Querida Ágatha, pude haber enviado esta carta antes de tu muerte. Previo a aquel triste inicio de 1976, ya había bebido, a tragos cada vez más cortos, apremiado por dilucidar tus tramas de tenues pistas sembradas en cada párrafo y por saber quién o quiénes fueron los asesinos, las adictivas pócimas de tus relatos policiacos; no obstante, salvo algún anónimo de retorcida caligrafía, dirigido a Patricia T., sección femenina en el colegio del barrio, iniciando el bachillerato, excepto una que otra tarea escolar redactada con desgano, y lacónicas postales cruzadas con mi primo Edilberto, becado en una universidad gringa, no había escrito entonces una línea. Bueno, querrás enterarte del motivo de mi mensaje, más de cuarenta años después del inicio de tu sueño eterno. Bien, hace poco recibí en el buzón (hoy día ya no consiste en la romántica urna con cerradura y pedestal donde coincidían facturas, avisos comerciales, o mensajes de enamorados, ni está en el exterior de las vivien...