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La silla vacía

(Nota innecesaria: Libaniel Marulanda es un músico y cuentista quindiano. Su trabajo narrativo ha recibido numerosos premios. Corre la suerte de muchos autores de la provincia colombiana: sus textos son poco conocidos fuera de las fronteras de su aldea natal. Acá un cuento suyo, finalista del Concurso de Cuento Breve Municipio de Samaná, año 2000).




(Cada enero trae su afán)
A Luis Ernesto Lasso, mi maestro

Sabiendo lo duro que podría ponerse el pan si nos retrasábamos o los riesgos que correríamos con una espera innecesaria nos apuntamos a la opción de equilibrar la agenda con el tiempo y la distancia y por eso llegamos justo media hora antes del encuentro de tal manera que el comandante pudiera ponerse la ropa que estrenaría para la ocasión mientras nosotros rastreábamos una vez más la finquita situada a siete kilómetros del pueblo y de su plaza invadida desde ocho días antes por un ejército de periodistas de todo el mundo para asombro de sus pobladores que asistían entonces al ritual de la instalación de cables y antenas amén del concierto de sierra y martillo de los carpinteros que preparaban la tarima que iba casi de esquina a esquina a una altura que permitía una visibilidad absoluta a los espectadores desde sus blancas sillas de plástico y a nosotros nos dejaría controlar todo el panorama desde los techos y el campanario de la iglesia durante la hora y media que podría durar la iniciación oficial de las conversaciones en tanto que el comandante ya tranquilo como siempre en su pieza nos hizo con la mano un movimiento de despeje para reiterarnos su voluntad de estar solo lo que hicimos de inmediato porque al fin y al cabo era el jefe y su costumbre y no existía posibilidad alguna de un atentado luego de que la seguridad en los miles de kilómetros cuadrados estaba garantizada y además el área crucial del pueblo y sus alrededores había sido inspeccionada metro por metro veintidós veces desde el acuerdo previo a la reunión y de ahí que el comandante hubiera decidido que nos detuviéramos en ese lugar a la orilla de la carretera de tal modo que podría recorrer el trecho hasta la plaza del pueblo en la camioneta blindada a una velocidad de kilómetro por minuto sin afanes pero como el comandante nunca dejó de ser fiel a endomingarse para sus citas históricas y ya a veinticinco minutos antes del encuentro se dispuso a cambiar el vestido camuflado por la camisa azul a cuadritos y el pantalón de lino con las botas cortas de cuero que le regalamos los compañeros de su guardia días antes en diciembre con la deliberada intención de que luciera ante el mundo una imagen fresca y sólida de personaje imbatible para que desvirtuara las crecientes habladurías de que era un decrépito guerrero a quien manipulaba El Mono a su antojo y por esa causa y con el deseo de reafirmar ante el presidente y los delegados internacionales que había sido y continuaba siendo no sólo el guerrillero más viejo del mundo sino el líder y estratega militar y primer actor de esa historia que se escribiría a partir de ese siete de enero del noventa y nueve se tomó el tiempo necesario para vestirse y mirarse largamente ante el espejo de manera autocrítica como todo un revolucionario para concluir que la existencia había sido espléndida con su tránsito vital en medio de miles de combates y emboscadas y repliegues y luego de salir airoso de los bombardeos desde ese lejano catorce de junio del setenta y cuatro con treinta y nueve compañeros ante el cerco de catorce mil soldados y entonces justo a once minutos de la cita con el país y con la historia y los observadores de todo el mundo una vez vestido de manera tan digna y sencilla mientras se ajustaba una gorra que le recordó su añeja militancia y su juventud por allá en Génova Quindío lo asaltó aquel deseo de orinar que tiempo después nos diría que atribuyó a un miedo premonitorio de última hora que lo llevó a actuar de esa y no de otra forma ante las particulares circunstancias de las que el mundo conoció apenas una parte porque la estricta verdad sólo la supimos unos días antes de su partida final cuando entre carcajadas nos confesó que transcurridos tres minutos después de la hora convenida con el presidente y mientras éste miraba con angustia y rabia la silla vacía en la tarima que registraban las cámaras de televisión internacional nuestro comandante había decidido contra su voluntad inicial no concurrir porque sintió además del miedo una absurda fatiga en su cuerpo y en su corazón de líder tras luchar solo en el sanitario de la finca contra la vicisitud de la cremallera atascada en su prepucio.

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