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Cien flores amarillas para Gabo (I)




Revista Corónica invitó a un grupo de amigos a decir cuál de los libros del Nobel colombiano ocupa la cúspide de sus afectos. Esta es la primera entrega de dicho homenaje múltiple a García Marquéz.


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Dulce María Ramos*

En realidad no tengo un libro favorito de Gabriel García Márquez, pero sí le profeso un cariño especial a tres obras que marcaron, de alguna manera, mi vida académica y  profesional entre  la literatura y el periodismo. El primero fue Relato de un náufrago, me lo mandaron a leer cuando estaba en el colegio, tendría doce años, en esa época no había biblioteca en mi casa y mucho menos libros, así que lo releí muchas veces, tanto que podía recitarlo de memoria.  Años después, cuando di clases junto a mis alumnos me volví a encontrar con Luis Alejandro Velasco.
Ya en mis años universitarios en la escuela de Letras,  me topé con Pablo Escobar en la historia de Noticia de un secuestro, una de las lecturas obligatorias de un seminario sobre periodismo que daba el profesor Ítalo Tedesco, quien era admirador del Gabo y nos recomendaba también leer sus famosas crónicas.  Finalizando la carrera en la materia de Literatura Latinoamericana, ya con veinte y tantos, visité por primera vez Macondo, sí llegué tarde pero los libros aparecen en su momento, ni antes ni después.  Quizás ahora podría reclamarle a la profesora o a las monjitas por ceder a los caprichos de mis compañeras del liceo que decían, sin haber abierto una página, que Cien años de soledad era una novela difícil, así que solo leímos algunos fragmentos. A pesar de todo tuve la suerte de leerla y estudiarla en la universidad, ojalá que esas compañeras quinceañeras la hayan leído. 

*Periodista.

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Gustavo Arango*

Cien años de soledad es la novela de un escritor con aspiraciones de entrar al grupo de los que no es posible ningunear. García Márquez se preparó por muchos años para escribirla; se vio acosado por dificultades, alejado por distracciones y desalentado por invitaciones a darse por vencido. Es un triunfo de la fuerza moral, pero la necesidad de impresionar es inocultable.  El amor en los tiempos del cólera es la novela de un hombre que conoce el corazón humano y es capaz de juntar lo cursi y lo sublime, el arte elevado y la gracia del folletín sentimental; pero hay pasajes donde el perro ladra echado. Del amor y otros demonios es la novela de un hombre que ha llevado el conocimiento y el dominio de su oficio a las alturas de la sencillez y la transparencia; pero se nota algo de cansancio. Por eso me quedo con El otoño del patriarca, la novela del escritor en el momento culminante de su fuerza creativa, de claridad mental, cuando ya no tiene necesidad de impresionar, cuando no requiere convencer a nadie de su talento y está dispuesto a hacer una novela perfecta y como le da su real gana. De paso es la novela sobre la fuerza sombría con la que cada uno convive cada día, a veces combatiéndola y muchas más veces cediendo a sus pedidos: el poder, el dominio, el afán de que el mundo y sus criaturas se sometan a nuestro deseo de primar.

*Novelista.
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Carlos Castillo Quintero*

En 1981, un año antes de que le concedieran el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez publica Crónica de una muerte anunciada, novela breve en la que narra el asesinato de Santiago Nasar a manos de los hermanos Vicario, quienes con ese crimen cobran una supuesta deuda de honor: la desfloración de su hermana Ángela. Gabo ya había demostrado con suficiencia sus dotes de novelista con El coronel no tiene quien le escriba (1961), novela de inasible perfección; con Cien años de soledad (1967), en donde reinicia el mundo y le da nombre a cada cosa (incluida la literatura colombiana); y con El otoño del patriarca (1975), lección posdoctoral en la que demuestra que sabe todo lo que hay que saber del oficio. En paralelo ha publicado sus crónicas periodísticas, en especial Relato de un náufrago (1970), libro por entregas en donde pone en entredicho la necesidad de diferenciar entre reportaje y ficción. Es, sin embargo, en Crónica en donde alcanza la maestría. La novela le cuenta al lector, en el primer párrafo, de qué trata el asunto, lo libera del suspense y lo deja en manos del arte novelístico. Uno lee no para saber qué pasó, sino para disfrutar de la habilidad genial del escritor. En esta novela todos los personajes están obligados a cumplir con su destino, las palabras sobre el papel desarrollan una trama contada por el propio Gabo que funge como narrador en su libro. Y, como si esto no bastara, la novela (basada en hechos reales) está escrita en el mejor estilo periodístico y, no obstante, el resultado final es ficción pura, literatura, como debe ser. Lo dijo García Márquez, en 1981, en declaraciones al diario EL PAÍS en ciudad de México, el mismo día en que se ponía a la venta el primer millón y medio de ejemplares de su libro: «Esta es mi mejor novela, la que mejor he podido controlar».

*Novelista y poeta.

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Gloria Chávez V*

La obra maestra de GGM es por supuesto Cien Años de Soledad. Lo leí maravillada la primera vez, lo lei en ingles para comprobar que la magia traspasaba la barrera del idioma y en la fidelisima traduccion de Gregory Rabassa a quien tuve la oportunidad de entrevistar. Lo leí nuevamente en español para descubrir que la narrativa de GGM no solo se renueva en la lectura sino que inspira creativamente al lector.

*Periodista.

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Alister Ramírez Márquez*

Crónica de una muerte anunciada me llama mucho la atención porque allí hay una historia que aparentemente es muy sencilla: matan a un muchacho de un pueblo porque una joven lo acusó de haberse acostado con ella.  Para un lector del siglo XXI del mundo occidental, en sociedades no tradicionales, un argumento de un asesinato por cuestiones de virginidad, y originado por un chisme de una adolescente no tendría demasiado interés. Hoy, hasta los secretos de las personas más reservadas y de los lugares más remotos de la Tierra salen a la luz pública en internet u otros medios no regulares de comunicación.  Pienso que si a Santiago Nasar le hubiera tocado vivir en la actualidad en uno de esos mismos pueblos caribeños, las chicas ya lo hubieran expuesto en facebook por acosador, montador, sinvergüenza y mujeriego, causándole la muerte virtual.  Sin embargo, es el ojo y la pluma de periodista investigativo de Gabo las que llevan al lector por los vericuetos para deducir como un detective de cómo y porqué sucedió el hecho. Esto hace, por ejemplo, que este se convierta en un relato excepcional.  Montada sobre la estructura clásica de una tragedia griega, en la cual el destino es inexorable, y de una novela policiaca, esta historia escenificada en el trópico es para mí fascinante porque también, además de mostrar su gran habilidad de narrador, se aparta de eso que se inventaron los críticos y estudiosos, es decir, del realismo mágico, y que llega a ser desconcertante, artificioso y empalagoso.  

*Novelista.

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José Hoyos*

Un verso de Serrat dice que todo lo que hacemos los hombres en la vida, lo hacemos por el amor de una mujer. Las novelas de García Márquez son, todas, sobre el amor. Florentino Ariza es un temerario: encarna todas las candelas de los amores contrariados. Este pudo ser el argumento de un melodrama patético, y no lo fue por dos razones simples: la prosa poética que se pone del lado de todo lector capaz de sentir amor, y la inmensidad de subtramas de orfebre que la componen. La novela empieza en un funeral y termina en un barco, además de otros influjos de la tradición francesa. Las indagaciones a Luisa Santiaga y Gabriel Eligio acerca de su juventud tenían el propósito de conocer la realidad para poder descomponerla y volverla relato, narrar de manera que cada detalle lleve al siguiente y hacerlo parecer tan natural, tecniquerías destinadas a engarzar al lector hasta que se sienta incapaz de abandonar el libro. La navegación fluvial, las travesuras viriles, el absurdo de los costumbrismos, los recatos morales de hace un siglo, los empeños del corazón capaces de doblegar a la propia vejez, el culto del orgullo al que se consagra una mujer, la cultura popular caribe, el telégrafo que retrata una época, el amor como “único fuero capaz de retar a la muerte”: tejeduras de El amor en los tiempos del cólera, un poema de quinientas páginas. Fermina Daza y Florentino Ariza han dejado de ser dos ancianos enamorados que huyen en un barco y han pasado a ocupar un lugar en la vida real. Certificaron la afirmación de Stevenson de que la potencia con que nos impactan ciertos personajes literarios nos hace olvidar que son solo una ristra de palabras.
*Cuentista.


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Cinco características del buen cuento

Javier Zamudio*

Teoría del Iceberg
Un buen cuento es inagotable. Muestra un instante de la vida que no podemos atrapar con una mirada. Se necesitan múltiples observaciones y con cada par de ojos adquiere un sentido distinto. Puede ser simple: estar dotado de un solo personaje, una sola situación, pocos elementos. No por tener más personajes, tendrá más hondura. Tampoco por retratar muchas situaciones. En un buen cuento la hondura no está relacionada con un número, es una característica que escapa a lo cuantificable. Depende de los personajes, de las situaciones y de esta combinación macabra con lo incierto. Para conseguir estar a la altura de esta característica, el cuento debe ser un iceberg con una superficie escarpada, peligrosa.
Tomar riesgos
El orden superestructural no rige en un buen cuento. Lo que no significa que lo desconozca. Puede comenzar con un nudo y ser una enorme trenza cuyo desenlace es una pregunta larga que deja despierto al lector. Si el cuento ha conducido al lector …

CINCO POEMAS DEL MAGDALENA

Por: Angélica Hoyos Guzmán
Es una tarea de canonistas escoger sólo cinco, sobre todo interpretando una definición de algo que aún se escapa de los más eruditos y sofisticados pensamientos ¿Qué es poesía? Me han pedido seleccionar cinco poemas del Magdalena colombiano y más allá de la filiación de esta tierra, me preocupa dejar por fuera algo o mucho dentro de mis preferencias. Por eso me remitiré al más común de todos los filtros, el de la publicación, o el más cercano que tengo, el de los libros que me han regalado y que son de poetas nacidos o adoptados por el Magdalena. Dejaré por fuera las fotos de Leo Matiz, aunque me parecen poesía pura; también se irá de este apartado “La piragua” que me lleva lugares de mi infancia y los más recónditos paisajes. Tendré que nombrar en lo que dejo a los decimeros del Departamento del Magdalena, quienes aún hoy cantan sus historias de la rivera. Es un acto de total injusticia escoger cinco poemas.
Pero aquí voy a poner orden a mis afectos, a veces…

Correspondencia abierta (V)

Señor Lem:
Usted es un tipo inteligente: en su autobiografía escribió que su coeficiente intelectual es de 180. A los 15 años, en 1937, usted era uno de los jóvenes más brillantes de toda Polonia, pero no necesitaba ser un genio para saber que ninguna distinción le serviría a un descendiente de judíos en los albores de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, la inteligencia solo servía para burlar la muerte.
Tengo entendido que evadió a los nazis con papeles falsos, aunque varios de sus familiares fueron asesinados. De la remembranza de aquellos días surgieron novelas como Memorias encontradas en una bañera (1961), cuyo título evoca recuerdos hundidos en las lagunas de la mente. Sin embargo, se trata de una novela de ciencia ficción. Casi todas sus obras exploran el futuro.
El primer libro suyo que leí fue Golem XIV (1981), en diciembre de 2013, gracias a una persona que nunca supo el tremendo favor que me hizo. Golem XIV, esa supercomputadora que usted describe, me pareció fascinante…

Correspondencia abierta (III)

Querido Julio,
no sabría decirte si Silvio es tu mejor cuento, aunque lo menciones con tanto entusiasmo en tu diario. Debo admitir que me pone a pensar. Te veo en su soledad, me veo a mí, a los dos, hurgando entre aquel rosedal para entender la vida. Pues “no podía ser esa cosa que se nos imponía y que uno asumía como un arriendo, sin protestar”.
A mí, por ejemplo, me gustan más tus cuentos de borrachos, de pobres diablos. Quizá porque soy uno de esos y, cuando te leo, siento que me estás escribiendo. Si creyera en un dios, seguro sería como tú, Julio: con tus cigarrillos, con tus dos pozos a punto de desbordarse por tu cara, con tu cuerpo como una calavera, con la piel forrándote los huesos igual que un caucho quemado por el sol.
Las botellas y los hombres, Los gallinazos sin plumas. ¡Qué cuentos! También el Embarcadero, por supuesto, que describes como lleno de una aplastante tristeza. Yo escribí uno de borrachos donde tú apareces. ¡Qué gusto sentí al sentarte frente a la vieja mesa …

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Los últimos años han reñido por novios, horas de llegada y salida, cigarrillos de mútiples especias; por una caja de anticonceptivas que según ella compró para cuadrar el ciclo, por semestres perdidos o apenas ganados. Han arruinado fiestas, aniversarios, paseos, y cavidad por cavidad han dividido el miocardio materno.
No volvieron a fútbol ni a buscar algodón de azúcar los domingos, ni a ver juntos películas de terror, ni a amar, en lamentable sostenido, con Nino Bravo y Sandro de América.
Sin embargo allí están sus manos, la voz aniñada diciendo que lo quiere, y los pulmones maman de la mascarilla con el desespero de un recién nacido, y vencen la terquedad de las costillas.
Amanda, 30 años
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El visitante, de Andrés Elías Flórez Brum

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Andrés Elías Flórez Brum, El visitante, Bogotá, Caza de Libros-Pijao Editores, 2008. 76 P.

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¿Cómo podría describirse un hospital? Quizá como un exceso de luz; una luz blanca y filosa, un ojo sin párpado que trocea y clasifica capa por capa a todo el que se ve obligado a entrar allí. Si lo que nos empuja a sus entrañas es encontrar el alivio, no pocas veces termina descubriéndonos dolores peores; llagas solapadas en el paliativo de no hallarnos a solas, de encontrar algo –una tarea, una discusión, un affaire – que nos impida bajar la cremallera y ver el cadáver que nos aguarda pacientemente.

Con  Historias clínicas  Octavio Escobar despoja a aquel no lugar de su niebla aséptica y su inmunidad olorosa a cloroformo; revierte el proceso de pacientes y diagnósticos, cuya presencia se reduce a la simulación cartácea, y cede la voz a los humanos frágiles, los salva de la despersonalización de los formularios, los uniformes, los diálogos neutros en los que cada quien sabe que el otro está pensando sólo en su propio tiemp…

Correspondencia abierta

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Correspondencia abierta (II)

Carta para Don Fernando, poeta desconocido en la ciudad.
Escribir con temor, avanzar con las letras mientras a la memoria llegan los versos que usted, Don Fernando Arbeláez Garcés escribió, tal vez, para que alguien como yo, un hombre de provincia, viera la luz del mundo. Temblar al escribir para usted, porque sus poemas son las voces que el viento trajo hasta aquí para llenar los días de Humo y preguntas y no poder detenerme al escribir que su muerte se borra de las páginas de los diarios locales y en la memoria de los hombres de su ciudad (de neblina y ceniza) su nombre es ajeno. Quiero escribir esta carta para arrebatarlo del olvido, como una acción de gracias para usted al que me ata una amistad benévola y tirana, escribir como un acto de reivindicación para su fantasma que se quedó a vivir en mi biblioteca y se empeña en repetir que en el fondo de estacalle encontraré unas manos. Es agosto, bajo la fría luz de Manizales su poesía me habita, y el aprendiz que soy lee las señales que …

El abrigo de las letras

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Hace poco repasé uno de los tantos decálogos que existen sobre cómo escribir cuentos. Siempre, como en todos los consejos, aparecen opiniones diferentes entre uno y otro autor a partir de su experiencia, lo que ellos consideran que debe tenerse en cuenta al momento de escribir. En ese decálogo encontré dos elementos que llamaron mi atención, y que, a mi juicio, creo que son fundamentales para que exista la idea inicial de un cuento: deben trascender la anécdota y debe ser contundente, que deje una emoción cuando el lector termine de leerlo. Eso es básico. Y es una discusión que he visto entre colegas en estos días por Facebook alrededor de la necesidad de recuperar la fuerza y el lenguaje de los cuentos, donde debe pasar algo y no simplemente la necesidad de contar una historia, porque, una vez más, lo único que termina por narrarse es una anécdota.

Y estos dos elementos los encontré en el libro de cuentos El abrigo, del escritor tolimense Jorge Eliecer Pardo. E…