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Tiempo reunido, dos poemas




Juan Aurelio García G.


Díptico
I
Calma chicha

Por un momento doy el paso a un costado
del ruido del mundo

Escucho música para yoguis o derviches
mientras avanzo cautelosamente
en mi bicicleta estática

Sudo a mares intentando
poner mi pensamiento en blanco
ya de por si agujereado sin redención
por todas las plagas aprendidas
de mis pasiones insanas

No es que sea feliz
pero obtengo la droga de cierta calma chicha
 por la vía impolítica
 de no pensar en los otros

La calma de hoy
mi paga de hoy
 la calma mía
mi calma por hoy
mi paga

II
Enchapado en oro

O
Simplemente
 vivir
como el Buda
de los ojos cerrados
dirigidos al vacío
de todo y de sí mismo
siempre de antemano sabiendo
que en cualquier momento
algo va a explotar
de nuevo

***

Momento

Que el mundo exista de verdad es un peligro
que uno salga temprano del trabajo
con la ingrata fortuna de que al cielo le dé por
/despejarse
 y caiga el sol a chorros
 sobre la hierba mojada por la lluvia de un día
 es peligroso

Sucede que los rostros de la bruma se iluminan
como tocados por una gracia divina
 y emergen de cara al sol
como si recién apenas los crearan y empezaran
a existir con esa naturalidad duramente adquirida
de espigas movidas por el viento

Si
empieza uno a sentirse perdido
sin poder acertar con el acto y el gesto
 que el libreto exigía

¡Ah!
cómo desconcierta esta súbita luz del sol sobre los
                                                                                      /rostros
este tránsito de sombras y gusanos en cosecha
 a criaturas con nombres y con sueños

No sabe uno qué hacer
se le despierta a uno el deseo de tocar
lo que antes era un poste, un vidrio, un número
 un trozo de lata o un espejo

Se acerca uno más y mira con pasión
 que no se han dado cuenta aún
que el sol salió de golpe a chorros
que no soy una sombra y huyen
hechos de humo o niebla
con el semáforo en rojo entre los autos

Y es entonces cuando la generosa claridad del cielo
se corrompe
 porque el sueño del amor lo invade a uno
echando a perder la bendición que es este
aire elemental con esos flecos de oro y azul
que el azar ha dispuesto
sobre el maleficio de una ciudad que no se quiere

que anda incansable tras de sí misma

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