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A LA LITERATURA EXTREMEÑA LE SOBRAN POETAS: CINCO POEMAS




Por Antonio María Flórez


 A raíz de mi último viaje a Colombia con el proyecto Mirando al Poniente, uno de mis amigos en Medellín me preguntó sobre el estado actual de la literatura en Extremadura, y a bote pronto le dije: “A la literatura extremeña le sobran poetas”; y dicha la barbaridad, me quedé pensando y le agregué: “pero siendo justos, creo que le sobran también narradores, ensayistas, filólogos, traductores… ¡Son tantos, tan buenos y publican tanto! Asombra la cantidad de poetas que hay en activo y lo que editan dentro y fuera de la región (Álvaro Valverde, Basilio Sánchez, Antonio Gómez, Santos Domínguez, Pureza Canelo, Ada Salas, María José Flores), pero de los otros géneros tampoco encontramos desperdicio (Javier Cercas, Luis Landero, Gonzalo Hidalgo Bayal, Luis Gómez Canseco, Antonio Sáez, Eugenio Fuentes, Martínez Mediero…). Es decir, el estado de salud de esta región en el contexto literario español e internacional es excelente, tal como se pudo comprobar en las ponencias y exposiciones que se hicieron en Colombia en los distintos festivales y ferias a los que Extremadura acudió como invitada de honor.
Pero ahora la cuestión que se me plantea es que elija CINCO POEMAS de autores extremeños, ¡mis cinco poemas de siempre! Nada más formulada la cuestión, me pongo en la tarea y me abrumo. ¿De toda la historia de la literatura extremeña? Primero habría que decantarla un poco, contextualizarla, limitarla en el tiempo. No debería tener carácter de canon ni ser absolutista ni cerrada. Así pues, he decidido que será de poetas del último siglo, con lo que quedarán por fuera Espronceda y Carolina Coronado, por ejemplo. Será de poetas que yo haya conocido y tratado y que de alguna manera me hayan “tocado”; cosa que está muy bien porque incluye el asunto afectivo o circunstancial, que aquí me parece importante. Y serán poemas de esos autores que no necesariamente son los mejores suyos, pero sí muy significativos para mí.
Y después de mucho pensarlo, de mucho consultar mi memoria afectiva y de mucho mirar en mi biblioteca, los autores que he seleccionado son: Manuel Pacheco (Olivenza, 1920- Badajoz, 1998), José Antonio Gabriel y Galán (Plasencia, 1940- Madrid, 1993), Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), y María Rosa Vicente Olivas (Madrid, 1959). Y sus poemas, según el orden: Luz agachada, Alguien ha huido, Poema V, Enclave y Pensando en un indio, respectivamente.

Manuel Pacheco fue un poeta muy popular en la Extremadura previa a la Transición. Su poesía social tuvo gran eco en los jóvenes de aquella época, ilusos e ilusionados, como uno. Pacheco recorrió las tierras extremeñas con otros poetas y cantantes anunciando y celebrando los tiempos nuevos, entre ellos Luis Pastor y Pablo Guerrero. Es uno de los vértices de la poesía extremeña de la segunda mitad del siglo XX, con Delgado Valhondo y Álvarez Lencero. Tal vez la obra de Delgado Valhondo sea más sólida y la de Álvarez Lencero más consistente, pero para mi gusto, Pacheco tiene más relevancia por todo lo que aportó a la popularización de la poesía en esa época, aunque lo que más admira uno de su obra ahora no es precisamente su canto social, si no la de corte surrealista de los años cincuenta y sesenta.
Lo conocí en una visita que hizo al Instituto “Luis Chamizo” donde yo hacía mi Curso de Orientación Universitaria. Le presentamos María Rosa Vicente, Paco Señor y yo. Me encandiló su temperamento abierto y su clara vocación social, expresada en un poemario suyo que había salido por aquellos días, en una edición digna y asequible, titulado Poesía en la tierra (1975) y que recogía algunos de sus más significativos poemas dedicados a Extremadura. Su influencia en mis primeros escritos fue determinante, al igual que la de Pablo Neruda, García Lorca, Rafael Alberti y Jaime Jaramillo Escobar.  El primer premio literario que gané en mi vida fue con un poema claramente “pachequiano” de insuflado extremeñismo. Recuerdo que su título y su temática eran un poco atrevidos, a tal punto que los organizadores del certamen, por boca de su secretario, me propusieron que le cambiara el título y algún que otro verso excesivamente “erótico”. Muy digno yo, por supuesto, me negué a ello. Me pidió, en su defecto, que me cortara el pelo y me afeitara para el acto de premiación (llevaba ya uno por aquella época una melena a la altura de los hombros y una rizada barba negra que me cubría media cara y me daba un aire muy “Jesucristosuperestar”). Le dije que ya lo vería, pero jamás le hice caso, y al acto me presenté sin chaqueta, vestido de negro y con mis greñas oscuras intactas, muy superestrella en los Juegos Florales de mi pueblo natal.
Años después vine a saber que Manuel Pacheco había sido muy amigo de un tío mío que vivió en Badajoz -eran vecinos en la calle De Gabriel-, y que acudía con él con frecuencia a la tertulia que hacía Esperanza Segura Covarsí en su domicilio, todos los sábados, desde finales de los años cincuenta. Le menciona en la segunda estrofa del Insoneto para cronicar un homenaje, perteneciente al Libro de los insonetos (1968-69): “¿Quién morirá? Cansino se cansiene/ con el presunto número cerado/ y Trajano de palidez de dado/ dice que suicidarse le conviene”. El pintor Antonio Vaquero Poblador recuerda que se hacía llamar con el apelativo de su padre, Alfonso Trajano, gran fotógrafo y pintor del primer tercio del siglo XX. Alfonso Carlos Trajano, se firmaba, aunque en realidad se llamaba Alfonso Rodríguez Barquero. Era “oficinista y escritor”. Este tío mío tuvo una vida muy particular y aprendí a quererle y a admirarle porque mi madre le adoraba. Viajó bastante por África y Europa y vivió muy de cerca el mayo francés. Era sumamente culto, gran jugador de ajedrez y amante sin par, decían las buenas lenguas, de la música clásica y del jazz. Gracias a él conocí la poesía de la Beat Generation americana, que tanto ha influido en algunos libros míos como Bajo tus pies la ciudad, por ejemplo.
Pacheco le dedicó a mi tío también un poema de corte surrealista titulado Luz agachada, que es el que finalmente he seleccionado para esta muestra porque es, además, un reflejo del tipo que poesía que de él más me gusta en la actualidad y que ha resistido el paso del tiempo, coincidiendo con Paco Señor en esto.

MANUEL PACHECO

LUZ AGACHADA
A Alfonso Carlos Trajano

Si en el cristal del mundo
el aire estabiliza
las manos de los muertos,
una ladera en forma de nariz
hará el milagro.

Cangilones de anemia
para el alma y el cuerpo
sobre mapas de manos cortadas.
Bujías de carcomas
ponen en las pupilas
anillos de niebla.

Pulpa de mar ausente
donde mueren las playas
y se nombran los días
como el bastón de un ciego.
Agachado está el hombre,
agachada la luz
y agachados los cuernos
de toros salvajes.

De Todavía está todo todavía. Poemas 1958-59, Orense, 1960. Reimpreso en Poesía en la tierra (Antología 1949-1972), 1975, pg 80 y en Poesía Completa (1943-1997). Tomo III. Mérida, 1999.

José Antonio Gabriel y Galán era descendiente de uno de los poetas más populares que ha dado Extremadura, aunque fuera salmantino de nacimiento, José María Gabriel y Galán, el autor de Mi vaquerillo (“He dormido esta noche en el monte/ con el niño que cuida mis vacas…”). Nacido en Plasencia, se instaló siendo niño en Madrid. Estudió derecho y periodismo y vivió en París. Escribió en los más reconocidos medios del país desde 1966 y dirigió la prestigiosa revista cultural El Urogallo. Supe de él viviendo yo en Colombia por la lectura de su novela El bobo ilustrado (1986) que había caído en mis manos en buena hora gracias a que estaba expuesta en la librería Palabras, ya desaparecida. Situado generacional y geográficamente en una “tierra de nadie”, algunos lo adscriben con la Generación del 68 y otros con los novísimos tardíos. En Extremadura sería coetáneo de Pureza Canelo, José Antonio Zambrano, Santiago Castelo o Manuel Neila. Para uno sería tan relevante como Félix Grande, ¡grandísimo poeta con igualados méritos!, pero decidí incluir mejor a Gabriel y Galán en esta mini selección por razones especialmente afectivas.
Nunca lo conocí personalmente, pero crucé con él alguna correspondencia cómplice. Me escuchó y me animó en algunos de esos proyectos locos en los que yo me suelo meter desde bien joven. A finales de los ochenta creé la Asociación Colombo Española de Manizales y la revista Aurocarbónica, aventuras en las cuales me acompañaron Octavio Escobar y Marcela Vásquez. Todos los años organizábamos una Semana de España con el apoyo de varias entidades caldenses y españolas, pero especialmente con recursos de mi bolsillo. A una de ellas quisimos llevar a José Antonio, para que fuera la estrella invitada del evento y generoso aceptó, estando ya enfermo; con el añadido de que él mismo se encargó de tramitar ante el Ministerio de Cultura de España la subvención de su viaje. Para el 92 quisimos llevar a cabo un proyecto pionero y algo loco que consistía en lo siguiente: la Imprenta Departamental de Caldas publicaría a cinco escritores extremeños en Colombia y la Junta de Extremadura publicaría a cinco escritores jóvenes caldenses en España para conmemorar el Quinto Centenario del Descubrimiento. Él fue el primero en ceder los derechos de autor para el proyecto de no sólo uno, si no de tres de sus libros (dos novelas y un poemario), para lo cual ya contaba con la anuencia de su editor. Me los mandó en un paquete y recuerdo que eran Punto de referencia, A salto de mata y una antología de su poesía. En la selección de Caldas estaban Octavio Escobar, Flóbert Zapata, Roberto Vélez Correa y no recuerdo quién más. Por Extremadura, Gabriel y Galán, María Rosa Vicente, Paco Señor y tampoco recuerdo quién más. El proyecto, prácticamente financiado en España y en Caldas, se vino al traste porque un miembro del Comité Asesor de la Imprenta Departamental de Caldas se opuso al proyecto, porque no le veía ninguna utilidad ni ninguna proyección y porque seguramente no estaba incluido él entre los autores seleccionados. Muchos años después la idea pudo realizarse parcialmente con el proyecto Estrechando Círculos, apoyado por el Ayuntamiento de Don Benito, y con la creación, a comienzos de este siglo, de la colección Letras Americanas en la Editora Regional de Extremadura (en los tiempos de Álvaro Valverde), un poco a instancias de uno y con la complicidad del paisano de Gabriel y Galán.
Leer y conocer la poesía de José Antonio Gabriel y Galán para mí fue un mazazo descomunal, especialmente la lectura de su libro Descartes mentía. Su carácter narrativo, épicamente subjetivo, sentimental, donde el desamor se alinea con las incertezas del discurso racional, me tocó en lo más hondo. Una manera distinta de abordar el tema del amor, de las pasiones, desde la asunción del fracaso de una interpretación fisiológica de los sentimientos. Vivía yo tiempos sumamente difíciles y complejos en lo personal y lo emocional. Acababa de pasar por el “túnel”, venía de una ruptura amorosa sumamente difícil, estaba amenazado, y surgía ante mí la posibilidad de una nueva vida, lejos, ajena, ambiciosa y reivindicativa.
Empaparme de este texto de su poema Estado de salud (“A punto estuvimos de morir de amor, pero murió el amor y nosotros vivimos”), imbricarlo con Makbara de Juan Goytisolo y adobarlo con mi locura sentimental de entonces, dio lugar a algunos de mis textos experimentales más reconocidos y fundamentales de mi obra narrativa: Epigolatría y Estados de la palabra, Premio Iberoamericano de Cuento en 1993. Por esto y mucho más es que mi segundo poema seleccionado es este titulado Alguien ha huido del placentino José Antonio Gabriel y Galán que conmueve y emociona.

JOSÉ ANTONIO GABRIEL Y GALÁN

ALGUIEN HA HUIDO
Et le même paraît en la colère, où souvent un
prompt désir de vengeance est mêlé avec l’amour,
la haine et la tristesse.

Fuiste valiente entonces,
hiciste a tu modo lo que debías hacer,
de entre todo lo nuestro me dejaste
los muebles viejos, los balcones cerrados y aquella
colección de puñales malayos con sabor de otras lunas,

y te fuiste llorando empecinada,
medio ciega,
como un Cid arruinado, como una
Juana de Arco con miriápodos dentro.

Ya los griegos pensaron que un remo contra el agua es una
     alucinación de los esclavos,
¿quién no ha sido mordido por un sueño con ropaje de humo?
***
Así empezó tu diáspora por los cuerpos, destinos y hospitales
      del orbe,
el sol serrano que te cubría a veces ocultaba una seria palidez
       en los alrededores de tus ojos,
hablabas más, más rápido, pero ya tu discurso no era bello
sino mascado, oblicuo como tu vestimenta faraónica,
te movías con movimientos de otra,
tu risa era la triste correría de un heroísmo venido a menos,
aparecías a veces como protagonista única
en sórdidas películas del boulevard Bonne Nouvelle
y tu ternura revolucionaria
se había transformado en arsenal a sueldo del gran mundo.

Cuando quisiste darte cuenta ya eras otra,
ni armadura de oro, ni libertad flotante, ni torres por tomar,
la servidumbre había borrado las huellas lentamente,
tu punto de partida llegó tarde.
***
Ahora no sabes qué hacer con la que eres,
cuesta tanto acostumbrarse a los accidentes ocultos.
Aún te queda inventar nuevos juegos de trampas,
acusarme de haber despiezado como Trujillo hacía
para aliviar el tedio de sus cocodrilos en las tardes de lluvia,
pero mientras
tus ojos no resisten la extrañeza que acusan
el pelo se te cae de puro ajeno.

Me digo: ya no vales la pena.
                                                 Mas te sueño,
disecciono los pasos de la que nunca fuiste,
alzándome y cayendo frente a tu nueva boca.
Siempre seré ese siervo que una noche encontró
los balcones cerrados al tiempo
que una nube de polvo se alejaba.

De Descartes mentía (1970-1974). León, 1977. En El último naipe. Poesía completa. 1970-1990. Mérida, 2010.

Basilio Sánchez, cacereño de nacimiento, es médico y trabaja en urgencias. Es, de otra parte, uno de los creadores extremeños contemporáneos más sólidos, que tiene además un compromiso indeclinable con la palabra y el ser humano.  Para mí, razones más que suficientes para incluirlo en esta selección. Pero está también su manera de entender el ejercicio de la medicina que coincide en algunos puntos con lo que uno piensa debe ser ella y que se relaciona estrechamente con la escritura. Para ser buen médico, tal como yo lo concibo, hay que tener una gran capacidad de observación, competencia analítica, aptitud para la síntesis y acierto en el diagnóstico y las estrategias a seguir para un adecuado tratamiento, todo ello adobado de la dosis necesaria de sensibilidad. ¿Qué otra cosa es si no la escritura?: Mirar, asimilar, decidir y sentir, pero sobre todo mirar con ojo agudo y sagaz.
Tres o cuatro veces, no son más, las oportunidades en las que nos hemos visto en la vida. Muchas más nos hemos escrito y nos hemos hablado por teléfono. Lo conocí en Barcelona, probablemente en el 2008, cuando yo trabajaba en una Mutua laboral y en el Instituto Catalán de la Salud en L’Hospitalet. Acababa de ganar el Premio Tiflos con Las estaciones lentas. Daba una lectura, en un día cualquiera de semana, en una biblioteca pública barcelonesa. Me invitaron al acto Álex Chico y Efi Cubero. Su forma de leer y la manera como contextualizaba los textos, me atraparon y me hicieron interesarme por su poesía. Su trato afable y cercano, hicieron el resto.
Me precio de tener leída casi toda su obra y de tener en mi biblioteca la gran mayoría de sus libros. Los bosques de la mirada, su antología publicada por Calambur, es un libro que consulto y disfruto con frecuencia. Ahí puedo ver con nitidez meridiana su evolución como poeta que explora el lenguaje y mira con detenimiento el bosque de las palabras y el alma humana. Poesía meditativa, intimista, vital, que respeta la esencia del lenguaje, y que me hace reconciliarme con esa búsqueda constante del simbolismo ético por parte del ser humano.
Hace tiempo tenemos pendiente una lectura conjunta en cualquier lugar del país, pero también una mesa de discusión con otros dos médicos amigos y escritores, Orlando Mejía y Octavio Escobar. ¿Qué saldría de tamaño conversatorio?
Va aquí uno de sus poemas más sentidos y sugerentes, que habla del padre, del paisaje, de la memoria y de las asechanzas de la vida.

BASILIO SÁNCHEZ
V

El viento de mi padre
ha empujado las nubes por encima
de los tejados de las casas.

Siempre he presentido las tormentas,
mucho antes que la madera de los establos.

Un día cualquiera, a solas,
me asomo a la ventana y me apodero de pronto
del espacio de Dios.
Con la misma quietud con la que acechan
los ojos de los gatos
desde la indigencia de las cocinas,
contemplo lo de afuera: la nieve cubre el barro
de la misericordia,
la florecilla gris de la mañana.

Veo el hilo de humo blanco de las lavanderías
y el carbón subterráneo,
a la mujer que cruza con su hijo el río de los lodos
y a los hombres que pasan por los desfiladeros
con sus sacos de hojas
en el amanecer de las hogueras.

A lo lejos distingo
la fila interminable de los niños
ante los barracones
con el vaso en la mano para la lecha de la adelfa,
y al puñado de ancianos que dormita
en los cobertizos de la memoria
y en los bancos de piedra de las plazas
en las que se reúnen sus difuntos.

Donde acaba la nieve
comienzan los arbustos y sus pájaros negros,
el murmullo apagado de los hombres
que ya han sido vencidos por la curva del agua.

Como si el viento hubiera sacudido
sobre nuestras cabezas
todas las aceitunas de los árboles,
cada una de ellas con su noche, con su Getsemaní,
en esta claridad de siete pasos
nunca es culpable o inocente del todo.

Allí donde en la página
los signos se bifurcan
para hallar las palabras que puedan consolarnos,
me acompañan las sombras, la medianoche oscura
de los amaneceres imprecisos,
de los cielos diezmados.

Dueño ya para siempre
del corazón de brea del río de las cosas,
me abrazo al pino blanco de los estercoleros
y le grito a la vida como lo haría un hombre
en el primer minuto de su muerte.

De Las estaciones lentas (2008). Tomado de Los bosques de la mirada. Poesía reunida (1984-2009). Calambur, 2010.

Álvaro Valverde, nació también en Plasencia y se jacta de seguir atado a su tierra, desde donde da todas sus batallas, como la encina solitaria de su pueblo que “Sola, en su altura, sosegada, es cifra/ de la vida a que aspira quien resiste”. Docente, ha ocupado diversos cargos administrativos y gremiales, desde donde ha ejercido una muy intensa labor cultural. Su paso por la Editora Regional de Extremadura es gratamente recordado. Poco amigo de adscripciones generacionales, desde muy temprano encontró su propia “voz”, inconfundible en su dicción, reconocible en sus obsesiones, intimista y meditativa, deudora de tradiciones propias y ajenas como los Novísimos y la poesía inglesa. Alguna vez se lo dije claramente, su obra me parece una de las más importantes de la poesía extremeña del siglo XX y, hoy en día, es una de las más respetables de este país. Tal vez no sea más reconocida por su timidez escénica y su escasa voluntad para hacer largos viajes y excederse en lo mediático.
No recuerdo bien cuándo le conocí en persona, ni cuándo empezamos a cartearnos; pero sí cuándo leí por primera vez algo sobre él. Fue en un número especial de la revista El Urogallo dedicado a Extremadura en diciembre de 1990 que compré en la librería Palabras de Manizales, en el cual Miguel Ángel Lama hablaba de los nuevos Modos de ser de la poesía regional. Luego supe de su temprana consagración ganando el Loewe en 1991 con Una oculta razón, libro que sólo pude leer completo muchos años después. Los primeros poemas suyos los debí leer en el 93 en un viaje que hice a Extremadura o cuando ya me instalé en Madrid para estudiar en la Complutense a finales del 94.
Lo más probable es que empezáramos a cruzar correspondencia a finales de esa década. Tal vez cuando yo estaba de nuevo instalado en Colombia como asesor de los Ministerios de Salud y Comunicaciones, entre el 98 y el 2000. Seguramente algún motivo literario nos hizo contactar. Sí que tengo presente que lo consulté para un trabajo que estaba haciendo para un proyecto del Banco de la República parecido a éste (seleccionar cinco poetas que uno valorase especialmente, siendo él uno de los elegidos por mí. Curiosamente por aquella época ya empezaba a reconocer dentro de mi tradición literaria a algunos de mis contemporáneos extremeños). En todo caso, ya para el año 2002 nuestra comunicación era bastante fluida porque recuerdo muy bien haberle dado cuenta en un mensaje muy sentido del asesinato del poeta y periodista Orlando Sierra, amigo mío y miembro del llamado Grupo de Manizales, con el cual estábamos preparando un número especial del suplemento cultural de La Patria dedicado a Extremadura que, por lógica, se vino al traste. Desde entonces hemos mantenido una correspondencia sostenida y con cierta regularidad. Hablamos de política, de literatura, de gestión cultural, de asuntos personales y, cómo no, a veces nos contamos nuestras cuitas y también, con mucho desenfado, sacamos a colación alguna que otra leyenda urbana o insucesos de la vida artística nacional o internacional.
Valverde ha sabido siempre de mi interés en tender puentes entre Extremadura y las tierras de más allá del Poniente. Supo darle forma al sueño que anhelé durante muchos años y puso toda su voluntad para que el proyecto Letras Americanas de la Editora Regional de Extremadura cuajara y empezara con buen pie; tarea que luego siguió su sucesor al frente de la ERE, Luis Sáez, pero que una administración posterior dejó agonizante por desidia o simple desinterés por los asuntos de América.
Más allá de la amistad y el afecto que le tengo, valoro profundamente su poesía, especialmente la de sus libros Desde fuera, Plasencias y Más allá, Tánger. El primero porque me lo regaló mi hijo de cumpleaños en Barcelona y por los poemas dedicados a su padre (Entonces la muerte); el segundo porque habla de un tema que siempre ha sido afecto a mi obra poética y narrativa, “la ciudad” y “mi pueblo”, y porque leyéndolo, por identificación, sentí ese espíritu que animó en tiempos, cuando vivía en Brasil, la escritura de un largo poema mío homenaje a Don Benito y a mis ancestros calabazones: Se abren puertas. Y el tercero, porque es un bellísimo homenaje a la ciudad de Tánger, tan mítica ella, pero sobre todo porque es un acto de amor, un homenaje a su esposa, personaje sustancial en su vida y porque, como dice Fernando Aramburu es un libro “…de un alto valor confidencial, de una naturalidad austera y de una belleza expresiva que no olvida descansar en la emoción”.
Sin embargo, para este trabajo, he decidido mostrar un poema suyo de su libro del Loewe, que no es precisamente de los más conocidos de esa obra, pero con el que me identifico plenamente por su carácter evocador y nostálgico y porque, sin conocernos, y viviendo tan lejos, había algunos trasuntos poéticos que ya nos acercaban. Enclave tiene el tono meditativo y estuporoso de algunos poemas míos juveniles como Esperándonos (1976): (Hay que ser como un crepúsculo,/ para estar aquí,/ sentados en un instante/ de nuestras vidas,/ esperándonos/ a nosotros mismos).

ÁLVARO VALVERDE
ENCLAVE

Como quien nada espera,
sentado frente al muro que levanta
dos árboles meciéndose,
mirando en la distancia
la sombra desvaída de la ausencia,
la torpe maquinaria de las horas.
Como quien ve pasar delante – sin moverse-
la película gris de los recuerdos
y en nada ya repara o desespera,
sin que se note apenas, olvidándose.
Así, desde la noche, en el origen,
en el turbio presente casi exacto
de una vida pasada inútilmente,
ese ser que yo he sido -sin conciencia
siquiera de saberlo-, la figura
que ahora me contempla – la inocente
apariencia de su rostro-, parece interrogar
ante el espejo
una razón que valga la respuesta
de estar -frente a este tiempo-
aquí esperando.

De Una oculta razón, 1991. Premio Loewe. Tomado de Un centro fugitivo. Antología poética (1985-2010). La Isla de Siltolá, 2012.

María Rosa Vicente Olivas nació en Madrid, pero vivió ya en Don Benito siendo muy niña, donde mostró su talento literario desde muy temprano. La publicación de su libro Llamarada azul en 1974 con apenas catorce años, la volvió un personaje reconocido y mediático, sobre todo después de haber aparecido en el famoso programa de televisión de José María Íñigo, en horario de máxima audiencia, que yo recuerdo haber visto con ojos de asombro y admiración, especialmente porque era una chica de mi pueblo.
Nos conocimos en el Instituto Luis Chamizo, donde coincidimos haciendo el Curso de Orientación Universitaria. Ella pensaba estudiar filología en Salamanca y yo medicina en Badajoz. Hicimos buenas migas, y con otros amigos como Paco Señor y Javier Alberto Martínez, fundamos un grupito al que dimos por llamar El Círculo Cuadrado que revolucionó el cotarro cultural de la región. Quedó finalista del Adonáis de 1977 con Canto de la distancia, lo que acrecentó su prestigio y la admiración de todo el mundo. La estima mutua fue mucha y su liderazgo literario, evidente. Me invitó a escribir la introducción a su libro Escalera de ratas (1977), publicado por Esquina viva. Compartimos muchas cosas, vivencias, sueños, confidencias, dolores y esplendores. Nos mostrábamos nuestros escritos y nos hacíamos sugerencias; no, mejor dicho, ella era la que sugería y uno el que aprendía de su precoz maestría. Era tanta la confianza y la estima, que en muchos de sus escritos de esa época Marochi nos homenajeaba a los amigos dedicándonos muchos de sus poemas y, a mí, particularmente, me convirtió en personaje de alguno de ellos. Crónica en papel de encina, un libro que escribió en 1977, en mi opinión de gran calidad, contiene poemas donde habla de mi tierra colombiana, de sus indios y café. Me regaló el manuscrito del libro, que conservo como un tesoro.
Gracias a ella conocí a Fernando Aramburu en 1978. Ellos ya se trataban de antes. Vino el donostiarra a visitarla y, dado que estaba enfermosa, lo atendimos Paco Señor y yo. Se llevó de regreso poemas nuestros y en el verano salió publicado en la famosa Kantil, donde él colaboraba, un poema mío y de otros poetas dombenitenses. Ese hecho, más el éxito e influencia de los Juegos Florales del Claret, más el fenómeno Marochi, me han permitido afirmar desde hace muchos años que la poesía contemporánea en Extremadura nació en este pueblo y no en Cáceres, como afirman muchos académicos universitarios.
Desde aquella época no volvimos más a vernos, hasta que yo volví a España a estudiar a la Complutense a mediados de los noventa. El Ayuntamiento de Don Benito había creado un Fondo Editorial, en el que yo colaboraba, y ahí se le publicó un libro titulado El libro de los bosques (1977-1977) que reunía todos sus libros publicados hasta entonces. De nuevo perdimos el contacto, aunque nunca he dejado de estar pendiente de sus publicaciones, escasas, muy escasas, por cierto. Barrunta uno que su esplendor temprano haya condicionado su evolución posterior y su nivel de exigencia.
Marochi, con Pureza Canelo, Ada Salas, María José Flores, Irene Sánchez Carrón o Efi Cubero, constituyen el grupo más destacado de mujeres poetas de esta región, en mi modesta opinión. Cualquier poema de cualquiera de ellas tiene méritos suficientes para aparecer aquí. En todo caso, aquí quiero rescatar un poema de aquellos que ella me dedicó, por amistad, por afecto, pero también por la calidad que lo adorna.


MARÍA ROSA VICENTE OLIVA
PENSANDO EN UN INDIO

Ojos de niño sin color,
un día,
cuando ensayaba la culebra sus ritos ancestrales,
y el corazón lleno de plumas se dormía en silencio,
el hechicero machacando
 estrellas
nos hablaba del polvo de la luna
                y sus poderes mágicos,
                augur de mi silencio entristecido.
Canción llena de rabia, de espuma,
         desengaño, silencio,
cobardía y absurda
             explicación magnética
                                              de lo sensible.
Sin máscara,
                       tu vida es tanto y a la vez tan poco,
pedazo de otra tierra,
                                tan lejos y tan cerca,
                   siempre en el corazón,
                              ahogando,
                                         invocando la lluvia
rezando al maleficio de los sapos
y el secreto abisal
                               de las luciérnagas.
Niño triste,
                     niño siempre,
                                                 niño,
tu nostalgia es el mundo
                               de la leyenda
                                               y de la fantasía.
Estamos todos tan llenos de tu tristeza
que ya no basta
                              un
                                       c               o
                                           u         c
                                               e  n                   de luna
                                                                        para guardar
                                                                               las lágrimas.

Comentarios

  1. Creo que te falta nombrar a uno de los mejores...Rufino Felix

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    1. Sí, conozco algo de la obra de Rufino, y a fé mía que es buena. Eso tienen este tipo de ejercicios, que son limitantes y subjetivos.
      Antonio María Flórez

      Eliminar
  2. Creo que te falta nombrar a uno de los mejores...Rufino Felix

    ResponderEliminar

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Querido Julio,
no sabría decirte si Silvio es tu mejor cuento, aunque lo menciones con tanto entusiasmo en tu diario. Debo admitir que me pone a pensar. Te veo en su soledad, me veo a mí, a los dos, hurgando entre aquel rosedal para entender la vida. Pues “no podía ser esa cosa que se nos imponía y que uno asumía como un arriendo, sin protestar”.
A mí, por ejemplo, me gustan más tus cuentos de borrachos, de pobres diablos. Quizá porque soy uno de esos y, cuando te leo, siento que me estás escribiendo. Si creyera en un dios, seguro sería como tú, Julio: con tus cigarrillos, con tus dos pozos a punto de desbordarse por tu cara, con tu cuerpo como una calavera, con la piel forrándote los huesos igual que un caucho quemado por el sol.
Las botellas y los hombres, Los gallinazos sin plumas. ¡Qué cuentos! También el Embarcadero, por supuesto, que describes como lleno de una aplastante tristeza. Yo escribí uno de borrachos donde tú apareces. ¡Qué gusto sentí al sentarte frente a la vieja mesa …

Cinco características del buen cuento

Javier Zamudio*

Teoría del Iceberg
Un buen cuento es inagotable. Muestra un instante de la vida que no podemos atrapar con una mirada. Se necesitan múltiples observaciones y con cada par de ojos adquiere un sentido distinto. Puede ser simple: estar dotado de un solo personaje, una sola situación, pocos elementos. No por tener más personajes, tendrá más hondura. Tampoco por retratar muchas situaciones. En un buen cuento la hondura no está relacionada con un número, es una característica que escapa a lo cuantificable. Depende de los personajes, de las situaciones y de esta combinación macabra con lo incierto. Para conseguir estar a la altura de esta característica, el cuento debe ser un iceberg con una superficie escarpada, peligrosa.
Tomar riesgos
El orden superestructural no rige en un buen cuento. Lo que no significa que lo desconozca. Puede comenzar con un nudo y ser una enorme trenza cuyo desenlace es una pregunta larga que deja despierto al lector. Si el cuento ha conducido al lector …

Historias clínicas, unos poemas

Poemas del libro de Octavio Escobar
Octavio, 58 años Hace quince días un dolor en el pecho cerró sus ojos. Todo se hizo precario, sudoroso. Lo sostuvieron los pinchazos, la inflexibilidad de la camilla, el oxígeno en cuya existencia ya no cree, la voz y las manos que conoce.
Los últimos años han reñido por novios, horas de llegada y salida, cigarrillos de mútiples especias; por una caja de anticonceptivas que según ella compró para cuadrar el ciclo, por semestres perdidos o apenas ganados. Han arruinado fiestas, aniversarios, paseos, y cavidad por cavidad han dividido el miocardio materno.
No volvieron a fútbol ni a buscar algodón de azúcar los domingos, ni a ver juntos películas de terror, ni a amar, en lamentable sostenido, con Nino Bravo y Sandro de América.
Sin embargo allí están sus manos, la voz aniñada diciendo que lo quiere, y los pulmones maman de la mascarilla con el desespero de un recién nacido, y vencen la terquedad de las costillas.
Amanda, 30 años
La médica le recuerda que es la tercera vez que…

El registro clínico de Octavio Escobar

Yeni Zulena Millán

Escobar Giraldo, Octavio. Historias clínicas.
¿Cómo podría describirse un hospital? Quizá como un exceso de luz; una luz blanca y filosa, un ojo sin párpado que trocea y clasifica capa por capa a todo el que se ve obligado a entrar allí. Si lo que nos empuja a sus entrañas es encontrar el alivio, no pocas veces termina descubriéndonos dolores peores; llagas solapadas en el paliativo de no hallarnos a solas, de encontrar algo –una tarea, una discusión, un affaire – que nos impida bajar la cremallera y ver el cadáver que nos aguarda pacientemente.

Con  Historias clínicas  Octavio Escobar despoja a aquel no lugar de su niebla aséptica y su inmunidad olorosa a cloroformo; revierte el proceso de pacientes y diagnósticos, cuya presencia se reduce a la simulación cartácea, y cede la voz a los humanos frágiles, los salva de la despersonalización de los formularios, los uniformes, los diálogos neutros en los que cada quien sabe que el otro está pensando sólo en su propio tiemp…

Correspondencia abierta

Incomparable Carmelina
Cierro los ojos con fuerza y aparecen las flores árticas que producen sus versos. Se hace la noche y me introduzco en esa habitación con pez y lámpara; como un fantasma en víspera de una próxima vida, trato de descifrar esos susurros, de ver la adolescencia de esos rostros que atestiguaron la conversión de sus ojos en un salar interrogante.
Tanto tiempo ocupado y tan poco disponible para preguntarse. Sábato lo vio venir; una inminencia de máquinas desoladas, de vidas comprimidas y opacas, de ceguedad ante el otro: la enfermedad de hoy es la soledad de embarcadero, la de la risa desgonzada. Distinta usted, porque lo sabía: verse a sí misma era permitir que alguien más no desapareciera; sin importar si el día fuera fabricado entre gritos, sólo importaría estar vivo, cumplir con ese acto vital de júbilo y lamento.
Resistir, resistir… especie de maná imperativo ¿Dónde hallar combustible para reconfortar el espíritu, para revivir esas almas otrora ardientes? Atizar el r…

El visitante, de Andrés Elías Flórez Brum

John Jairo Zuluaga*
Andrés Elías Flórez Brum, El visitante, Bogotá, Caza de Libros-Pijao Editores, 2008. 76 P.

Un lector silvestre que recorra las páginas de la novela corta: El visitante puede encontrarse con una historia del montón. Una de tantas, en las que se ven inmersas, a menudo, personas de cualquier pueblo del trópico colombiano.
En cambio, un lector avisado encontrará en esa misma obra un refinamiento técnico que vale la pena mostrar.
La obra sigue la tradición de novelas construidas con marco de composición, tal como lo evidencian Las mil y una noches, El Decamerón y, en el caso colombiano, La vorágine, de José Eustasio Rivera. El marco de composición: “Se construye a la manera de un formato previo e independiente, que antecede y da paso a la historia central, y luego lo cierra. Ese formato introductorio que luego cierra al final, se parece al marco de un cuadro de pintura, porque desde afuera rodea la historia central”. (Isaías Peña, El universo de la creación narrativa). 
En …

Correspondencia abierta (II)

Carta para Don Fernando, poeta desconocido en la ciudad.
Escribir con temor, avanzar con las letras mientras a la memoria llegan los versos que usted, Don Fernando Arbeláez Garcés escribió, tal vez, para que alguien como yo, un hombre de provincia, viera la luz del mundo. Temblar al escribir para usted, porque sus poemas son las voces que el viento trajo hasta aquí para llenar los días de Humo y preguntas y no poder detenerme al escribir que su muerte se borra de las páginas de los diarios locales y en la memoria de los hombres de su ciudad (de neblina y ceniza) su nombre es ajeno. Quiero escribir esta carta para arrebatarlo del olvido, como una acción de gracias para usted al que me ata una amistad benévola y tirana, escribir como un acto de reivindicación para su fantasma que se quedó a vivir en mi biblioteca y se empeña en repetir que en el fondo de estacalle encontraré unas manos. Es agosto, bajo la fría luz de Manizales su poesía me habita, y el aprendiz que soy lee las señales que …

Correspondencia abierta (IV)

Querida Ágatha, pude haber enviado esta carta antes de tu muerte. Previo a aquel triste inicio de 1976, ya había bebido, a tragos cada vez más cortos, apremiado por dilucidar tus tramas de tenues pistas sembradas en cada párrafo y  por saber quién o quiénes fueron los asesinos, las adictivas pócimas de tus relatos policiacos; no obstante, salvo algún anónimo de retorcida caligrafía, dirigido a Patricia T., sección femenina en el colegio del barrio, iniciando el bachillerato, excepto una que otra tarea escolar redactada con desgano, y lacónicas postales cruzadas con mi primo Edilberto, becado en una universidad gringa, no había escrito entonces una línea.
Bueno, querrás enterarte del motivo de mi mensaje, más de cuarenta años después del inicio de tu sueño eterno. Bien, hace poco recibí en el buzón (hoy día ya no consiste en la romántica urna con cerradura y pedestal donde coincidían facturas, avisos comerciales, o mensajes de enamorados, ni está en el exterior de las viviendas, sino…