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Correspondencia abierta


Apreciado señor Golding: 

El Señor de las Moscas describe casi exactamente el lugar en el que vivo. No el geográfico, aunque mi fría ciudad queda, por extraño que suene, en el Trópico al que se refiere su libro. De lo que hablo es de ese mundo bipolar que usted construye: Un mundo hostil y amarmolado lleno de vestidos almidonados que se van desliendo hasta dejar al desnudo la vulnerabilidad y las almas caníbales. Esa es la atmósfera que he percibido a mi alrededor desde que tengo memoria.

Me reconozco también a mí misma en sus personajes y en su inocencia fracturada. Primero logré verme en un niño que descubre la majestad de ese mundo paradisíaco de libertad ilimitada y que corre con los pies desnudos sobre la arena, con la modesta alegría de existir. Luego me veo en el temeroso. Ese de gafas gruesas que no está seguro, pero que sabe cómo habitar ese mundo porque lo ha visto diseccionado en las enciclopedias, se lo han contado en los estrictos salones de clase, se lo inyectaron en la sabiduría prestada que lo ha vuelto adulto sin serlo. Luego me veo a los ojos del tercero, el más temible por ser el más humano. El muchacho arrogante que mira desde su pedestal de perfección escolar al resto de la humanidad. El que no dudará en desgarrar su santurronería de coro juvenil para dejar salir al animal más cruel y hambriento que lleva dentro. Ese que escondemos todos, pero que alejamos blandiendo una rama ardiente para que no nos obligue a matar a quien nos empuja en Transmilenio. Y también soy cada niño descorazonado que, teniendo la libertad absoluta de vivir en una isla desierta, se sienta a esperar, anegado en llanto, a que alguno de esos tres chicos mayores le diga cómo hacer para no extrañar todo lo que ha perdido.

Vi al carismático  líder bienintencionado, a la miedosa razón y al egocentrismo salvaje atacarse con lanzas, tratar de aplastarse con piedras descomunales, hostigarse a dentelladas con odio e hincarse ante el Señor de las Moscas: una cabeza de cerdo que representa la creencia oscura de que anular al otro, borrarlo, es la única garantía de poder sobrevivir. Su libro describe con una precisión espeluznante lo más primitivo y perverso que palpita en el fondo de la civilización y que, en las condiciones adecuadas, logra destrozar cualquier dejo de compasión posible. A través de sus palabras descubrí que la partícula de cualquier guerra está incrustada en el corazón de cada ser humano. Su inoculación termina en el momento en que los ojos de la ingenuidad dejan de ver el mundo y el miedo reemplaza a la sorpresa.

Una vez la maquinaria del odio se pone en marcha, detenerla es imposible. Va encendiendo alarmas y paranoias en las personas que encuentra a su paso. Va arrasando con la esperanza, incendiando las creencias (por más absurdas e infantiles que sean), fabricando enemigos, acelerando la muerte. Ni siquiera después de detenerse se detiene, porque sus cicatrices son indisolubles. Ese es el mundo en el que el miedo me dice que vivo, señor Golding. Pero algo me dice que puede llegar la marina inglesa. 

Con temeroso afecto,

Liliana Guzmán

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