Luis Noriega, ganadora del premio UPC a novela corta de ciencia ficción –premio más importante de habla hispana en el género­–. Ciudad Andina es un escenario burocratizado y con poca naturaleza, en la que algunos de sus habitantes se afilian a un “sistema de privilegios” que deben pagar con la vida al cumplir los cuarenta y cinco años. Las muertes se realizan en sus hogares, a los que consuman la operación los suelen llamar despectivamente “Los ejecutores” y el desarrollo de la historia se basa en uno de ellos. Aquí notamos otro guiño intertextual con las obras antes mencionadas. De igual manera, de la novela se resalta el juego con la cultura de masas,  dado que varios de sus personajes y lugares tienen nombres tomados de películas, series y programas televisivos, aunque solo tienen los referentes –sus personalidades son distintas a los de su historia original– crea en el lector un extrañamiento en el que esa dicotomía de leer con “seriedad” lo que pasa en el Bar de Mou, o asumir que el “Jesucristo” de Ciudad Andina es Clark Kent (por poner dos de los variados ejemplos) produce un efecto irónico en toda la obra, que valga aclarar en ningún momento tiene un tono humorístico directo. La recomendación es leer primero la obra publicada por el premio y después (si lo creen necesario) leer la edición que hizo Talleres de edición Rocca (2011), esta última con algunos cambios sustanciales.


Futurismo (2004) cuento corto de Gustavo Wilches-Chaux, reunido en el libro El universo amarrado a la pata de la cama. Un padre de familia les describe a sus hijos todas las ventajas que va a tener el futuro en sus vidas. El punto de giro del final del cuento invita a reflexionar acerca de si el futuro es un suceso indeterminado en un tiempo por venir, o simplemente una perspectiva social a partir de las miradas de los ciudadanos. Un relato con un alto contenido social, una sátira contundente a nuestro sistema.


El clon de Borges (2010) novela escrita por Campo Ricardo Burgos, tuvo mención especial en el premio UPC a novela corta de ciencia ficción. Un profesor experto en el escritor argentino es secuestrado y obligado a leer ciertos libros que tienen  el estilo y la poética de Jorge Luis Borges, no obstante inéditos. ¿Quién produce estos textos? ¿qué sucede si un mecenas de la ciencia es fanático hasta la locura de su literatura? ¿para qué secuestrar al docente? Estos interrogantes se van esclareciendo a medida que progresa la trama y dejan un aura de nostalgia al añorar la calidad artística de la obra que nos legó Borges, un homenaje a sus ideas, temas y a su amor por la literatura fantástica. 

13.1.17

Hasta cierto punto, por José Alias

Por José Alias

Pensaba que mis ideas estaban tan claras quise hacer una película honesta, sin mentiras. Pensé que tenía algo que decir, así de sencillo. Algo útil para todos, que ayudase a enterrar para siempre todas esas cosas muertas que todos llevamos dentro. Sin embargo soy el primero que no tiene valor para enterrar nada. Ahora tengo la cabeza llena de confusión ¿Quién sabe por qué las cosas suceden así?...
            (Marcello Mastroiani en 8y1/2 de Federico Fellini)


Uno de los postulados básicos en el terreno psicológico o especulativo es el descubrimiento de un hecho fundamental para comprender algunas de nuestras pautas habituales: el enfermo, realmente, se aferra a ese estado. El muerto no tiene cura, que canta Krahe. 
Decía Tomás de Aquino: Hazme casto señor, pero todavía no. En el fondo no queremos curarnos, sanarnos, soltarnos entre otras cosas porque además de no poder ser es imposible dado nuestro esquema formal de sensaciones y percepción que desemboca de manera consciente en una serie de conceptos sobre nosotros mismos, los demás y lo que nos rodea que apenas ha variado, tal vez un poco en la apariencia, durante los pocos siglos en que el ser humano puebla la Tierra. A día de hoy, por usar un conocido galicismo, seguimos intentando resolver los asuntos destruyendo al que consideramos enemigo. Alepo liberada, dicen los titulares de los tabloides, ilustrando la positiva noticia con fotografías que muestran la destrucción absoluta de esa ciudad siria de la que no queda piedra sobre piedra. El Apocalipsis sigue su marcha.
El ser humano está experimentando siempre, enredando con juegos peligrosos o inútiles que pretenden soluciones a una situación o a un estado de ánimo, aunque en realidad no quiera resolver nada.
Poner en marcha el proceso de acceder a todas las complejas posibilidades para equilibrar o armonizarse que viven en nosotros no parece formar parte si no de unos pocos que al comunicarlas o intentar ponerlas en práctica encuentran el rechazo de la mayoría y, si es demasiado claro, el ataque frontal, sin consideraciones, por parte de otro pequeño grupo que lleva lo más fácil y evidentemente destructivo a sus últimas consecuencias. Los denominados bien y mal encuentran en lo externo su proyección del reflejo de la batalla tremenda que se desarrolla dentro de cada uno de nosotros. Aunque, en resumen, esa pelea interna se decante en un momento de modo extremo por el daño o la armonía y se aferre a esa conclusión para intentar sobrevivir con los míos contra los tuyos; son las denominadas ideologías, lo más superficial que tenemos, que mueven el denominado mundo en un caos sin salida devorándose a sí mismo como Saturno a sus hijos.
Esas ideologías son aceptadas en su propio nido siempre y cuando no vayan más allá, es decir: no intenten resolver realmente el conflicto personal y, sobre todo, el social. Si un individuo ve las cosas claras, será respetado siempre y cuando lo acune en su interior. Pero si expresa abiertamente sus críticas al grupo podría ocurrirle lo que a Jesús el Cristo, a Roque Dalton o a los maestros zen japoneses sin hogar que llevaron la enseñanza del Buda a sus últimas consecuencias, que no eran otras que conservar y compartir la fuente original. Por eso, otro maestro budista, en este caso el vietnamita Thich Nhat Hanh afirma que en los movimientos por la paz hay mucha violencia.
Pero no parece fácil salir de este enfrentamiento que vuelve una y otra vez a causar dolor y sufrimiento en los seres, incluso en los que parecen más avanzados o abiertos. James Low dice que en realidad no queremos despertar. Tal vez porque como escribe el lúcido, tierno y genial Kurt Vonnegut: el infinito es muy  aburrido y por muy difícil que sea la vida para casi todos, preferimos seguir mareando la perdiz antes de aceptar que hay ciertas posibilidades que podrían llevarnos a una hipotética solución si no definitiva que mantuviese, al menos, el statu quo más tiempo del que habitualmente duran los periodos de entreguerras.
El conflicto parece ser nuestro terreno favorito en cualquier aspecto. Las parejas se juntan para estar solas y se separan para estar acompañadas de nuevo, hacemos turismo para no ver más que lo que queremos, y eso es lo que nos muestran, nos quejamos sin descanso de los abusos del poder que alimentan nuestra aceptación personal de aquello que rechazamos. No sé si podría decirlo más claro, me parece así de caótico y enrevesado; el ouróboros, la serpiente que se muerde la cola, nos muestra lo cíclico, el eterno retorno del tiempo circular. No parece haber, a pesar de las apariencias, un tiempo lineal y la idea de un día final, de una edad de oro en la que el gran cambio por fin se produzca y la humanidad sea consciente, amónica y  equilibrada, no parece avistarse por ningún lado.
Se han anunciado revoluciones sociales, humanísticas, esotéricas, tecnológicas que darían un vuelco sin parangón a nuestra habitual catástrofe pero, una y otra vez, han demostrado ser un fiasco. Vender aire, ilusiones, entelequias, es la gran misión de ciertas épocas. Algunos pretenden o las llevan a cabo de manera pacífica, otros generando una destrucción terrible que socaba lo mejor del espíritu humano.
Sabemos que vamos a morir, un gato no lo sabe, dice Cortázar. Eso nos diferencia, nos hace más claros y a la vez más infelices. Esa posibilidad de usar ese conocimiento para refrenar un tanto nuestros instintos animales y depredadores tampoco parece servir, nunca ha servido, y no contentos con mirar hacia otro lado cada vez tapamos más el hecho indudable de la muerte. Estuve en Benarés, junto al Ganges, hace unos años y pude comprobar en esa ciudad con la que había soñado desde niño que sus estrechas calles, que no han variado en casi tres mil años, veían pasar cada día multitud de cadáveres envueltos apenas en una tela sobre unas parihuelas de madera. Tenías que fijarte a la pared, hacerte uno con ella, para que pudiera pasar el muerto que a veces se quedaba casi pegado a tu cara porque una vaca se había detenido más adelante, no había sitio para ambos, mientras lo porteadores balanceaban al que iban a quemar entre cantos cadenciosos e inciensos embriagadores.
Esa cercanía con las cosas tal cual son y que estamos perdiendo abducidos por la red y sus múltiples pantallas, la serie británica Black Mirror muestra ciertos aspectos de un inquietante futuro ligado a este entretenimiento, es una de las formas de entender la vida y la muerte, la existencia, de aceptarla para comprender y sentir su complejidad. El bien y el mal intercambian sus posiciones, lo blanco de hoy es lo negro de mañana y viceversa. Los extremismos no son más que la punta del iceberg que hunde sin descanso los titánicos desatinos de nuestra indolencia y dejadez, pero también los frágiles barquitos de nuestra esperanza e inteligencia. Pobres seres humanos, tan extraterrestres en este maravilloso planeta, el paraíso.

Dice Shunryu Suzuki en Crooked Cucumber: Buscar algo en la oscuridad no se asemeja a la actividad que hacemos normalmente, que se basa en una idea de conseguir algo.

Tal vez por ahí haya una salida. Pero que nadie se engañé, si esta visión se pusiera en práctica y reportara algún periodo de calma, el caos sentado a la espera tranquilamente en la esquina, esperando el sonido de la campana para volver al ring y empezar otro combate, saltaría al cuadrilátero sin duda alguna al oír el primer sonido en el aire. No hay futuro, como cantaban con desgarro los Sex Pistols el único futuro es ahora.  ¿Recuerdas?

Primer plano: literatura, memoria y paz


Primer Plano Literatura, Memoria y Paz La literatura como relato de la historia ausente del país ha sido uno de los lenguajes artísticos en los que el conflicto armado Colombiano ha permanecido vigente; sus posibilidades narrativas han acogido los múltiples vacíos de una nación que aún espera por reconocerse. Estas posibilidades serán el punto de partida Primer Plano literatura, memoria y paz, tercer encuentro del ciclo de diálogos sobre arte, memoria y paz del Museo Nacional de la Memoria. El diálogo fue moderado por Santiago Rivas y contó con la participación de Daniel Ferreira, autor de “La Rebelión de los Oficios Inútiles”; Marta Orrantia autora de “Mañana no te presentes”, Wilson Chavarro, coordinador del proyecto Narrativas visibles, iniciativa de memoria histórica Andes. El evento es organizado por el Museo Nacional de la Memoria proyecto del Centro Nacional de Memoria Histórica con el apoyo del Centro de Memoria Paz y Reconciliación, Penguin Random House, Cámara Colombiana del Libro y la Librería Casa Tomada

8.1.17

Mis lecturas de 2016





Por Joseph Avski


El 2016 fue un año especialmente duro: triste en lo personal, decepcionante en lo político, y marcado por penosas muertes en lo cultural. Sin embargo, como en muchos momentos oscuros de mi vida, siempre quedan los libros. Muchas buenas lecturas acompañaron los altos y bajos de este año. Fueron un paliativo para sobrellevar la muerte de mi padre, para no desesperar y para llorar de una manera mucho menos dolorosa. Al día de hoy, 25 de diciembre de 2016, he leído 80 libros y tengo 4 más comenzados de los cuales probablemente terminaré uno o dos antes de terminar el año. Esta es una selección, organizada por géneros, de los mejores libros que he leído este año.

Ensayo
Este año enseñé por primera vez la clase de literatura latinoamericana en  la universidad estatal de Misuri, y para prepararme decidí leer varios libros sobre cómo otros han enseñado cursos similares. Clases de literatura: Berkeley, 1980 son transcripciones de las clases de literatura latinoamericana que Julio Cortázar dictó en la Universidad de Berkeley en 1980. Mis sesiones terminaron teniendo poco en común con las del argentino, pero disfruté el estilo fresco. El lector queda expuesto ante la original visión que tiene Cortázar respecto a la literatura.
Las lecturas sobre temas científicos de este año tuvieron dos momentos destacados. At the Edge of Uncertainty: 11 Discoveries Taking Science by Surprise de Michael Brooks, explora once conceptos científicos contemporáneos que desafían el sentido común. Una excelente lectura para enfrentarnos a nuestras propias preconcepciones del mundo y para entender que la realidad es mucho más compleja de lo que la imaginamos. Otro gran libro sobre ciencia leído este año fue Siete breves lecciones de física, de Carlo Rovelli. Este pequeño libro, que se convirtió en fenómeno de ventas, explica con una prosa limpia el estado del arte de la física teórica contemporánea. Una excelente lectura para actualizarse sobre las teorías que explican el mundo a pequeña y gran escala.
Cercano a las lecturas sobre ciencia, por su gran cantidad de información y su precisión científica está The Better Nature of Our Nature. En él el sicólogo y científico cognitivo Steven Pinker explora la constante disminución de las muertes violentas en el mundo desde el final de la Edad media. Es un texto indispensable para entender el presente y pensar el futuro del mundo, y en especial de nuestro país tan convulsionado. Las conclusiones de este libro sin duda nos hacen sentir esperanza en la humanidad.
Otro físico, Agustín Fernández Mallo, hace parte de esta lista pero en este caso no escribe sobre ciencia. Postpoesía es un manifiesto posmoderno y una declaración  de su poética. El autor español aboga por una literatura que desvanezca las fronteras entre la literatura, como la hemos entendido hasta hoy, y las ciencias. La escritura porvenir será sin distingo tratado físico, filosófico, técnico y literario.
El vicio de leer puede ayudarnos a justificar otros vicios. Ese fue el caso de La filosofía del vino. En este hermoso libro Béla Hamvas celebra la bebida espirituosa por excelencia y emprende contra todo tipo de puritanismos (tanto ‘ateos’ como ‘pietistas’). Por último, está el libro que empecé la primera semana de 2016, volando desde Colombia de vuelta a los Estados Unidos: Kafka. Es un libro que justifica el vicio de leer a Kafka. En esta hermosa biografía intelectual escrita por Pietro Citati (famoso por libros similares sobre Marcel Proust, Goethe, y Tolstoi) explora la figura siempre enigmática y elusiva del escritor Checo. Una lectura que sin duda parecía un oráculo del año por venir.

Narrativa
México es el país con más representantes en esta lista. La ciudad que el diablo se llevó es el penúltimo libro de David Toscana, a quien siempre he leído con mucho gusto. Es una devastadora narración sobre la Varsovia destruida por la Segunda Guerra Mundial. Un mundo sin esperanza que con frecuencia me hizo pensar en Colombia. Trabajos del reino es la segunda novela mexicana de la lista. Fue un éxito inmediato cuando salió, y dio a conocer al joven autor Yuri Herrera. Es la historia de un cantautor de corridos que entra a hacer parte del reino de un narcotraficante local. Una reflexión sobre el lugar del artista creador frente al poder. La tercera novela mexicana de la lista es Wild North del joven autor mexicano Francisco Laguna Correa. En ella examina la vida de un inmigrante mexicano en los Estados Unidos. Una novela recién salida del horno.
            Viajando hacia el sur está Insensatez de Horacio Castellanos Moya. Está escrita con el mismo estilo crítico de El asco pero en un tono menos cáustico. Cuenta la historia de un centroamericano que vive en el exterior y vuelve a la región para editar la versión final de un informe que consigna el genocidio de los pueblos indígenas. Pronto descubre que él mismo no puede escapar, ni física ni sicológicamente, a las fuerzas de la violencia que perpetraron el magnicidio. Otra obra que hace pensar en Colombia.
Siguiendo hacia el sur está Corea: apuntes desde la cuerda floja de Andrés Felipe Solano. Estas notas sobre su vida en Corea capturan el sentimiento de todos los que vivimos en otro país. Andrés hizo el favor de escribir este libro por todos nosotros los expatriados. Cambiando de generación y de departamento Tríptico de la infamia, de Pablo Montoya, ofrece tres retratos sobre arte y violencia elaborados con una voz poética y precisa. Una pintura de los demonios que nos habitan por dentro.
Al final del continente se encuentra Una historia sencilla. En esta crónica Leila Guerriero toma una invisible tradición de un pequeño pueblo argentino, el Festival Nacional de Malambo de Laborde, y la transforma en una historia universal. Una épica del hombre común.
Anakana Schofield era un nombre desconocido para mí hasta que escuché sobre ella en el podcast sobre libros de The Guardian. Es, digamos, para los propósitos de esta lista, la bisagra entre nuestro continente y Europa por su doble nacionalidad irlandesa y canadiense. Martin John, de Anakana Schofield, es una novela que aborda un tema durísimo: el abuso sexual. Con una prosa poco convencional y estructura experimental, Schofield nos lleva al centro mismo del terror en el que vive un abusador sexual.
Ya de lleno en Europa encuentro a un clásico que hace mucho quería leer y cuya lectura pospuse por más de doce años. Zorba el griego de Nikos Kazantzakis es simplemente magistral. Los dos mundos, las dos visiones que se debaten en esta novela siguen tan vigentes como cuando fue escrito. Un poco más al noreste se encuentra Voces de Chernóbil, de la penúltima ganadora del premio Nobel Alexievich. Esta desgarradora recopilación de testimonios de personas involucradas con la tragedia nuclear de Chernóbil nos hace pensar en un mundo en guerra consigo mismo incluso en tiempos de paz. Svetlana Alexievich logra un fresco hermoso y terrible del apocalipsis mismo.
Hacia el otro extremo del viejo continente se encuentra la decepción del año: Jerusalém (O Reino #3) de Gonçalo M. Tavares. Es un autor del que se habla mucho en estos días. Sus entrevistas dan la impresión de un autor articulado y comprometido con su oficio. Sin embargo, esta novela resultó floja y liviana. En todo momento sentí que estaba leyendo un capítulo novelado de Mujer, casos de la vida real.  



4.1.17

EL CUERPO ES EL HILO…







Por: Jaiber Ladino Guapacha


Juliana Gómez Nieto. Montañas azules. Malisia, 2016

…que nos teje a la vida.
Estas, que son las últimas palabras de la novela, podrían ser útiles para una vez leída la obra, contemplarla y pensar con qué nos quedamos de ella. La construcción sintáctica de esa oración genera algo de dificultad. La preposición “a”, seguida del artículo determinado “la”, nos hace pensar que existe algo por fuera de cada ser humano, superior a él, “la vida”, y por tanto, cada historia personal es apenas un algo que se puede zurcir. Representándome la metáfora, hay algo en la imagen que se me escapa, que me hace falta. La asumo entonces bajo mis presupuestos, quedándome con tres imágenes sonoras (cuerpo, hilo, vida), y escribo al margen: nuestra vida no es más que un tejido de cuerpos.
Con la escritura de Juliana, en esta obra, asistimos a un documental: su estilo narrativo nos ofrece distintos planos sobre la vida de tres núcleos familiares, minutos antes de la 1:19 del 25 de enero de 1999, en el departamento del Quindío. El matrimonio sin hijos de Rubén y Margarita permite una aproximación al drama desde la intimidad de una pareja en su lucha del día a día, en el municipio de La Tebaida. Con los capítulos alrededor de Ángela, en Calarcá, la lente de la cronista adopta la mirada ingenua de una niña que, ante lo contundente de la tragedia, comienza a comprender algo sobre el dolor, pero también sobre la solidaridad, que vienen con la muerte. En su historia, se articula el viaje que realiza a pie su hermano Cesar, desde un punto de la carretera entre Pereira y Armenia, cuando el bus en el que se transporta es detenido por el ejército y se le niega el paso para evitar congestiones en la evacuación de los damnificados. Y entre los dos pueblos, la capital, Armenia, con la historia de Dora y Leidy, una ejecutiva y una empleada doméstica. Esta ubicación geográfica nos sintoniza con el título mismo; nos encontramos en el valle “irregularísimo” (si nos es válido el superlativo) del Quindío que sigue extendiéndose al occidente, mientras que al oriente se encuentra la cordillera andina central que se eleva como muralla protectora. De ahí la sorpresa que nos describen en el capítulo dos: “Las montañas bailaban y Ángela sintió una euforia que fue creciendo cuando notó que ellos mismos estaban saltando, tomados de la mano, formando un círculo”. Magia que se destruye cuando al salir de la casa, verifican en las edificaciones de sus vecinos la gravedad del asunto: “Antes de poder auxiliar a los vecinos, una nueva vibración los envolvió. Corrieron hacia el centro de la calle, por miedo a que la casa se les viniera encima. Ángela miró la cordillera, para ver la hermosa danza pero ya no era igual. Aunque las montañas seguían meciéndose, el aullar de los perros y el rostro de pánico de la gente le hizo sentir una opresión en el pecho, que solo había sentido una vez, jugando con sus primas cuando éstas la encerraron en un baúl”
Para equilibrar los cuatro núcleos narrativos, descritos atrás, la autora ha optado por darle a cada uno, tres capítulos breves que intercala siguiendo la misma secuencia. Los doce apartados que la conforman tienen casi el mismo volumen. A través de ellos se observa la tragedia desde una panorámica más amplia, en una obra de apenas 90 páginas. Esa mesura se siente también en la elección de las escenas, sobrias, sin datos ni cifras que insistan en la magnitud de la catástrofe. Antes que un afán por exhibir el dolor, la pena, de un colectivo, los cuadros que va retratando la autora se detienen en lo particular: en uno, sentimos el drama de miles.
Así, esa clave de lectura que es el “cuerpo” adquiere sentido: en los núcleos está la preocupación, la búsqueda, el anhelo por el cuerpo de los otros, que explican la existencia, la justifican porque es con ellos que cada hecho cotidiano se ha significado. Por eso quizá, a veces la insistencia, parece egoísta, la ausencia de mi ser querido empaña la necesidad del otro, de Gutiérrez, por ejemplo, fosilizado ante el cuartel que ha sucumbido, aplastando a todos sus compañeros policías.
“Cada uno en ese caminar se fue sumiendo en un viaje interno y profundo. En un diálogo con el camino y con la vida misma. Esa caminata no era un viaje cualquiera, era una meditación activa, una plegaria, un acto de amor (p. 47)”
Juliana Gómez Nieto nos hace partícipes de este viaje, el de sus personajes, que es el suyo propio. Para el momento del siniestro era una niña de unos nueve años que hacía su vida en Calarcá. En 2009 viaja a la Argentina para estudiar Comunicación social y Periodismo en la Universidad de La Plata, en la que adelantó una revisión sobre la manera en cómo fue informado el terremoto a través de los medios. Estos insumos, los recuerdos propios y de los familiares, la llevarían a elaborar esta novela en la que, reitero, no apela a la cuantificación para medir la pena, como podríamos imaginar antes de la lectura. Juliana Gómez, con una producción que suma poesía, relatos y crónicas, nos demuestra que su preocupación literaria está más cerca del estilo. Quizá también por eso la brevedad de la novela. Cierro entonces esta invitación a leer Montañas azules, con un fragmento de su poema “999” y que nos remite al mismo tema de la novela:
Y no hablo de la guerra
Nada tiene que ver la muerte
En ese negocio en el que
Ella también es víctima.
Otra cosa es la catástrofe
En donde baila un tango
Con la vida.
¿Por qué ellos y no yo?
Le pregunté ese día
Tranquila, no te impacientes

Es cuestión de coreografía.

27.12.16

Cinco canciones para entrar en el Dylan Nobel






Juan Felipe Gómez


El 2016 pasará a la historia como un año de luto para la música. Prince, David Bowie, Merle Haggrad, Leonard Cohen, entre otros, hacen parte de “los que se fueron”, dejándonos piezas y momentos de incalculable valor para la historia musical, y para la cultura en general, del último medio siglo.

La alegría para los melómanos vino por cuenta de una noticia que durante años circuló entre los apostadores y especuladores del prestigioso premio de la Academia Sueca: Nobel en literatura para Bob Dylan. De inmediato las redes sociales y portales de noticias se inundaron con elogios e imprecaciones. Vino entonces el silencio por parte del galardonado y la expectativa, tanto de devotos como de detractores, por leer o escuchar algún pronunciamiento.  Se hizo esperar, pero el cantautor  de Duluth dio la cara para aceptar el galardón argumentando haberse quedado “sin palabras” tras el anuncio de la Academia.

Antes de enlistar cinco canciones de Dylan que dan cuenta de su grandeza como creador, vale la pena resaltar el veredicto de la Academia que lo reconoció por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción americana”. Más claro no puede ser: Dylan es un poeta, sus letras tienen el sustrato de la gran poesía en lengua inglesa y es imposible no incluirlo en el canon de la literatura de occidente.

Así mismo, es preciso retomar el bello y conciso  texto que Dylan envió para ser leído en la ceremonia de entrega del galardón el pasado 10 de diciembre, y en el que expresa: “llevo haciendo lo que me propuse hacer por mucho tiempo ya. He grabado docenas de discos y he tocado miles de conciertos por todo el mundo. Pero son mis canciones el centro vital de casi todo lo que hago. Parece que encontraron un lugar en las vidas de tantas personas y en tan diferentes culturas, y me siento muy agradecido por eso”. Contundente: fama y galardones aparte, Dylan tiene la claridad de que la esencia de su trabajo está en lo que ha escrito, llámense canciones, poemas, crónicas, o simplemente literatura para ser leída y escuchada. Aquí dejamos cinco de esas piezas que ofrecen una completa experiencia estética.

A Hard Rain´s A-Gonna Fall
Casi siete minutos de una letra torrencial y enigmática con una melodía sutil. El año es 1963 y el álbum The Freewheling Bob Dylan irrumpía con fuerza, convirtiéndose en emblema y banda sonora para la generación que empezaba a sacudirse y levantar la voz.  La canción, junto a Blowin’ In The Wind y Masters Of War, componen una especie de trilogía antibélica con poderosas imágenes poéticas. Con más de treinta versiones, la de Patti Smith en la ceremonia de entrega del Premio Nobel es sencillamente estremecedora.


 Chimes Of Freedom
Con el tono acompasado del folk  más puro y la hipnótica voz de trovador, esta canción sigue la línea de las composiciones cargadas de imágenes  apocalípticas aunque con un trasfondo esperanzador por esas campanadas de libertad que repican por los rebeldes, por los desafortunados y los abandonados. Está incluida en el álbum Another Side Of Bob Dylan de 1964.   

Desolation Row
Una singular  galería de personajes, desde Cain y Abel hasta Einstein, pasando por Casanova y Ezra Pound, transitan por esta  potente narración que se mueve entre la nostalgia y la profunda emoción.  Es la última canción del álbum Highway 61 Revisited de 1965.   

Sad-Eyed Lady Of The Lowlands
Cierra el álbum Blonde On Blonde de 1966. Romántica y surrealista, es reconocida como una de las más grandes composiciones de Dylan y se dice que  fue escrita  en una habitación del Hotel Chelsea de Nueva York y dedicada a su primera esposa Sara Lownds.  


Scarlet Town
Instantánea de un enigmático pueblo ubicado bajo una colina y cuyas calles tienen “nombres que no puedes pronunciar”. Esta oscura canción, incluida en el álbum Tempest de 2012, reafirma la capacidad de síntesis y el poder evocador de Dylan cuando se sienta a escribir, además de los poderes hipnóticos de su voz.   


26.12.16

Una travesía

Carlos Castillo Quintero
(Del libro inédito “Noches con cerrojo”)


Edward Hopper, “Reclining Nude”, 1924-1927




Porque la vida llega a quemarropa
es necesario recordar que viajamos.

Fernando Linero Montes

Para Claudia R.

No queda valor, siquiera, para cortarnos la otra oreja.
Atrás, la tierra devastada después del temporal. Los labios sin carmín, los cuerpos cansados que no encuentran el camino de regreso a casa.  
Una música se repite y nadie la escucha.
Por el temor a la muerte, lloramos por adelantado. ¿A dónde van todas esas lágrimas?
Sé que al otro lado del mar la noche canta, el agua, los peces que vuelan. Y sé que esa es otra forma del llanto.
Y sin embargo, una luz se resiste.
El deseo.
La piel que oficia un rito más antiguo que el duelo. ¿Qué importa ya esa moneda de oro puro que perdimos en la rejilla de un andén de la infancia?
Hay pájaros que no duermen, que atraviesan la penumbra, y se llaman.
Los escucho hasta el amanecer, sus alas golpean el viento como si caminaran por el entablado de una casa vieja llena de fantasmas.
Esos pájaros son melancolía.
Una luz se resiste.
El amor, que bien podría escribirse con la palabra pan, o lecho, o poema. Y también con las letras de tu nombre.
Ahora mismo, alguien busca en una pantalla un rostro que ha olvidado, pero que es lo único que tiene.
Atrás, la tierra se entrega de nuevo a la lluvia y renace.
La música otra vez tiene que ver con los engranajes de un reloj de arena, y resucita en los audífonos de una mujer que corre a inaugurar el día.
Comprendo entonces, que la cicatriz es parte del viaje.
Las limonarias que en el jardín pasan el día sin una flor. El maullido de un gato que sueña, y que se repite siete veces.
La falda azul que renueva sus alas en el tendedero.
El bastidor que mantiene atrapada a una mujer desnuda, enamorada de un pincel. 
La mesa de joyería que en sus cajones guarda pájaros con plumas de plata, pequeños seres mágicos que aún están aprendiendo a volar.
Ahora sé que todo hace parte de esta travesía, así lo repiten tus ojos en el espejo.


Diciembre 26 de 2016