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Henry Miller, Los libros en mi vida

En el natalicio de Henry Miller [26 de diciembre de 1891- 7 de junio de 1980] este Prefacio a Los libros en mi vida:

Esta obra, que alcanzará varios volúmenes en los próximos años, tiene la finalidad de redondear la historia de mi vida. Trata de los libros como experiencia vital. No es un estudio crítico ni contiene un programa de autoeducación.
Uno de los resultados de este examen de conciencia —porque a eso equivale la redacción de este libro— es la confirmada creencia de que se debe leer menos y menos, y no más y más. Según se com¬probará recorriendo con la mirada el Apéndice, no he leído ni remo¬tamente tanto como el catedrático, la rata de biblioteca o siquiera el hombre -bien educado-, pero no cabe duda de que he leído un centenar de veces más de lo que debí haber leído para mi propio bien. Dícese que sólo uno de cada cinco norteamericanos lee libros pero hasta este pequeño número de lectores es exagerado. Escasa¬mente habrá alguno de ellos que viva con sabiduría o plenitud.
Siempre hay libros auténticamente revolucionarios, o sea inspira¬dos e inspiradores. Son pocos y muy escasos, por supuesto. Puede considerarse afortunado quien encuentre un puñado de ellos en toda su vida. Además, estos no son los libros que se dirigen al público general. Son los depósitos ocultos que alimentan a los hombres de menor talento que saben atraer al hombre de la calle. El vasto cú¬mulo de la literatura, en todos los dominios, está compuesto por ideas prestadas. La interrogante —nunca resuelta, por desgracia— consiste en saber hasta qué punto sería eficaz restringir la enorme oferta de lectura barata. Pero hay una cosa de la cual no cabe duda en la actualidad: decididamente los analfabetos no son los menos inteligentes entre nosotros.
Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la vida mis¬ma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los maestros. Al decir vida, pienso en un tipo de vida que no es la que conocemos hoy. Pienso en eso de que habla D. H. Lawrence en Etruscan Places. O bien en lo que refiere Henry Adams cuando la Virgen reinaba soberana en Chartres.
En esta era, en la que se cree que todo tiene su atajo, la gran lección que debemos aprender es que el camino más difícil es a la larga el más fácil. Todo lo que está en los libros, todo lo que parece terriblemente vital e importante, no es sino un ápice de aquello que le ha dado origen y que está dentro del alcance de todos aprovechar. Nuestra teoría de la educación se basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra antes de lanzar¬nos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes como a la búsqueda del conocimiento. Todavía se enseña a los hombres a crear estudiando las obras de otros hombres o trazando planes y bocetos que nunca se pensó materializar. El arte de escribir se ense¬ña en el aula y no en la espesura de la vida. Todavía se entregan a los estudiantes modelos que presuntamente concuerdan con todos los tipos de temperamento y con todos los tipos de inteligencia. No nos extrañe, entonces, que produzcamos mejores ingenieros que es¬critores, mejores expertos industriales que pintores.
Considero en gran medida mis encuentros con los libros, algo así como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamien¬to. Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol. No reverencio los libros por los libros mismos. No coloco a los escritores en ninguna categoría especial ni privilegiada. Son como los demás hombres, ni mejores ni peores. Explotan los dones que se les han dado, así como lo hacen todos los demás tipos de seres humanos. Si los defiendo de vez en cuando —como clase— es porque creo que, por lo menos en nues¬tra sociedad, nunca han alcanzado la jerarquía y la consideración que merecen. Los grandes, en especial, casi siempre han sido tratados como chivos expiatorios.
Verme a mí mismo como el lector que fui otrora, es como ver a un hombre abriéndose paso a brazo partido en la selva. No cabe duda que viviendo en el corazón de la selva aprendí algunas cosas sobre ella, pero nunca tuve la intención de vivir en la selva, sino de ir a ella. Abrigo el firme convencimiento de que no hace falta habi¬tar primero esta selva de libros. La vida misma ya es bastante selva, una selva muy real y muy instructiva, por decir poco. Sin embargo, preguntará usted, ¿los libros no pueden servir de ayuda, de guía en nuestra lucha a través de la espesura? -N'ira pas loin —dijo Napo¬león— celui qui sait d'avance oú il veut aller.-
El fin principal que motiva este libro es rendir homenaje a quien lo merece, labor que de antemano sé que resulta imposible realizar. Si quisiera hacerla como corresponde tendría que ponerme de rodi¬llas para agradecer a cada hoja de pasto el haberse dignado alzar su cabeza. En esta vana tarea me anima principalmente el hecho de que en general conocemos demasiado poco las influencias que modelan la vida y la obra del escritor. En su pomposa altanería y arrogancia, el crítico deforma el cuadro hasta volverlo irreconoci¬ble. El autor, por veraz que crea ser, inevitablemente tiene que de-formarlo también. El psicólogo, con su enfoque unilateral de las co¬sas, sólo profundiza el borrón. Como escritor, no creo ser la excepción a la regla. Yo también soy culpable de alterar, deformar y disfrazar los hechos, siempre que los “hechos” existan. Mi esfuerzo consciente —aunque quizá falible— se ha orientado en sentido con¬trario. Estoy de parte de la revelación, aunque no siempre de parte de la belleza, la verdad, la sabiduría, la armonía y la perfección en incesante evolución. En esta obra ofrezco datos nuevos que habrán de juzgarse o analizarse, o de aceptarse y disfrutarse por el mero hecho de disfrutarlos. Naturalmente, no puedo escribir sobre todos los libros y mucho menos sobre todos los libros importantes que he leído en el curso de mi vida. Pero pienso seguir escribiendo sobre libros y autores hasta agotar la importancia que tiene (para mí) este dominio de la realidad.
El haber emprendido la ingrata tarea de hacer una lista de todos los libros que recuerdo haber leído, me depara extraordinario placer y satisfacción. No conozco a ningún autor que haya cometido la locura de intentarlo. Quizá mi lista dé lugar a mayor confusión, pero mi finalidad no es esa. Quienes saben leer a un hombre saben leer sus libros. Para ellos la lista será elocuente.
Escribiendo sobre el “amoralisme” de Goethe, Jules de Gaultier, creo que citando a éste, dice: -La vraie nostalgie doit toujours étre productrice et creer une nouvelle chose qui soit meilleure. En la médula de este libro hay genuina nostalgia. No es nostalgia por el pasado mismo, como puede parecer a veces, y tampoco es nostalgia por lo irrecuperable; es nostalgia por los momentos vividos con máxi¬ma plenitud. Estos momentos ocurren a veces mediante el contacto con los libros, a veces mediante el contacto con hombres y mujeres a los cuales he calificado de “libros vivos”. A veces es nostalgia por la compañía de los muchachos con los cuales he crecido y a quienes me unió uno de mis vínculos más íntimos: los libros. (Sin embargo debo confesar aquí que por brillantes y revivificantes que sean estas me¬morias, no son nada comparadas con el recuerdo de los días pasados en compañía de mis ídolos de carne, esos muchachos —¡todavía muchachos para mí!— que pasaron con los inmortales nombres de Johnny Paul, Eddie Carney, Lester Reardon, Johnny y Jimmy Dunne, a ninguno de los cuales vi jamás con un libro ni asocié con un libro ni siquiera de la manera más remota.) Haya sido Goethe o De Gaul¬tier quien lo dijo, también yo creo firmemente que la verdadera nostalgia siempre tiene que ser productiva y conducir a la creación de cosas nuevas y mejores. Si simplemente se tratara de rehacer el pasado, sea en forma de libros, personas o acontecimientos, mi tarea sería vana y fútil. Por muerta y fría que pueda parecer ahora, la lista de títulos que aparece en el Apéndice podrá resultar para algu¬nas almas afines la llave que les permita abrir sus vivos momentos de gozo y plenitud del pasado.
Uno de los motivos por los cuales me molesto en escribir un prefa¬cio, que siempre resulta un tanto aburrido para el lector, uno de los motivos por los cuales lo he reescrito por quinta y, espero, última vez, es el miedo de que la obra no llegue a ser completada debido a algún acontecimiento imprevisto. Terminado este primer volumen, debo ponerme a trabajar para escribir el tercero y último tomo de The Rosy Crucifixión (La Crucifixión Rosada), que es la labor más ardua que jamás me haya impuesto a mí mismo y que he evitado por mu¬chos años. En consecuencia, mientras el tiempo lo permita, querría sugerir algunas cosas que tenía en proyecto o que pensaba escribir en los volúmenes siguientes.
Naturalmente, cuando comencé esta obra tenía en la mente un plan flexible. A diferencia del arquitecto, empero, muchas veces el escritor descarta su plano en el proceso de erigir el edificio. Para el escritor un libro es algo que debe vivirse, es una experiencia, no es un plan que se ejecute de conformidad con leyes y especificaciones. De todos modos, lo que queda de mi plan original se ha hecho tenue y complicado como una telaraña. Solamente cuando me acercaba a la terminación de este libro viene a comprender cuánto deseo y debo decir sobre ciertos autores y ciertos temas, algunos de los cuales ya he tocado. Por ejemplo, no importa con cuánta frecuencia lo mencione, nunca dije, y quizá nunca llegue a decir, todo lo que quisiera sobre Elie Faure. Tampoco he agotado de ninguna manera el tema de Blaise Cendrars. Y también está Céline, gigante entre nuestros contemporáneos, al que ni siquiera he comenzado a enca¬rar. En cuanto a Rider Haggard, es indudable que tendré que decir de él, en particular de su Ayesha, secuela de Ella. Si se trata de Emerson, Dostoievsky, Maeterlinck, Knut Hamsun y G. A. Henry, sé que jamás diré mi última palabra sobre ellos. Un tema como El Gran Inquisidor, por ejemplo, o El Eterno Marido —mis obras favoritas de Dostoievsky— parecían exigir libros aparte por sí mismos. Quizá cuando llegue a Berdyaev y a la gran hueste de exaltados escritores rusos del siglo diecinueve, los hombres con aroma escatológico, no llegaré a decir algunas de las cosas que deseaba decir ni siquiera en veinte años o más. Después está el Marqués de Sade, una de las figuras más vilipendiadas, difamadas e incomprendidas —delibera¬da y premeditadamente incomprendidas— de toda la literatura. ¡Con el tiempo llegué a estar de acuerdo con él! Detrás de él y proyec¬tándole su sombra se yergue la figura de Gilíes de Rais, una de las figuras más gloriosas, siniestras y enigmáticas de toda la historia de Europa. En la carta a Fierre Lesdain dije que no había recibido todavía un buen libro sobre Gilíes de Rais. Mientras tanto un amigo me había enviado uno de París y lo he leído. Era exactamente lo que buscaba: se llama Gilíes de Rais et son temps, por George Meunier. He aquí algunos libros y autores más a los cuales pienso referirme en el futuro: Algernon Blackwood, autor de The Bright Messenger (El Brillante Mensajero) que en mi parecer es la novela más extraor¬dinaria sobre psicoanálisis y que empequeñece el tema; The Path to Rome (El Camino de Roma), de Hilaire Belloc, favorito de mis pri¬meros tiempos y constante amor; cada vez que leo las páginas de apertura, -Elogio de Este Libro-, bailo de regocijo: Mane Corelli, con-temporánea de Rider Haggard, Yeats, Tennyson y Oscar Wilde, quien dijo de sí mismo en una carta al vicario de la iglesia parro¬quial de Stratford-on-Avon: -Con respecto a las Escrituras, no creo que ninguna mujer las haya estudiado jamás con tanta profundidad y devoción como yo, o, permítame decirlo, con mayor profundidad y devoción.- Escribiré sin ninguna duda sobre Rene Caillé, el primer hombre blanco que entró en Tombuctú y salió vivo; su historia, según el relato de Galbraith Welch en The Unveiling of Timbuctoo (La Revelación de Tombuctú), es para mí la narración de aventuras más grande de los tiempos modernos. Y Nostradamus, Janko Lavrin, Paul Brunton, Péguy, In Search of the Miraculous (En Busca de lo Milagroso), Letters from the Mahatmas (Cartas de los Mabatmas), de Fechner, las novelas metafísicas de Claude Hougbton, Enemies of Promise (Enemigos de la Promesa) de Cyril Connolly (otro libro so¬bre libros), el lenguaje de la noche, según lo llama Eugene Jolas, el libro de Donald Keyhoe sobre los platillos voladores, cibernética y dianética, la importancia del absurdo, el tema de la resurreción y la ascensión y, entre otras cosas, un reciente libro de Cario Suarés (el mismo que escribiera sobre Krishnamurti) titulado Le Mythe Ju-déo-Chrétien.
También —¿por qué no?- según dice Picasso— me explayaré sobre el tema de la -pornografía y la obscenidad en literatura. En efecto, ya be escrito algunas páginas sobre el tema, que reservo para el segundo volumen. Mientras tanto necesito muchos datos auténti¬cos. Quisiera saber, por ejemplo, cuáles son los grandes libros porno¬gráficos de todos los tiempos. (Conozco muy pocos.) Quiénes son los escritores que todavía son considerados “obscenos”. ¿Qué circulación tienen sus libros y dónde principalmente? ¿En qué idiomas? Sola¬mente se me ocurren tres grandes escritores cuyas obras todavía están prohibidas en Inglaterra y Norteamérica, pero nada más que ciertas de sus obras, no todas. Me refiero al Marqués de Sade (cuya obra más sensacional todavía está prohibida en Francia), Aretino y D. H. Lawrence. ¿Restifde la Bretonne, sobre quien un norteame¬ricano, J. Rives Childs, ha compilado en francés un formidable tomo de -témoignages et jugements-? ¿Y la primera novela pornográfica en idioma inglés, The Memoirs of Fanny Hill? (Las Memorias de Fanny Hill) ¿Por qué, si es tan “aburrida”, no se ha convertido en un “clásico” a estas horas, libre de circular en las tiendas, estaciones ferroviarias y otros sitios inocentes? Hace exactamente doscientos años desde que apareció y nunca ha dejado de imprimirse, como todo turista norteamericano en París bien lo sabe.
Lo curioso es que de todos los libros que busqué mientras escribía este primer volumen, los dos que más deseaba no aparecieron: The Thirteen Crucified Saviours (Los Trece Salvadores Crucificados) de sir Godfrey Higgins, autor de la célebre Anacalypsis, y Les Cléfs de l'Apocalypse, de O V. Milosz, el poeta polaco que muriera no hace mucho en Fontainebleau. Tampoco he recibido todavía un buen li¬bro sobre la Cruzada de los Niños.
Tres revistas olvidé mencionar cuando hablé de las buenas revis¬tas; Jugend, The Enemy (editada por ese asombroso y brillante espíri¬tu que es Wyndham Lewis) y The Masque de Gordon Craig.
Y ahora una palabra sobre el hombre a quien dedico este libro: Lawrence Clark Powel. En una de sus visitas a Big Sur esta persona, que sabe más de libros que cualquier otra que tuve hasta ahora la suerte de conocer, me sugirió que escribiera (para él, si no podía para otros) un libro corto sobre mí experiencia con tos libros. Algu¬nos meses después la semilla, que siempre había estado aletargada, comenzó a germinar. Después de escribir unas cincuenta páginas comprobé que jamás podría conformarme con una versión sumaria sobre el tema. Powell también lo sabía, sin duda, pero fue lo suficientemente astuto y discreto como para no decírmelo. Debo mucho a Larry Powell. Ante todo, y es un gran hallazgo para mí porque signi¬fica la corrección de una actitud falsa, le debo mi actual habilidad para contemplar a los bibliotecarios como seres humanos, seres hu¬manos de mucha vitalidad —a veces— y capaces de proveer diná¬micas fuerzas a nuestro medio. No cabe duda de que ningún biblio¬tecario podría ser más celoso que él al incorporar los libros como parte vital de nuestra vida, cosa que no sucede en la actualidad. Tampoco ningún otro bibliotecario habría podido prestarme mayor asistencia directa que él. Jamás le hice una sola pregunta que no me haya contestado completa y escrupulosamente. Ningún pedido de ningún tipo, en efecto, me fue rechazado por él. Si este libro resulta ser un fracaso, la falta no será suya.
Debo agregar aquí algunas palabras sobre otras personas que me prestaron ayuda de una manera u otra. En primer término está Dante T. Zaccagnini, de Port Chester, Nueva York. A usted, Dante, que nunca conocí personalmente, ¿cómo podría expresarle mi pro¬funda gratitud por las arduas labores que usted ha realizado —¡y voluntariamente!— en mi favor? Me sonrojo pensando lo tediosas que fueron algunas. Además, usted insistió en obsequiarme algunos de sus libros más preciosos ¡porque opinó que yo los necesitaba más que usted! ¡Y cuan valiosas sugestiones me ha hecho y qué sutiles correcciones! Todo esto lo hizo con discreción, tacto, humildad y devoción. No tengo palabras para agradecerlo.
Debo dejar constancia de que cuando comencé esta tarea me pareció que me faltaban varios cientos de libros que debía obtener prestados o poseer. Mi único recurso, careciendo de dinero para comprarlos, fue preparar una lista de títulos y diseminarla entre amigos y relaciones, y entre mis lectores. Los hombres y mujeres cu¬yos nombres consigno al final de este volumen suplieron mis necesi-dades. Muchos fueron simples lectores que llegué a conocer por co¬rrespondencia. Los “amigos” que más podían hacer para enviarme los libros que necesitaba con tanto apremio y con los cuales contaba, no me respondieron. Una experiencia de este tipo siempre es aleccio¬nadora. Los amigos que nos fallan siempre son sustituidos por otros nuevos que aparecen en el momento crítico y de las esferas más ines-peradas. ..
Una de las pocas recompensas que el escritor obtiene por sus ta¬reas es la de convertir a un lector en un cálido amigo personal. Una de las raras delicias que experimenta es recibir exactamente el obse-quio que esperaba de un lector desconocido. Todo escritor sincero tiene, según deduzco, centenares o quizá miles de tales amigos des¬conocidos entre sus lectores. Podrá haber, y sin duda los hay, autores que necesitan poco a sus lectores, excepto como compradores de sus libros. Mi caso es un tanto distinto. Los necesito a todos. Tomo prestado y presto a los demás. Aprovecho la ayuda de todos los que me la ofrecen voluntariamente. Me avergonzaría no aceptar sus amables sugerencias. La última fue la de un estudiante de Yale, Donald A. Sebón. Al archivar una carta mía dirigida al profesor Henri Peyre, del Departamento Francés de allí, carta en la cual pedía un emplea¬do de oficina, este joven leyó mi carta y espontáneamente me ofreció sus servicios. (¿Magnífico gesto, Sebr Schón!).
Un caso a propósito es la fortuita aparición de John Kidis, de Sacramento. Un pedido suyo de una fotografía autografiada condu¬jo a un breve intercambio de cartas seguido por una visita y una lluvia de regalos. John Kidis (originariamente Mestakidis) es griego, lo cual explica mucho, pero no todo. No sé lo que aprecio más, si el montón de libros (algunos de ellos difíciles de encontrar) que colocó sobre mi escritorio en su incesante sucesión de obsequios, como cha¬quetas y medias de pura lana y nylon tejidas por su madre, pantalo¬nes, gorras y otras prendas elegidas al azar, pasteles griegos (¡y qué deliciosos!) preparados por su abuela o su tía, latas de Jaiva, jarras de resina, juguetes para los niños, útiles para escribir (papel, sobres de todo tipo, tarjetas postales con mi nombre y domicilio impresos, papel carbón, lápices, secantes), circulares y anuncios, toallas bau¬tismales (su padre es sacerdote), dátiles y nueces de todo tipo, higos frescos, manzanas y hasta granadas (todo de la mítica “granja”), por no hablar de las copias a máquina que me hizo ni de los grabados (The Waters Reglitterized, por ejemplo), los colores al agua que com¬pró, los papeles y pinturas que me proporcionó, las diligencias que realizó voluntariamente para mí, los libros que vendió por mi cuen¬ta (abandonando todas sus demás actividades y convirtiéndose en (“La Casa Henry Miller”), los neumáticos que me adquirió, la música que ofreció conseguirme (discos, partituras y álbumes), y así sucesi¬vamente ad infinitum... ¿Cómo retribuir tan grande generosidad? ¿Cómo pagarle alguna vez?
Confío en que no hace falta decir que recibiré de los lectores de este libro toda indicación de un error, omisión, falsificación o falta de juicio. Tengo perfecta noción de que este libro, porque es -sobre los libros-, llegará a muchos que nunca me han leído hasta ahora. Espero que disemine una buena palabra, no sobre este libro, sino sobre los libros que ellos aman. Nuestro mundo acércase rápidamen-te a su fin: está por abrirse otro mundo nuevo. Para que florezca ese mundo nuevo, tendrá que descansar tanto en los actos como en la fe. El mundo tendrá que hacerse carne.
Pocos de nosotros estamos hoy en condiciones de contemplar el futuro inmediato con otra cosa que aprensión y miedo. Si de todos los libros que he leído recientemente hay uno que podría señalar por su contenido de palabras de consuelo, paz, inspiración y sublimi¬dad, es el Mont-Saint-Michel and Chartres de Henry Adams, y en especial los capítulos relacionados con Chartres y el culto de la Vir¬gen María. Toda referencia a la 'Reina' es exaltada e imponente. Permítaseme citar un pasaje —el de la página 194 — que viene a propósito:

Allí está realmente ella, no como símbolo ni fantasía, sino en persona, descendiendo en sus misiones de piedad y escuchan¬do a cada uno de nosotros, como sus milagros lo prueban, o satisfaciendo nuestras oraciones por su simple presencia, que calma nuestra excitación así como la presencia de una madre calma a su hijo. Está allí como Reina, no simplemente como intercesora, y su poder es tal que para ella las diferencias entre nosotros, los seres terrenales, no son nada. Pierre Mauclero y Philippe Hurepel y sus hombres de armas la temen, y ni el obispo mismo se siente cómodo en su presencia, pero para los campesinos y pordioseros, para la gente que sufre, este sen¬tido de su poder y calma es mejor que la simpatía activa. La gente que sufre más allá de las fórmulas de expresión —que vive aplastada hasta ser silenciada y perder la noción del do¬lor— no quiere despliegues de emoción, no quiere corazones sangrantes, ni lágrimas al pie de la cruz, ni histeria ni frases. Quiere ver a Dios y saber que Él vela por los Suyos.

Hay escritores, como este hombre, que nos enriquecen y hay escri¬tores que nos empobrecen. No obstante, mientras tanto se está desa¬rrollando algo más importante. Mientras tanto, enriquezcamos o em¬pobrezcamos, quienes escribimos, los escritores, los hombres de letras, los que garabateamos, somos sostenidos, protegidos, mantenidos, en¬riquecidos y dotados por una vasta horda de individuos desconoci¬dos, los hombres y mujeres que ven y oran, por así decirlo, para que revelemos la verdad que hay en nosotros. Nadie sabe lo vasta que es esta multitud. Ningún artista ha llegado jamás a toda la gran masa doliente de la humanidad. Nadamos en la misma corriente, bebe¬mos de la misma fuente, pero sin embargo, ¿cuántas veces o con que profundidad tenemos noción nosotros, los que escribimos, de la nece¬sidad común? Si escribir libros es restituir lo que nos hemos llevado del granero de la vida, de los hermanos y hermanas desconocidos, entonces digo -¡Que haya más libros!-
En el segundo volumen de esta obra escribiré, entre otras cosas, de Pornografía y Obscenidad, Gilíes de Rais, Ayesha de Haggard, Marie Corelli, El Gran Inquisidor de Dostoievsky, Céline, Maeterlinck, Berdyaev, Claude Hoyghton y Malaparte. El índice de todas las referencias para todos los libros y autores citados en todos mis libros, figurará en el segundo volumen.

HENRY MILLER

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